OPINIÓN. Volver a enamorar para cambiar el modelo

Por estos tiempos, en plena temporada de negociaciones entre los diferentes espacios políticos se vislumbra con el transcurrir de los días una real toma de conciencia por parte de la dirigencia votada para ser oposición, de conformar un amplio frente para disputar el poder político al actual presidente de la Nación en los próximos meses.

 

Por Juan Pablo Enríquez (*)

No hay proyectos provinciales ni municipales que tengan sustento en el tiempo sin un proyecto nacional que los contenga con recursos para transformar la realidad de los pueblos de manera continua.

El reciente acuerdo de algunos gobernadores, como es el caso de nuestra provincia, con la ex presidenta Cristina Fernández pone en relieve la necesidad de plasmar una propuesta heterogénea y amplia que se posiciona como la única opción con reales posibilidades de pelear en términos electorales.

El armado de Alternativa Federal, tercera posición en disputa creada al calor del poder económico para reemplazar a su alfil saliente es un experimento que se va desdibujando con el acontecer de los días, atendiendo a la falta de criterio para decidir quien encabeza esa propuesta (Massa, Urtubey o Lavagna) y al abandono de algunos gobernadores que han acordado con el kirchnerismo para contener a las expresiones que los llevaron a los ejecutivos provinciales en 2015.

Ahora bien, creo se ha tomado nota desde el campo popular de los errores cometidos en las estrategias electorales de 2013, 2015 y 2017 donde la mayoría de la población dio la espalda a las propuestas que se presentaron.

La vuelta al diálogo con sectores gremiales y con dirigentes de notable incidencia en el escenario político ha sido quizás, uno de los elementos de mayor relevancia para conformar paulatinamente esa alternativa que no sólo acompañen los de siempre, sino que vuelva a enamorar a aquellos sectores hostiles no sólo con el campo popular, sino también con la política en general claramente influenciados por el aparato mediático judicial a disposición del poder real.

Es imprescindible poner en consideración la actualidad del país y la verdadera pesada herencia que recibirá el próximo gobierno. Esta gestión no para de batir récords negativos para el conjunto de las familias argentinas.
Hace unos días, se conocieron datos sobre la actividad industrial que alarman, el 43% de la capacidad instalada está ociosa o paralizada, situación que no se daba desde 2002 cuando el país atravesó su peor crisis en la Historia. En el rubro, el sector automotriz es el más afectado con el 75% de la capacidad instalada ociosa. Estos parecen números fríos, pero son la imagen que sintetiza un modelo especulativo que ha desplazado a la producción, implicando cada indicador negativo, nada menos que mayor cantidad de desempleados y menores recursos para nuestro mercado interno en la economía, lo cual tiene un efecto nocivo en el consumo, generando consecuencias dramáticas que no terminan de concluir nunca.

La producción industrial cayó durante el año pasado un 5% en comparación con el 2017, luego de registrar en diciembre un derrumbe del 14,7% en la medición interanual.

Estas cuestiones ponen en evidencia la necesidad urgente de generar un cambio de modelo económico, cultural y político que resignifique el rol del estado a un nivel activo para interceder fuertemente en las cuestiones del mercado que acentúan la brecha de desigualdad.

El poder adquisitivo ha sido en tres años pulverizado con una notable reducción en la capacidad de compra, y los sectores populares de la economía han perdido las changas como modo de supervivencia, con lo cual muestra una fractura del tejido social que sólo resiste por la tan estigmatizada AUH, elemento que permite apenas subsistir a los sectores más perjudicados por estas políticas.

 

Los fragmentos medios en tanto, mediante reducción del poder compra, a través de los tarifazos cuya incidencia en los presupuestos familiares es enorme han generado un descontento que se va acrecentando con el paso del tiempo dado que en el horizonte no se vislumbran soluciones, sino una cáscara vacía de promesas que se corren en el calendario para nunca alcanzar un punto real.

En tanto, se produce esta devastación, los sectores más concentrados de la economía multiplican exponencialmente sus riquezas, dejando en evidencia lo que manifestábamos en ocasiones anteriores, que esto conforma una brutal transferencia de recursos desde el trabajo al capital.

La deuda argentina era del 40% del PBI en 2015 y ahora ya llega al 100%, razón que manifiesta un escenario de suma complejidad. El 75% de la deuda está en dólares, mientras que en 2015 no llegaba al 15% conformando una subordinación externa con un agravante fundamental, tenemos un desequilibrio en la estructura productiva y una carencia para generar las divisas que requerimos en el próximo tiempo.

Estamos en condiciones temibles en términos de endeudamiento y pérdida de soberanía: en el año 2020 se deberán abonar U$S 5.600 millones, en el siguiente U$S 21.200 millones, en el 2022 se deberán pagar U$S 22.300 millones y finalmente U$S 7.600 millones en 2023 conformando un total de U$S 56.700 millones, esto equivale prácticamente a la ayuda pactada con el Fondo Monetario Internacional con lo cual es imposible de cumplir.

Néstor Kirchner cuando asumió su gobierno en 2003 dijo en relación con este tema y ante la insistencia de los diversos acreedores por cobrar, “los muertos no pagan las deudas” y realizó la más exitosa quita de deuda que se tenga memoria estirando plazos y descomprimiendo el pago de vencimientos a corto plazo para inyectar recursos en el mercado interno, siendo esa medida keynesiana el inicio de nuestro despegue y de los posteriores crecimientos a tasas chinas que permitieron alcanzar un modelo de desendeudamiento histórico.

El poder económico, quien ostenta de todas las artimañas implementadas desde la hegemonía mediática y judicial viene generando sentido común desde hace décadas y no será fácil revertir la conciencia de aquellos ciudadanos que incluso a pesar de su propio bienestar continuarán apostando por quienes con cada medida reducen su calidad de vida.

El punto de volver a persuadir a aquellos ámbitos de la población que han mostrado discrepancia con las políticas y con los dirigentes del campo popular deberá ser motivo de un minucioso y adecuado análisis para implementar la mejor estrategia, que no sólo corresponderá a recuperar los derechos vulnerados y a recobrar la capacidad de compra reducida, sino y fundamentalmente como factor de diferenciación a incorporar nuevos actores a la política y una agenda superadora que trascienda, que interpele a los trabajadores díscolos y que los vuelva a enamorar conformando esa amplitud necesaria que permita vencer como corresponde y sin especulaciones al neoliberalismo en la Argentina.

 

Juan Pablo Enríquez

(*) Contador egresado de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Entre Ríos
Miembro de EPPA (Economía Política Para la Argentina) y del CARA (Centro de Análisis de la Realidad Argentina)
Docente en la Universidad Autónoma de Entre Ríos.

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