¿Por qué fueron pocos a la marcha por Susana?

El martes 19 por la tarde se realizó una marcha para pedir justicia por Susana Villarruel, una mujer a la que alguien había acuchillado y dejado desangrando entre los pastizales a pocos metros de el arroyo El Cura, en Gualeguaychú, una semana atrás. A pesar de lo aberrante del hecho, la marcha no completaba ni dos cuadras.

Opinión

Por Sabina Melchiori

 

Todos los periodistas que fuimos a cubrir la manifestación nos preguntamos lo mismo: ¿Por qué eran tan pocos? En primera fila estaban las vecinas de Susana, las mujeres del barrio Toto Irigoyen, sosteniendo del brazo y anímicamente a los familiares en duelo. Ellas fueron las primeras que el miércoles pasado, apenas se encontró el cuerpo sin vida de su vecina, salieron llorando del barrio con carteles en alto a pedir justicia. Iban embarradas, con sus gurises a upa, indignadas “porque nos matan y nos tiran como basura”. Era cierto, a Susana la encontraron en uno de esos sitios descampados al costado de las calles donde algunas personas tienen la mala costumbre de arrojar sus residuos.

¿Qué debe suceder en las tripas de cada ser humano para que la indignación ante un hecho le haga dejar a un lado sus tareas y salir a las calles a alzar su voz? El pueblo argentino está acostumbrado a hacerlo, por diferentes motivos, aquí o allá, con carteles, con velas encendidas, con cacerolas, con bombos, banderas, cánticos; de algún modo u otro, hace notar su disgusto. Entonces, ¿qué pasó que a la marcha por Susana fueron pocos, si hace tres meses, en las plazas de todo el país, las multitudes lloraron a Micaela?

La comparación es inevitable porque el recuerdo está fresco y porque ambas fueron asesinadas en ciudades donde no es frecuente que esto suceda.

La vida de Micaela Garcia no valía más que la de Susana Villarruel, porque ninguna vida tiene más valor que otra, pero sí generaba más casos de identificación: era una joven estudiante en una ciudad del interior, que tenía amigas, novio, compromiso social, les gustaba la música del Indio y admiraba a Evita y a Cristina. Era como muchas. Había salido a bailar y quiso volverse sola, antes que el resto, como muchas otras alguna vez lo hicimos. Quien no se identificó con ella, al menos lo hizo con sus hermanos, o con sus padres, quienes conmovieron al país entero cuando a pocos minutos de haberse encontrado el cuerpo de su niña en una zona rural de Gualeguay dijeron que “el dolor no nos tiene que poner injustos”.

Por otro lado, el hallazgo de Micaela tardó más días y el caso empezó a tratarse en los medios de difusión nacional. La expectativa, el temor y el mepodríahaberpasadoamí se masificó. Su foto reemplazó a la del perfil de miles de usuarios de redes sociales, más incluso cuando desde su cuenta de Twitter, el dibujante Ricardo Siri, conocido como Liniers, compartió una recreación de una fotografía de Micaela posando sonriente con una remera con la leyenda “Ni Una Menos”.

Si el hallazgo del cuerpo de Susana se hubiese dado una semana después de su desaparición quizás habría pasado algo parecido. ¿O no? ¿Hasta qué punto es necesario sentir una extrema identificación con la víctima para reclamar justicia? Por qué el martes por la tarde, mientras la marcha por Susana avanzaba por el centro de Gualeguaychú había mujeres mirando las vidrieras, indiferentes a los cánticos? Comprendo, ellas no son Susana, pero tampoco es cierto el #TodosSomosMicaela, como ningún otro “todos somos”. No somos todos, y tampoco es necesario que seamos todos ni que nos dé pánico que la desgracia nos pase a nosotros para dejar de ignorar. El compromiso ciudadano, al menos a mi entender, es esto: le pasó al otro, le puede pasar a los demás, y aunque sea muy poco probable que me pase a mí, igual pido justicia.

 

 

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