¿Qué nos pasó?

 

Cada vez que cambio de noticia, de canal, de aplicación o de radio me pregunto lo mismo: ¿qué nos pasó? La comunidad en general, y es algo que sucede en todo el mundo, está fracturada en el afán de la opinocracia personal, del gobierno de la verdad que cada uno tiene, y en la falsedad de un contrato social inexistente que le otorgaría a esa opinocracia individual su razón de ser y su legitimidad social.

 

Por Juan Francisco Amenta

(Especial para INFONER ) *

Lo vemos cada vez que tenemos la oportunidad de dar una opinión y debemos hacer una introducción de dos párrafos para que no se nos ataque por compartir ideas del grupo A, B o C, o por intentar usar las palabras más suaves para no herir a ninguna opinocracia del prójimo, si es que en este clima de conflicto podemos llamar prójimo al que tenemos al lado.

Al parecer, quien les habla pretende hacer un aporte que no tenga sesgos de izquierda, de centro o de derecha, ni de los de arriba, los del medio o los de abajo, de los que viven en el norte, en el sur, en el este o el oeste. Algo demasiado ambicioso (o pretencioso, quizá).

 

Ahora sí: ¿qué nos pasó?

Tuve el privilegio, o el castigo, de pasar por equis circunstancia observando y escuchando todas las transmisiones de lo que sucedió y sigue sucediendo en la Argentina. Aclaro (porque parece que hoy, debemos aclarar todo para no ser atacados): no pretendo hablar sobre la bondad o maldad o la corrección o incorrección del contenido político, legal, legislativo, moral, racional, entre otros, de los proyectos de leyes que se están discutiendo en el recinto y en las calles. Mi análisis va por el lado sociológico y convivencia de lo que está pasando.

¿Cuánto hemos escuchado el término “cultura política”? “Cultura”: con origen en la expresión cultivar, crecer, cuidar, formar. “Política”: se sentido muy amplio, pero me restrinjo a la visión de la “política” como la actividad propia del ser humano de compartir e intercambiar ideas y acciones sobre el destino y el bien común de un conjunto de hombres que practican una interacción y una convivencia social propia.

Ahora bien ¿qué sucede si a las dos palabras las unimos y estudiamos la nueva interacción entre ambas? Se formaría algo así como el cultivo o el cuidado de las relaciones sociales y sus interacciones propias para el logro del bien común y el desarrollo de aquella comunidad de hombres. Interesante ¿no? Por lo menos, para mí lo es.

Y pensemos cuántas veces nos han dicho que Europa es el faro de la cultura política, en donde los ejecutivos ejecutan, donde los legislativos legislan y los judiciales juzgan, pero con el pequeño gran detalle de que lo hacen con un civismo implacable, o por lo menos esa es la regla. (Mi intención no es tener al viejo continente como un faro moral y político, porque cometería el grave error de atentar contra lo que Montesquieu llama el ‘espíritu de las leyes’ de cada comunidad).

Y habiendo hecho esta revisión, vuelvo a la pregunta inicial: ¿qué nos pasó?

Estoy orgulloso de que en mi país la política tenga una importancia relevante en la vida de los ciudadanos; tenemos el derecho y la costumbre de que así sea. Además, qué mejor que en una sociedad esté presente el constante debate sobre qué es lo que queremos, qué es lo que necesitamos, en qué nos confundimos y hacia dónde queremos ir. Es loable que una sociedad debata eso.

Tal vez, el quid de la cuestión radique en qué términos y condiciones toman lugar en esos debates. Pareciera que en Argentina, ese civismo implacable es la excepción más que la regla. Hablando en criollo: damos debates como cruzadas ideológicas en donde buscamos la conquista y la victoria a toda costa, un proceso de constante revolución y contrarrevolución, pero ese proceso no sólo es cíclico sino que es auto destructivo.

Lanzamos ofensas verbales y ofensas físicas en forma de insultos o en forma de piedras, de verborragias o de gases lacrimógenos, en gritos o en balas de goma, en tiradas de micrófonos o en bombas molotov, si es que se entendió el punto. Pensemos que el noviembre y el diciembre que pasamos.

Y siento que todas las valoraciones que me enorgullecen en la cultura política que practicamos los argentinos se pierden y se oscurecen cuando se las mancha con estas faltas de respeto a las opiniones contrarias y a la convivencia física, moral, ideológica y social de nuestra ciudadanía. Parece que a nuestra política le falta cultura, porque a nuestra cultura, política ya le sobra.

Como ciudadano, como argentino, como ser humano, me lastima ver lo que veo y escuchar lo que escucho; y se me despierta la necesidad de expresar esta insatisfacción interna que siento.

Recuerdo a un amigo que solía hablar de la “comunidad” (social, animal, virtual, la que sea) como lo que sus mismas palabras dicen: una común-unidad. Tal vez sea eso lo que se perdió o se está perdiendo en nuestra cultura política. Nos falta entender como sociedad, como común-unidad argentina que los debates políticos no son sino para el desarrollo ordenado de nuestra sociedad, de nosotros como vecinos o como personas particulares. Entender que los “medios” por los cuales empleamos el debate también son “parte” de la finalidad misma del bien común. Y como “parte”, no se puede arribar a conclusiones positivas si no se aplican buenos “medios”. ¿Cómo? Dejando atrás la lógica maquiavélico-hobbesiana y poniendo en práctica las reglas del debate respetuoso, que equilibra argumentos con emocionalidad, pruebas con sentires, los buenos medios para alcanzar los buenos fines.

 

(*) Juan Amenta. Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Universidad Austral

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