«Proeza infantil»

El 7 de junio se entregaron los premios del IV Concurso Literario Provincial (Género cuento) con sede en Gualeguay. Al tercer premio lo obtuvo Eugenio Jacquemain, colaborador de INFONER, con su cuento “Proeza Infantil” que queremos compartir.

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Proeza infantil

La costanera de mi ciudad es muy particular, una amplia avenida, surcada al medio por pérgolas que suelen poblarse de enredaderas en el verano, extensos veredones que albergan a cientos de personas los fines de semana. A su lado, un suave recorrido de espejos baña su flanco, en épocas de creciente, ese andar se transforma, golpea fuertemente los gruesos murallones que resisten heroicamente desde hace muchísimos años.
Los obeliscos, paisaje obligado en el centro del paseo, se mantienen firmes con el paso del tiempo. Donde otrora moraba la figura de Francisco Ramírez, ahora vemos un pequeño camino que oficia de puente. Hoy de esa imagen se desconoce su paradero, y muchos ya solo la recordamos vagamente.


Ese día se veía diferente, era nuestra prueba, nos sentíamos nadadores olímpicos disputando una final. No pasábamos los ocho o nueve años ninguno de los cinco que teníamos que demostrar, en tan solo cien metros, lo que durante dos meses habíamos aprendido.


“No puede ser que tengas un río al lado y no sepas nadar” repetía una y otra vez mi padre, orgulloso de su trabajo en los Ferryboat que trasladaban los trenes. Había que darle el gusto al viejo, cuando volviera tendría la noticia tan esperada desde mamá “Tu hijo ya sabe nadar, tu hijo cruzó el río, desde el balneario hasta el Neptunia”, yo me iba a hacer el desentendido, minimizando la hazaña, como cuando le mostraba el boletín de la escuela, en el cual nunca habitó un diez, pero tampoco un cuatro.
Y sí, ese día era especial, para mí y para él, capaz también para la vieja, pero ella ocultaba sus emociones diariamente, daba clases de mañana y de noche, por ese entonces, la plata no alcanzaba.


Y llegó el ansiado día, nuestros cuerpos estaban dispuestos al sacrificio. El profesor, sin mover un músculo de la cara, mantenía su rígida mirada en nosotros. Las manos callosas y firmes sostenían los remos de la vieja canoa despintada. “Ahora al agua y a nadar, en línea, un metro entre uno y otro” y fuimos, en un pequeño espacio, cinco corazones comenzaban a bracear.
Los gritos por el megáfono de latón nos guiaban desde la embarcación. Ese era el momento para la hazaña, los planetas se alineaban a nuestro favor y no lo íbamos a desaprovechar.


Juan fue el primero en decir a mitad de camino “profe, no doy más” ese fue el primer golpe. Juancito era el más resistente de nosotros, quizás un mal día, o quizás la chocolatada, que se tomó antes de meterse al agua, lo había complicado, pero… ¿Si él no llegaba…los demás podríamos?
No sé quien le siguió, por unos minutos imaginé que llegaba solo y el resto en la canoa. Son esos momentos que tenemos los argentinos, aun chiquitos, de creernos superhéroes individuales, convirtiéndonos en seres cuasi egoístas que especulamos con los errores del otro. No, no estoy siendo duro, así somos y así nos ven, ¿por qué un niño de nueve años sería diferente al resto?


Escuché por segunda vez la frase desesperanzada de agotamiento y fue instantáneo. De un segundo a otro me sentí cansado, saqué mi cabeza del agua no solo para respirar, observé hacia adelante, aún faltaba un tercio del camino. Miré a los costados, me sentí más solo que Sampaoli festejando un gol en Rusia 2018.


Ver esa triste imagen con los ojos de un niño es doloroso, mis lágrimas se diluían en el curso del río perdiendo importancia, las caras de mis compañeros, denotaban sentimientos encontrados, trataban de darme fuerzas tomados de la canoa y a la vez, expresaban una sana envidia.
No podía más, no iba a llegar ninguno, pensé en mis padres y en los de los demás. Les habíamos pedido que no estén, queríamos darles la noticia de haber cruzado el rio y ahora no podríamos.


No tardé mucho en tomar con mis pequeñas manos el borde de la embarcación, ya estábamos todos sostenidos de esas viejas maderas cual sobrevivientes de un naufragio. Habíamos fracasado.


El profesor remó hasta la otra costa con nosotros sostenidos de la canoa. Llegamos, al tocar nuestros pequeños pies la arena, nos miró, y nos dijo, exactamente con la misma voz firme que alentaba cada brazada. “Llegaron, cumplieron, avisen en sus casas que lo lograron. No van a mentir, llegaron desde que se decidieron a intentarlo, esto es un logro, no un fracaso”.


Hace un par de años falleció mi viejo, mamá aún vive, nunca supieron la realidad. No he vuelto a ver a mis compañeros de aquella época, no sé si habrán dicho la verdad. Para mí este es uno de los secretos mejor guardados del mundo, quizás porque me convencí que, en verdad, sí habíamos logrado nuestra meta, ¿el trecho que faltó? Eso es anecdótico.

Eugenio Jacquemain, autor de «Proeza infantil»
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