Principios y finales

Desflorar la página en blanco es casi un acto de violencia. Una urgencia creativa nos lleva a mancillarla con nuestro discurso. La pregunta es: ¿cómo abordaremos a esa virgen?  Es el comienzo de una rápida relación, un amor apasionado y sin frenos cuando se trata de un poema, o un juego de caricias que busca el íncipit, el comienzo, en el caso de una novela. En ambos casos, el escritor se desvela antes de poner su cuerpo sobre la hoja.

 

Por Marta Ledri  – Escritora y Prof. en Letras

Hay comienzos y hay finales. Solo el lector sabrá elegir cuáles merecen ser recordados.
Pero, ¿quién no recuerda el comienzo de El ingenioso hidalgo Don quijote de La Mancha de Cervantes? Todo está allí, en el primer párrafo: lugar, tiempo, personaje y narrador. Categorías esenciales de toda historia. El narrador olvidadizo por voluntad jugará con el lector y cambiará nombres, olvidará que el “rucio” de Sancho fue robado y en otro capítulo llevará como si nada en andas al escudero amigable.

Y, ¿el de Crónica de una muerte anunciada, o el de Cien años de soledad? Propio de García Márquez comenzar con ese juego del tiempo que va y viene en un péndulo de anacronías y que exige un lector atento para recomponer la linealidad de los sucesos.

Casa tomada” de Julio Cortázar nos presenta un principio breve, categórico, pero en él ya está el plural de los hermanos y su amor por la casa. El narrador protagonista e infrasciente solo atenderá al espacio que es “ de lo que le interesa hablar”.

Muchas generaciones leyeron Platero y yo y a pesar de ser prosa pueden recitar el capítulo I en su totalidad. Qué tienen estas páginas que se hacen memorables. Jiménez entra de lleno en la caracterización del protagonista y a través de su óptica impresionista lo va construyendo con bellas metáforas y enumeraciones de adjetivos.

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro”

Tiempo, espacio, personajes, voz narrativa, cualquiera de estos elementos narrativos pueden crear comienzo insuperables. Si conocemos los elementos de la historia o del discurso para narrar por qué solo pocas obras tienen ese inicio imborrable. No me perdonaría no sumar a esta lista la primera persona bastante agresiva con el lector la voz de Juan Pablo Castel, personaje de El túnel de Ernesto Sábato quien toma la historia desde el comienzo y en tono de confesión y justificación cuenta su crimen.

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”

¡Qué anzuelo importante el íncipit! Deliciosa carnada para lectores hambrientos o ansiosos que suelen saltearse los paratextos introductorios.

El plano de la historia no puede prescindir de acciones, actantes, lugar y tiempo, es claro luego que es el discurso y el genio el que encuentra la novedosa manera de abrir la historia y dejarnos encerrados en ella.

A su favor la poesía, por su parentesco con la música, posee memorabilidad. La métrica, la rima y el ritmo la hacen liviana para portar en la memoria, pero insisto en que la prosa suele parafrasearse.

Encerrados mientras dura la lectura salimos con desgano a la libertad. El ruido de la llave antes del punto final es un párrafo, una oración, un sintagma, un lexema. Hay finales memorables. Vendrá luego el vacío en el lector, su sumisión en la reflexión o, pasado el tiempo la relectura y la zozobra del escritor ante una nueva aventura que lo espera. Tendrá que ser paciente y esperar que la chispa creativa ilumine un nuevo comienzo.

“Y cesó de respirar”, “Lo creerás Ariadna, el minotauro apenas se resistió”, “Me fui como quien se desangra”, “Mierda”. Dejo estas frases huérfanas, anónimas para que sea el lector del artículo el responsable de adjudicarles un autor.

Hay principios, hay finales. No siempre se corresponden en importancia. Cada lector sabrá los que elige para que lo acompañen en su vida.

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