Prisiones. “Lo creerás Ariadna…”

De alguna manera todos están encerrados. Pueden ver el mar, el cielo, el vuelo de las gaviotas y el gran megarón, pero el agua los circunda, los retiene en esa isla lujuriosa. Isla con forma de mujer. Isla con cuerpo de diosa tendida al sol. La atmósfera se espesa en cítrico erotismo. Todos están encerrados. Yo también.

 

Por Marta Ledri, escritora.

Aunque antes mi prisión era cálida y no hubiese querido salir nunca. Roja y tibia. Estaba atado a un cordón que me alimentaba y escuchaba un corazón que me cantaba. En las sombras amorosas de ese útero fui tomando forma. Inesperada forma. Entonces escuché el mar que se estrellaba contra los acantilados para irse y volver infinitas veces. También sentí una voz terrible y las blandas paredes de mi prisión se contraían, el corazón se aceleraba y yo sentía dos manos que sostenían mi cueva. Alguien sufría. Alguien denigraba, insultaba, culpaba.

Cuando las puertas se abrieron, salí por un húmedo canal y desgarré la carne de la que gemía.
Apenas alcancé a mamar de esos senos calientes que derramaban un blanco almíbar. Desde ese día vivo en otra prisión: pétrea, fría, con túneles que no puedo desgarrar, sin corazón que me cante. Al mar lo escucho y por un pequeño intersticio me llega al mediodía un fleco de luz.

Hay heno suficiente, pero no hay néctar de mujer. No hay cratera ni escanciador sino un recipiente con agua donde me he mirado. Cuando el viento del sur sopla mi enredada gruta se llena de aromas. Olivares, limoneros, laureles me envían fragancias desde el sol. Hace mucho que no escucho el canto de dos niñas a las que les negaban aproximarse. Ellas a pesar del mandato cantaban rondas apoyadas al muro.

El heno a veces no es suficiente, entonces lleno mi hambre con agua. Mi imagen se borra en círculos mientras bebo. Apaciguada vuelve a reflejarme.

Solo entra él. No sé quién es esa figura con cabeza extraña que acarrea la hierba. No me habla ni me teme. En un rincón derrite cera secretamente. Cada tanto escucho de naves y el ruido de las cadenas que se arrastran. ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen?. Cuando ocurre esto la isla se estremece en una histeria y pareciera que se montase un espectáculo. Afuera hay otros que hablan como yo, que sufren como yo. A esos los matan o son ellos los que matan.

El mancebo que años atrás entró se aterrorizó. La espada cayó de sus manos, sin volverse, siempre mirándome la recogió y se cortó el muslo que luego cubrió con su túnica. Lo vi perderse atado a un hilo o a un cordón que no era como el mío. Su sangre todavía mancha el camino de piedras por el que huyó. Me hubiera gustado saber su nombre.

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