Renegar de la tradición es consagrar la ingratitud

Cada 10 de noviembre se recuerda en nuestra patria el Día de la Tradición, fecha que evoca la figura de José Rafael Hernández y Pueyrredón, nacido el 10 de noviembre de 1834 en la Chacra de Pueyrredón, caserío de Perdriel en el Partido de San Martín. Sus padres fueron Rafael Hernández e Isabel de Pueyrredón (prima hermana de Juan Martín de Pueyrredón, militar y político que prestara grandes servicios a la nación).

 

Luis María Serroels
(Especial para INFONER)

 

Su obra cumbre, Martín Fierro (1872) más adelante prolongada en La Vuelta de Martín Fierro (1879), poema nacional por excelencia que permitió conocer la vida, los pesares y el maltrato al hombre de las pampas, sigue demandando su lectura y relectura para conocimiento y disfrute. Hernández luchó desde el Parlamento defendiendo a los últimos sobrevivientes de una raza que se extinguía a fines del siglo XIX.

Pero su pluma también nos legó estos títulos: Vida del Chacho (Peñaloza) editada en 1863, Los treinta y tres orientales (1867) e Instrucción del estanciero (1881).

Arribó a nuestra Paraná en 1857 en su período de Capital de la Confederación Argentina (tiempos de fuerte agitación política) casándose en 1863 con Carolina González del Solar con la que tuvo ocho hijos.
Hay que prepararse para el asombro antes de leer su biografía. José Hernández fue poeta, escritor, empleado de comercio, rematador, contador, taquígrafo, político, periodista, guerrero (combatió en Cepeda y Pavón bajo las órdenes de Urquiza), ministro de Hacienda de Corrientes, Diputado, Senador (la cámara alta sesionaba en el actual Salón de Actos del Colegio Nuestra Señora del Huerto), miembro del Consejo Nacional de Educación, director de bancos, protector de industrias criollas y de gauchos, estanciero y orador. ¿Puede alguien mencionar otra personalidad tan polifacética basada en la condición de autodidacta? Su mayor encumbramiento para la posterioridad surgió de su poema gauchesco reconocido en todo el mundo.

Entre sus reflexiones más relevantes, recordamos la que volcó en su carta de presentación. “Por asimilación, sino por la cuna, soy hijo de gaucho, hermano de gaucho y he sido gaucho. He vivido años en campamentos, en los desiertos y en los bosques, viéndolos padecer, pelear y morir; abnegados, sufridos, humildes, desinteresados y heroicos”. Y aquí quedó sellado su férreo compromiso como parte central y sustanciosa de su obra literaria. Un auténtico e indubitable testimonio para la historia que no siempre le rindió la debida gratitud, postura que –con el debido perdón- debería considerarse una especie de virtud teologal.

José Hernández

 

¿Qué es, esencialmente, la tradición? Es trasmisión oral comunicación de noticias, composiciones literarias, doctrinas, costumbres, expresiones artísticas y ritos que se hace de padres a hijos a través de los tiempos y las generaciones. De allí –se ha dicho- que los verdaderos hombres progresistas son los que parten de un profundo respeto al pasado. Tradición es el progreso hereditario y el progreso, si no es hereditario, no es progreso social. Y si le damos la espalda al pasado, resulta imposible sostener el presente y construír un buen futuro. Si renunciamos a él estaremos cometiendo el sacrilegio de condenarlo a la peor de las muertes, que es el olvido.

Hernández (a quien le apodaban “matraca” por el potente tono de su voz), dejó abierta una puerta hacia la reivindicación de la historia, con conceptos muy jugosos que deberían conocer todas las generaciones, en especial las que se entregan a una exarcebada xenofilia cultural e idiomática por desidia ante lo propio, favorecido ello por medios carentes de un genuino sentido de nacionalidad, que no significa encerrarse en un cascarón nada recomendable bajo un chauvinismo desbocado. El bombardeo y la invasión indiscriminada de elementos ajenos no es nada casual por cierto y el abandono de políticas conservacionistas de lo tradicional y auténtico –que no cierra fronteras-, no cesa. Por el contrario, parece acentuarse. Esto necesita de una política educativa con cajas curriculares debidamente elaboradas para fortalecer los mensajes ancestrales. Las instituciones tradicionalistas que se desvelan por mantener viva esa llama, merecen un especial reconocimiento.

Leemos de un biógrafo: “¿Cuál ha sido el gran mérito de Hernández? Simplemente el de llevar a la literatura la vida de un gaucho contándola en primera persona, con sus propias palabras e imbuído de su espíritu. En el gaucho descubrió la encarnación del coraje y la integridad inherentes a una vida independiente. Esta figura era, según él, el verdadero representante del carácter argentino.

Curiosamente, lo que no consiguió en su actividad política lo obtuvo por medio de la literatura. A través de la poesía consiguió un gran eco para sus propuestas y el Martín Fierro fue su más valiosa contribución a la causa de los gauchos”.

La tradición muy lejos está de ser considerada una antigüedad. Por el contrario, sus elementos son los que nos trasladan en el tiempo para rendir homenaje y gratitud a hechos y personajes que nos llenaron de orgullo y aportaron al desarrollo y crecimiento de un mejor país y una organización política y social moderna y estable. En suma, un caudal de conocimientos invalorables en contraposición a las posturas que ven en lo vernáculo algo caduco.

En este plano hay medios de comunicación y redes sociales que aportan a la desnaturalización de nuestro pasado y desproteger nuestras reliquias más sagradas hundiéndolas en el desprecio. Las reliquias materiales se mantienen bajo el cuidado de los pueblos, pero a su significado y sus mensajes los trae al presente la oralidad.

La tradición no es patrimonio exclusivo de nadie en tanto nace y crece como una respuesta del ser humano a su necesidad de revisar los tiempos pretéritos y beber en sus fuentes refrescándolas. Lo pretérito no significa descarte ni desprecio, sino una invitación inteligente a retrotraer las miradas adormecidas por la soberbia y la ingratitud. Nace de la sed de aprendizaje pero también de un afán de justicia. Se afirma –como hemos dicho- en la trasmisión oral de generación en generación y se constituye en una suerte de cancelación de deudas con el pasado. Un puñado de frases nos impulsó a decorar esta columna:

Harold Macmillan, político conservador británico, sostuvo que “tradición no significa que los vivos estén muertos: significa que los muertos estén vivos”. Y el escritor, poeta y filólogo inglés J.R.R.Tolkien, con una frase feliz señaló que “no desprecies las tradiciones que nos llegan de antaño; ocurre a menudo que las viejas guardan en la memoria cosas que los sabios de otros tiempos necesitaban saber”. Recordemos también al tucumano Nicolás Avellaneda, abogado, político, estadista y presidente de la nación (1874-1880), cuando sentenció que “los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la memoria de sus destinos”.

Nadie en su sano juicio buscaría sepultar la memoria colectiva borrándola. Leer el Martín Fierro es el camino seguro y apasionante para asumir la importancia de conservar las tradiciones. La literatura gauchesca argentina tiene poetas brillantes y es un tesoro valioso cuya lectura debe ser siempre incentivada.

Se trata de un acto de justicia y reconocimiento, que de ningún modo le pone frenos a la evolución de las sociedades, atadas al sentido de modernización, a las conquistas tecnológicas, la superación humana y la búsqueda de una convivencia en paz con espíritu integrador.

Valga remitirnos a la segunda mitad del siglo 19, en que Hernández escribe un pensamiento sobre la violencia de género, muy lejos de imaginar que casi un siglo y medio después se consolidaría como idea fuerza y lucha irrenunciable de innumerables sociedades en el mundo: “Sólo los cobardes son valientes con sus mujeres”.

El denominado Halloween (también conocido como Noche de Brujas) es una fiesta pagana introducida en Estados Unidos por los celtas inmigrantes irlandeses, que se celebra cada 31 de octubre en vísperas de la recordación de los difuntos. Lejos de ser un anacronismo, se repite cada año y es bueno que así sea como prueba de respeto por una tradición. Los argentinos –especialmente la juventud- han hecho propia esta celebración que a nadie molesta. Mucho menos molestaría que se acentúe el respeto por las tradiciones propias.

Las Peñas nativas que hoy sobreviven manteniendo la vigencia de nuestras danzas de la Buenos Aires de 1810 y otras ciudades del norte argentino en veladas inolvidables, tienen casi condición de milagro. Las payadas –a Dios gracias-, cada día incorporan mayores cultores.

 

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