OPINIÓN. Mi escuelita particular

A horario. Puntuales como no lo han sido durante todo el ciclo lectivo, llegan mis alumnos particulares. A pesar de ser verano vienen felices, perfumados, invadiendo la casa con una juventud rebelde que intenta disciplinarse. Las mesas de exámenes se acercan. Algunos comenzaron con tiempo. Otros vienen dos días antes esperando el milagro.

Por Marta Ladri. Escritora y profesora en Letras

Columna de opinión.

Un aula pequeña es mi escritorio. Heterogénea, donde se dan citas alumnos de diferentes escuelas y de cursos distintos (hay que acomodarles los horarios) Pocos traen el programa de estudio, menos la carpeta. Ninguno hizo nada durante el año y hay que partir de cero. No me impaciento. Es lo que sucede siempre.

El desafío me llena de adrenalina. La tábula rasa es mía. Les hago tomar conciencia de que ahora depende de ellos, de sus voluntades y que yo estoy dispuesta a explicar tantas veces como necesiten. En mi pequeña aula mientras explico a un grupo, otros han iniciado la ejercitación y otros hablan. Mi oído alcanza a escuchar en qué andan cuando no son alumnos. Los celulares no están prohibidos en estos pequeños recreos donde no existe el timbre. Me dejan ver alguna publicación de Snapchat o de Instagram. Me entero de noviazgo o de quiénes “cortaron”. Solo nombres pero significativos para darme cuenta de muchos agentes distractores.

Y así, a poco tiempo de empezar con las explicaciones pertinentes a la gramática estructural, las cabezas parecen abrírseles. La luz achispada se enciende. Ven lo que no lograron ver en nueve meses: entender el concepto de oración Me sorprenden. Con agilidad manejan la regla y encuadran los sintagmas; a veces dudan si el verbo recibe uno o más modificadores; los reemplazos pronominales cuestan un poco, es cuestión de acompañarlos; a veces un circunstancial que inicia la oración es incluido por apuro dentro del sujeto. Errores que pronto desaparecen y a la tercera clase han comprendido el tema. Las hojas se llenan de oraciones cada vez más complejas. Las más breves son las menos inofensivas, en tanto las de predicado verbal compuesto casi no presentan dificultades.

Se sienten felices, auguran que aprobarán la materia. Tienen un entusiasmo joven y el horizonte está al alcance.
¿Por qué esos alumnos no aprobaron, no entendieron, no pudieron seguir el ritmo de la clase grande e institucional? No quiero la respuesta general: “Porque son unos vagos” tal vez sí, pero unos vagos amables a los que con un poco de paciencia, pasión por la docencia y sobre todo amor se les puede enseñar y hasta lograr que sean geniales. Dejo a los pedagogos y psicólogos los argumentos de peso. Yo solamente sé que mi escuelita no necesita de sanciones, de actas y acuerdos de convivencias, ni mucho menos de suspensiones. Un vínculo invisible se va fortaleciendo con los días. A veces por sus conversaciones entiendo las causas de la situación educativa nacional. El docente es el que conduce, el que anima, el que inyecta, el primer enamorado de su disciplina. Me duele el alma cuando se refieren a ellos como “chantas” .Entonces entiendo a los vagos. Están esperando una presencia con auctoritas, una persona frente al aula de la que emane el saber, la gratuidad para ofrecerse, la justicia y un trato equitativo entre todos sus alumnos, sin diferencias, sin apellidos. Cada uno por su nombre.

 

Fuente de foot: publimetro.com.mx
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