Padres separados: dejan de lado el rol de autoridad para ser más amigos de sus hijos

Así lo comprueba una encuesta de la UADE; sentimiento culposo y reaseguro afectivo, las razones que encuentran los especialistas para explicar el fenómeno.

Le daba todos los gustos, elegía jugar por sobre cualquier otra actividad y trataba de compacerla si el pedido de su pequeña estaba al alcance de su mano. Pasaron casi diez años desde que Ignacio Troncoso se separó de la madre de su primera hija, que apenas tenía tres años y medio cuando él se fue de la casa, pero aún hoy recuerda cómo, en ese momento, su mayor preocupación era estar lo más cerca posible de su hija. Demostrarle a cada minuto que estaba con ella, cuánto la quería. Y entonces, dice, le daba todo con tal de no verla sufrir.

«Martina era chiquita, y por más que una separación se dé en buenos términos es un momento de crisis que afecta emocionalmente a todos. Desde el momento en que yo me fui de la casa convenimos con mi ex mujer que el tiempo con Martina sería equitativo para los dos. Y así fue, pero igual me daba culpa. No quería que sufriera por la separación, y si podía darle todos los gustos lo hacía. Los retos casi no existían», confiesa Ignacio a LA NACION, que anteayer y para complacer a su hija -como todos los viernes que le toca compartir con ella- cocinó pizza casera para toda la familia.

De acuerdo con un informe del Instituto de Ciencias Sociales de la Fundación UADE, que realizó un sondeo de opinión (400 encuestas y 100 entrevistas presenciales) en hombres de clase media, con estudios terciarios o universitarios y que viven en el Área Metropolitana de Buenos Aires, «los padres separados dejan de cumplir la función paterna de autoridad y tratan de ser amigos de sus hijos para reasegurarse el amor de ellos». El 50% de la muestra, por ejemplo, dijo satisfacer en todo lo que sus hijos demandan. Y cuatro de cada diez padres eligió «jugar» como la actividad que más les gusta compartir con sus hijos. Los datos estadísticos se convalidaron luego con los testimonios de las entrevistas presenciales, donde los padres planteaban que «como no los ven [a sus hijos] todos los días tratan de darles todo lo que pueden y que los chicos disfruten con ellos».
Es cierto que Ignacio Troncoso no ve a su hija Martina todos los días, pero comparte con ella exactamente la misma cantidad de tiempo que su ex mujer. No es el caso más representativo de la muestra, ya que si bien el 65% dijo tener un espacio o habitación para sus hijos en la casa, la mitad duerme con ellos entre dos y tres veces por semana. Sólo un 10% tiene a sus hijos más de cinco días por semana, y un 15% confirmó que los recibe solamente una vez en ese mismo período.

Martín (que prefiere mantener en reserva su apellido) tiene 45 años, y su caso bien se ajusta al promedio: duerme con sus dos hijas dos veces por semana. «Fue difícil para todos acostumbrarnos a la nueva etapa, y la verdad es que durante los primeros tiempos dejé de llamarles la atención por cosas que antes sí lo hacía. Quería aprovechar de la mejor manera el tiempo que estábamos juntos, y con el paso de los años todo se fue reacomodando. Al principio, volví a la casa de mis viejos y ellas se quedaban ahí cuando estaban conmigo. Dormíamos los tres en el mismo cuarto, pero fueron pocos meses y después me mudé solo a un departamento donde ellas ya tenían su propia habitación».

Si para muchos padres lograr que sus hijos duerman toda la noche en su cuarto sin pasarse a la «cama grande» es una especie de guerra fría que se prolonga en el tiempo, el hecho de no estar en pareja complica aún mucho más la batalla.

«Muchos hombres que no tienen una nueva pareja conviviente comentaron que, a pesar de contar con una cama en su nuevo hogar para el niño, suelen dormir juntos, y entre las razones mencionan el hecho de que se quedan mirando la televisión y que, además, les gusta abrazar a su hijo durante la noche», puede leerse en las conclusiones del estudio, lo que también refuerza, desde la mirada de los expertos de la Fundación UADE, que no se trata de un pedido exclusivo del hijo sino de la necesidad afectiva del adulto que el niño cubre.

«El hijo es un reaseguro afectivo para los padres. El niño brinda identidad y cubre un vacío amoroso -dice Diana Barimboim, investigadora del Instituto de Ciencias Sociales de la Fundación UADE-. La demanda de amor por parte del padre es tan intensa como la del niño para su autoafirmación en el mundo y esperan un reconocimiento mutuo. La dificultad de poner límites, ya que el «no» siempre genera conflicto, se vincula con el temor por parte del padre a perder el amor del hijo».

 

Simetría del niño con el adulto

Para la psicóloga Claudia Messing, presidenta de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar, hay otro fenómeno que se superpone: la simetría del niño con el adulto. «El niño desde que nace copia todo el tiempo al adulto, como si estuviera frente a un espejo. No lo internaliza como un adulto, como una figura protectora sino como un par -dice la experta-. Por eso, son tan frecuentes los casos de apego inseguro, lo que genera una mayor dependencia de los niños hacia sus padres. Como no los pueden terminar de incorporar los necesitan permanentemente cerca».

Germán Arostegui, jura, nunca tuvo ese temor «de perder el amor de su hijo». Se separó de su ex mujer en 2010, cuando su hija tenía cuatro años, y aunque reconoce que muchos hábitos cambiaron, como el de preparar la cena para los dos cada noche que estaban juntos, ni su rol de autoridad ni el compañerismo con su hija se vieron afectados. «Yo era un padre repegote cuando convivíamos los tres juntos, y puede ser que ese vínculo se haya intensificado luego del divorcio, pero no perdí los valores de la crianza y la necesidad de poner límites. La reto poco, es cierto, pero es que me da pocos motivos para hacerlo», confiesa.

 

Fuente: La Nación

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