RELACIÓN EPISTOLAR CON MANUEL BELGRANO

Esta es una carta que la ficción le permitió escribir a este columnista como reconocimiento a un enorme patriota que un día llegó a decir: “Mucho me falta para ser el padre de la patria. Me conformaría con ser un buen hijo de ella”. Resaltar sus virudes, coraje y sacrificio es una obligación de argentinos bien nacidos. porque fue muchisimo más que el creador de nuestra enseña.

 

 

Luis María Serroels

Especial para INFONER

                                                                      

Paraná, 20 de junio de 2019.

 

Querido y respetado José Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano:

     Hace 199 años que dejaste este mundo terrenal. Tú sabes que los argentinos no hemos sido muy consecuentes a la hora de hacerle justicia a nuestros próceres y prohombres, pero yo quiero  en esta misiva, evocarte desde mi corazón de compatriota agradecido.

    Sé que naciste en Buenos Aires el 3 de junio de 1770; que te recibiste de abogado en España; que al regresar a tu patria, en un tiempo muy turbulento, terminaste integrando la Primera Junta de Gobierno después de haber demostrado un gran coraje en las Invasiones Inglesas.

    También recuerdo que impensadamente, tú que te habías preparado para las leyes más que para la guerra, te convertiste en gran militar no profesional y con el grado de General fuiste a la lucha armada para cuidar la retaguardia de los Montoneros de Güemes. Saliste victorioso en las batallas de Tucumán  y Salta y sufriste estoicamente la derrota en Vilcapugio y Ayohuma, transfiriendo el mando a ese otro grande de nuestra historia, José Francisco de San Martín. Imposible soslayar tu actuación el 23 de agosto de 1812 iniciando el doloroso pero estratégico  Exodo Jujeño.

     Pero también realizaste la Campaña al Paraguay, siendo además Jefe del Ejército Auxiliar del Perú. En tu paso por mi comarca (entonces Poblado de la Baxada de la otra Banda del Paraná) conviviste fraternalmente con los lugareños, recibiendo ayuda desinteresada, en especial parte de la hacienda de la generosa patricia Gregoria Pérez. Y en tu derrotero hacia el noreste plantaste el acta fundacional del poblado de Mandisoví (actual Federación) sobre el río Uruguay.

    Supe que te ganaste la admiración del Libertador de América, quien dijo de tí que estabas «lleno de integridad y valor natural» y que aunque no tenías los conocimientos militares de Napoleón Bonaparte, eras el mejor que teníamos en América del Sur. Y así fue que me enteré de que en esas contiendas tú y tus soldados debieron padecer falta de comida y de suelas en medio de la pobreza, sin vestuario, ni tabaco, ni sal, ni yerba…

    Yo me imagino, querido Manuel, lo que habrán sido aquellos días de miseria, desnudez, hambre y frío cuando muchos de tus hombres se debían despojar de sus tristes ponchos para resguardar sus armas del agua.

    He leído que por tus inestimables servicios la Asamblea Constituyente del año XIII te otorgó una gratificación de 40.000 pesos que tú rechazaste donándolos, como gran propulsor de la educación popular, para la creación de 4 escuelas primarias y en cuyo documento de cesion destacabas que los maestros deberían ser bien remunerados por ser su tarea la más importante de cuantas se ejercen. Con una clara visión fundaste academias de matemáticas, geometría, arquitectura, perspectiva y náutica. Pero es justo reconocerte como un notable economista, precursor del periodismo nacional, de la industria vernácula y de la justicia social.

     Como periodista publicaste en el Telégrafo Mercantil y el Correo de Comercio, exhibiendo una gran capacidad en los asuntos del comercio y la agricultura.

    Se dice, entre otras cosas, que solías entreverarte con polleras honorables que, de tan honorables, solían ser esquivas. Y que de esos flirteos amorosos había nacido en Buenos Aires, Pedro Domingo Rosas y Belgrano, un vástago natural al que amparó Juan Manuel de Rosas y su esposa. Y también que en mayo de 1819, estando en Santa Fe, nació en Tucumán Manuela Mónica del Corazón de Jesús, a la que fuiste a reconocer tres meses después, para emprender luego tu definitivo viaje al puerto de la que fuera la Gran Aldea.

     Por supuesto que esto no es todo. Hoy evoco tu vida porque además, el 27 de febrero de 1812 (fecha no considerada feriado) creaste nuestra Bandera Nacional, la que a todos nos cobija, convoca y debemos veneración y respeto. Por esa cosas de los argentinos, el pabellón recién fue autorizado a enarbolarse oficialmente en 1815. A propósito, cómo no recordar con indescriptible emoción el instante en que como soldado en 1963 presté el sagrado juramento a la enseña que nos legaste.

     No puedo dejar de exaltar el hecho de que habiendo podido ser rico optaste por fuertes privaciones. Cuando se agotaron tus fuerzas, falleciste en la pobreza total llegando a abonar los servicios de tu médico con la entrega de tu reloj. Qué diferencia, Manuel, con muchos que han mal gobernado  la nación que avizoraste poderosa fertilizando tus anhelos con sacrificio y entrega absoluta. Y que no tienen pudor para rendirte homenajes cargados de hipocresía, cuando el mayor homenaje sería mirarse en el espejo de tu inquebrantable moral política.

     Pocos se habían preocupado por tu destino aquel 20 de Junio de 1820, día aciago para la patria. Tenías 50 años. Sólo El Despertador Teofilantópico, un periódico místico-político dirigido por el sacerdote Francisco de Paula Castañeda, te recordó en tu partida hacia las alturas donde descansan los predestinados. Para los demás fue una muerte inadvertida, mientras tres gobernadores se disputaban el poder. Tuviste un funeral pobre y sombrío en una iglesia cercana al río.

     Bueno Manuel, termino esta carta esperando que al recibirla te encuentres gozando de tu merecido descanso y de la bien ganada gloria eterna. Como auténtico paradigma de nuestra nacionalidad en que te convertiste para acceder al gran Altar de la Patria, ruego a Dios que en tu nombre nos oriente y limpie nuestro camino de adversidades e infortunios.

    Un fuerte abrazo agradecido de tu compatriota.

 

Luis María Serroels

 

 

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