Por el centro de Vietnam con un brasilero.

Estoy sobre la ruta comprando un litro de nafta en un modesto almacén que me ha salvado de quedar a la deriva. Mientras me valgo de un embudo para echar el combustible, un motociclista se detiene y me pregunta por el camino para llegara Da Trang. Habla un inglés atravesado y me dice que es de São Paulo. Cuando le digo que soy argentino, inmediatamente comienza a hablarme en portugués para no dejar de hacerlo nunca más. ‘Pequeño Bolsonaro’, como lo terminaré llamando, me pregunta por el precio del combustible que acabo de pagar. Al final de una pequeña conversación, nos damos cuenta de que vamos a la misma ciudad. “Si quieres podemos ir juntos” me dice.

Por Martín Davico


‘Pequeño Bolsonaro’ tiene 35 años, lleva meses viajando y le parece irrelevante saber el país de origen de la gente que va conociendo. La moto que tiene es la tercera que ha comprado en su viaje por Vietnam. Las ha ido cambiando por mejores modelos poniendo dinero encima. Piensa comprarse una de mayor cilindrada para hacer la famosa ruta circular llamada ‘Loop de Ha Giang’ al norte del país. Dice: “En Brasil me dedico a vender autopartes, a mí me encanta negociar”. Es de los viajeros que te pelea todos los precios. Un maestro del regateo que fracasa muchas veces, pero que cuando tiene aciertos se comprende, al ver su cara de satisfacción, por qué insiste tanto. Seguramente se aferre a la perseverancia como herramienta fundamental para lograr sus propósitos. Para aprender algún truco, le pregunto por alguna clave en el arte de negociar. “Algo fundamental para hacer negocios es saber llorar sin que se te note”, afirma.


Es casi medianoche en Quang Ngai, una ciudad que nos queda a mitad de camino y en la que hemos decidido parar a dormir. ‘Pequeño Bolsonaro’ consiguió descuentos en un hostal que tiene desayuno incluido, el “café da manhã” como dice él. Camino por los alrededores y no encuentro ningún lugar abierto para saciar mi antojo de comer algo dulce. Mi compañero de Brasil me sorprende con un arsenal de paquetes de galletitas dulces y me da uno, pero me lo vende. “Son 15 mil Dongs” dice. Es en ese momento cuando le pongo el apodo: “Esas galletitas no valen ni 10 mil, ¡Pequeño Bolsonaro!”. Y me dice sonriendo: “Se você quer comer açúcar agora, você tem que pagar”.


Viajamos a CamThuy, un pueblo en el Vietnam profundo, en ThuaThienHue, una provincia con mar y montaña. He sido invitado a pasar un par de días por gente del país que conocí en el Delta del Mekong. En la carretera me doy cuenta que mi moto consume mucho más combustible que la del joven paulista. Las comparaciones son odiosas, pero a veces sirven para saber en donde uno está parado.


Al llegar, los amigos vietnamitas nos esperan para ir a unas cascadas a pasar la tarde. Vamos en las motos. Nos bañamos y merendamos ‘Banhtrangcuon’, unos arrollados hechos con hojas de arroz, vegetales y pescado. ‘Pequeño Bolsonaro’ nos cuenta que no come carne, no come pescado, no toma cerveza, no le gusta el fútbol ni bailar. “No parecés brasilero” le digo.


Pasamos la noche en esta casa de familia. En el fondo del patio hay dos tumbas de viejos ancestros. En el living hay un altar budista con las fotos de los abuelos (ya muertos), y unos enormes pomelos que hacen de ofrenda. Una de las anfitrionas enciende tres sahumerios y los agita frente a un minúsculo templo que hay en el frente de la casa. “Yo tengo fe en mí solamente, pero soy muy agradecida”dice.


Al día siguiente, nos llevan a un río en donde almorzamos y nadamos. Es el Vietnam auténtico en un típico domingo que se pasa entre amigos o con la familia. Comienzo el diálogo con mi socio de ruta: “Brasil debe tener infinidad de rincones como este”. “Sí” dice “pero a lugares así casi no se puede ir. Si estuviéramos en Brasil ya nos hubiesen robado las motos que dejamos estacionadas”. Flota en el agua transparente y sigue: “Podemos tener todo el dinero del mundo, pero el verdadero problema en Brasil es la educación que tenemos los ciudadanos”. Le pregunto: “¿Y qué solución hay, una revolución educativa?”. “Difícil. Han logrado que ya ni los padres reclamen por la educación de sus hijos. Somos un pez que se muerde la cola”. Y cierra tajante: “Lo más fácil sería inmolarnos y empezar de nuevo”.


Es ya de tarde y mi circunstancial compañero sigue su ruta hacia el norte. Yo vuelvo al sur, a HoiAn. Mientras me demoro despidiendo a los anfitriones en el patio de la casa, ‘Pequeño Bolsonaro’ me grita desde la calle: “Argentina, yo ya me voy!”. Tardo un minuto más y cuando salgo de la casa lo veo a cien metros yéndose en su moto. No sé si nos volveremos a ver, pero de toda la gente que pasa por tu camino siempre se aprende algo.

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