La Navidad no es un anciano de barba blanca y saco rojo

La humanidad comienza a vivir estos días un período en el que debe primar el amor, la serenidad, la reconciliación, el reencuentro. La Navidad, qué duda cabe, es una festividad religiosa. En ella cada 25 de diciembre los cristianos del mundo conmemoran el nacimiento de Jesús de Nazaret. Esto ocurre hace milenios.

 

  Luis María Serroels – Especial para INFONER

 

Un símbolo tradicional de los pueblos es el armado del pesebre y el arbolito con sus soplillos y lucesitas. Y en la noche del 24 comienza la cena de vigilia donde las familias se amplían en un reencuentro de honda significación. Pero en el tiempo del Adviento (preparación espiritual de la cristiandad) empieza la irrupción de costumbres, atuendos y figuras que no se compadecen con el verdadero carácter del acontecimiento. Un anciano de nívea y larga barba, roja indumentaria y gorro de igual color con llamativo pon-pón, muy distante de nuestra idiosincrasia y conduciendo un imaginario trineo tirado por renos, pasó a ser el insólito ícono de una festividad que desde veinte siglos refiere al Redentor. Pretender reemplazar con ello al Niño de Belén raya en una estolidez mayúscula. Por ahí leímos que algunos consideran a esta figura “la parte más navideña de la Navidad y su personaje más famoso”. Difícil hallar un absurdo mayor.

Quien quiera colocar a Santa Claus como símbolo de la Navidad en reemplazo del Niño Dios, es libre de hacerlo porque para las necedades siempre habrá espacio. Pero nunca encontrará compatibilidad alguna con la esencia de tan añeja celebración. Agraciadas jóvenes promotoras y vendedoras de múltiples productos –en la vía pública y dentro de los locales comerciales– luciendo el gorro “noeliano”, son ya un clásico que no por ello amerita ser legitimado. Escaparates y spots televisivos son instrumentos predilectos para rendirle idolatría a Santa Claus. Pero al bonete también se lo calzan conductores de TV, haciéndole su ofrenda personal a la ridiculez.

 

 

 

No llega a culminar noviembre, cuando las góndolas de los megacomercios se llenan de muñecos del anciano de la campanilla y el “hojojó”. ¿Qué le pedís a Papá Noel?, es la pregunta predominante que muchos mayores les deslizan a los chicos. Pero de paso, hay otros aspectos que deben ser abordados y tienen relación con el error que muchos cometen al creer que la mesa navideña se jerarquiza cuando mayores son los alardes gastronómicos y excesos etílicos, muy lejos del espíritu que debe presidir la evocación.

Cuántos olvidan que el gran nacimiento ocurrió en un establo, poniendo a la humildad como premisa y donde la opción preferencial por los pobres se fijó como eje del compromiso evangélico por los siglos de los siglos. Las campanadas y el estallido de la pirotecnia le abren cauce al brindis navideño. Pero también se convierten en bandera de largada para que miles de jóvenes se lancen hacia los lugares donde volcarán sus energías con licorería abundante hasta la aparición de un nuevo sol. Claro, parece que entre medio los límites y los controles se pueden flexibilizar ¿en nombre del nacimiento del Niño Dios?

El ancestral concepto de familia parecería querer mandarse a un desarmadero casi con intenciones de obsolescencia. Música copada por ruídos, golpes, chillidos y alaridos, con melodías secuestradas y ritmos frenéticos, pueden aceptarse desde el innegable derecho del gusto juvenil. Pero no es necesario ser mojigato, puritano ni victoriano, para sostener que ciertas prácticas no pueden exteriorizarse respaldándose en una festividad de hondo contenido religioso. Sólo se pretende hallar respeto y moderación, que no tienen fecha de vencimiento.

 

 

El festejo sólo se homologa cuando se le da el carácter de un auténtico tributo hacia quien llegara al mundo en la región de Nazaret para constiuírse en el Salvador y el Mesías. Para celebrar esta festividad central del cristianismo, se debe profesar con auténtica convicción la doctrina predicada por Cristo, sin amoldarla según la comodidad de cada uno. Porque también surgen los creyentes partime y los oportunistas y timoratos.

El nacimiento que emociona a la humanidad toda, sigue siendo una invitación al universalismo del amor, de la paz y de la concordia, concebidos como el estado natural del ser. Rodearlo de una innecesaria ostentación que desaloja todo recogimiento, es ni más ni menos que negarlo, desvirtuarlo, desterrarlo del corazón de los hombres. Por eso la cena de la Nochebuena no debe ser parte de un ridículo ranking de mesas fastuosas, sino simplemente un regalo austero de la Providencia para reafirmar el sentido de fraternidad y reconciliación familiar que supone esta común-unión.

¿Seremos capaces de recordar en ese momento del brindis y los buenos deseos, que hay hermanos enfermos, privados de su libertad, pobres de solemnidad o padeciendo el flagelo de la soledad, el olvido, la explotación, la injusticia, la incomprensión y la desesperanza?

Sabemos que a muchos les urticarán estas palabras en medio de su derecho a la diversidad de pensamiento. Pero la legitimación de la gran fiesta navideña nace del sentido, el respeto y la devoción por un hecho liminar para marcar al mundo y por todos los tiempos.

Reflexionar sobre esto es parte sustancial de la doctrina que millones de mortales abrazan. La que dejó Cristo en su paso por la tierra. Desde luego que el pintoresco anciano del trineo tirado por renos, nada de esto nos trasmite. Sepamos reconocer la diferencia.

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