Por qué no me enamoré de Buenos Aires

Hace catorce años y un mes que vivo en Buenos Aires. El día que tomé la decisión me esperaban, ya instalados, mis hermanos. También un puñado de amigos. Mi novio de entonces cargó unas pocas cajas, la biblioteca, el colchón y los bolsos con ropa en una Traffic y eso fue todo.

 

Por Agustina Melchiori*

 

Me considero una persona adaptable, sin miedo a los cambios. ¿Por qué, pues, nunca pude enamorarme de Buenos Aires? La ciudad en la que muchos matarían por vivir, la de los porteños que hablan a los gritos pero que también te reciben como si te conocieran de toda la vida, la de los cines, las librerías y los teatros, también es por momentos mi peor pesadilla.

Camino Buenos Aires todos los días y aún así hay barrios que no he recorrido. Quizá no los conozca nunca. Estoy en paz con eso. Cuando menciono la posibilidad de irme a vivir a un lugar más tranquilo, invariablemente llegan los retruques, las advertencias: “Pero ¿no vas a extrañar todo esto?” ¿Qué es “todo esto”? ¿Los cines, los teatros? ¿La oferta gastronómica? ¿La accesibilidad a los servicios básicos? Extrañaría lo único que vale la pena: los pocos y queridos amigos.

Nací y crecí en Gualeguaychú. Quizá eso tenga mucho que ver. Veinte años después de irme, la ventana de mi vieja habitación sigue dando a una vista abierta. Los gallos cantan puntuales a las cuatro y media de la mañana y podés escucharlos aunque vivas a varias cuadras del centro de la ciudad. En verano aturden las chicharras. En invierno las heladas parten el suelo. El otoño es un rumor de viento y hojas que crujen en las veredas. La primavera es tan linda que dan ganas de cantar. Puedo escribir por horas de mi imprimación agreste con el Litoral: sobra belleza para tan pocas palabras.

Por el contrario, cada vez que intento escribir sobre Buenos Aires me ofusco, me encabrito, clavo los talones en la tierra y muerdo rabiosa. Borro y vuelvo a escribir. En mi cabeza, en el papel y en la pantalla funciona de la misma forma. Me resisto a Buenos Aires con la misma fuerza con que la ciudad me ignora. Sí puedo enumerar todo lo que no me gusta de Buenos Aires durante horas. No me gusta el ruido constante, la contaminación visual, la forma en que la gente saca lo peor de sí cuando se cruza con otros, lo mal que funcionan los servicios públicos. Me abruma la desesperación de las personas. Soy una esponja que se chupa todo: las caras de culo, el maltrato, la indiferencia por el otro, el materialismo. Por suerte, las esponjas también absorben lo bueno. Hay muchas historias cuando disponés de tiempo para ver y escuchar. Hay hermosos lugares que disfrutar. Y es cierto, también, que el anonimato que te garantiza Buenos Aires es la válvula de escape de muchas represiones de pueblo chico que traemos algunos migrantes. Sin esas excepciones luminosas, no hubiese durado más que un par de años. Lo demás fueron (son) apenas circunstancias.

Sin duda, lo que más me irrita es la forma en que todos nos volvemos quejosos crónicos en Buenos Aires. No hay conversación casual que no derive en lamento, chicana, crítica, despellejamiento de terceros. Y no olvidemos al omnipresente Dios Dinero en todas partes. Ser es tener. La felicidad se mide en términos de éxito social, que a su vez se mide en terabytes de fotos, millas aéreas acumuladas o el poder adquisitivo suficiente para cambiar a la última versión del juguete más caro del mercado. Los afectos derivan, en el mejor de los casos, en objetos totémicos de ese progreso social; en el peor de los casos, devienen peldaños de una escalera eterna hacia la nada, porque el humano de la superurbe no se conforma, es un infeliz insatisfecho desde que empieza a trabajar hasta que apura la decadencia. No importa si acapara o si gasta. Nunca tiene demasiado.

Hay mucha gente en todas partes. Hacen mucho ruido. Se sienten importantes pero tratan al resto como si fueran hormigas, peor que nada. Seguro, podría haber evitado gran parte de mi malestar terminal si me hubiese mudado a tiempo a un barrio más tranquilo. No tan cerca del centro, donde, como me dijo una vez una querida amiga patagónica “la miseria se nota más porque somos muchos, pero como somos muchos a nadie le importa”.
Vi caer en la dinámica de Buenos Aires a muchas personas de las que terminé distanciada. Nobleza obliga, es una responsabilidad compartida. Es difícil relacionarse en Buenos Aires cuando ya tenés tu propio esquema de obligaciones y tu grilla de objetivos diarios llena a reventar. Es difícil conservar amigos cuando sos una persona de múltiples intereses y surgen nuevos ámbitos, caras frescas, posibilidades que pasan a toda velocidad. La angurria de vivir se dispara y detrás de ella, siempre, llega la angustia.

Durante muchos años me resultó llamativo que mis hermanos no se relacionaran con personas de Buenos Aires mientras estudiaron sus respectivas carreras. Lo mismo sucedió cuando empezaron a trabajar. Conservaron los amigos de Entre Ríos, se casaron con entrerrianos, planean criar hijos, envejecer y morir en nuestra ciudad natal. De alguna forma, se impermeabilizaron a la ciudad lo suficiente para poder usufructuarla sin que, a su vez, los infiltrase. Ahora entiendo que hicieron lo que yo no puedo, porque no soy ellos. No tenemos los mismos objetivos de vida. Yo no tengo hijos propios ni los deseo, llevo una vida de pareja libre de estructuras, pienso en la vejez y la muerte como inevitabilidades que me dan material para escribir. A la gente como yo Buenos Aires la asimila o la expulsa. En eso estamos hace rato, estudiándonos para ver qué hacemos la una con la otra, ya que nunca vamos a ser amantes.

 

* La autora nació en Gualeguaychú. Grafópata y lectora voraz, estudió Periodismo en la UNLP. Colaboró en radio y portales de noticias. La interpelan los fenómenos sociales, los productos culturales y la naturaleza, sobre todo la humana. Quiere escribir, viajar y criar perros en el Sur.

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