Sabor-saber-savia en la voz

“De todo lo que se escribe, sólo me interesa lo que se escribe con la propia sangre. Escribe con la sangre y así aprenderás que la sangre es espíritu”.

 

Por Verónica Toller

 

Más allá de compartir o no y de conocer o no el pensamiento de Friedrich Nietzsche, esta intuición suya acerca de cuál es la materia profunda que todos buscamos en un texto me parece acertadísima. Sangre. Espíritu. El alma puesta en la mano y la mano en la palabra.

Es posible lograrlo. Y no tiene nada que ver con la materia que abordemos. Más bien, es cuestión de honestidad, de profundización, de podar y pulir para dejar sólo lo sustancial. Y, una vez seguros de que hay sustancia, hacer que brille. Eso es estilo. Fondo y forma. Al hablar. Al comunicarnos. Al escribir. En una charla, un artículo de prensa, un ensayo. Todos podemos lograrlo. El estilo es un trabajo y un derecho. (Derecho del destinatario sobre todo: si lo invitamos a escucharnos o leernos, le debemos lo mejor de nuestro esfuerzo).

Porque amamos las palabras. Porque las palabras son vehículos de ideas y de sentimientos, materia gris y entrañas, todo mezclado, todo convertido en camino para algo. Las palabras cobijan o golpean, construyen y derrocan; dicen de nosotros (quiénes somos, qué somos, lo que anhelamos, aborrecemos, buscamos). Quien sabe usar la palabra sabrá luchar con ella, amar con ella, sanar con ella (a sí mismo, a otros). Es necesario aprender a emplear las palabras: hay palabras que han cambiado al mundo (El Príncipe, El origen de las especies, la Biblia, el Corán, el Talmud, el Manifiesto de Marx, los reclamos de Malala, el sueño de M. L. King. Cada “Sí, quiero”, cada “sí, creo”, cada “yo les prometo…” que nos vuelve a financiar la esperanza. Cada John que vuelve a cantar su propio “Imagine all the people…”).
Saber-sabor-savia y vida en la voz. Eso es estilo.
Y el estilo somos nosotros.

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