Se fue un filántropo, murió el Dr. Arturo Elgue

Hace 10 años, el Ateneo Gualeguaychú le dio el merecido reconocimiento en vida a su labor de entrega en favor de miles de niños de esta ciudad. Ayer, a los 87 años, falleció en Buenos Aires, donde residía desde hace 15, Arturo Elgue, el querido médico pediatra, correntino de nacimiento y gualeguaychuense por adopción.

Por Estela Gigena

En el momento de la distinción, entrevistado por El Día, expresó su satisfacción, pero aclaró algo que lo pinta cabalmente: “Nunca pensé que la iba a recibir, porque en mi vida y manera de ser, nunca pretendí buscar un reconocimiento. Siempre me he exigido en la vida, no para conseguir, sino para dar”.

Y Arturo dio, dio y no se cansó de dar. Es más, cuando se radicó con su familia en Buenos Aires, no pudo con su genio y siguió ejerciendo la medicina a su manera: iba a atender a los niños de un dispensario de González Catán, llamado “La Huella”, donde según contó “hay más pobreza que acá”. Hace 10 años, en esa misma entrevista, respecto a su decisión de realizar esa altruista tarea, confió: “Quiero morir con los zapatos puestos”.

Arturo Elgue fue director del Hospital Centenario, donde además, fue jefe del servicio de Pediatría; atendía a los niños que concurrían al Dispensario de Lactantes “Patico Daneri” y además, tenía su consultorio privado en calle Fray Mocho. Allí, cada tarde, llegaban mamás con niños enfermos, sin obra social ni un peso en el bolsillo. Llegaban porque sabían que Arturo los atendería sin exigirle nada a cambio; pero además, les daría los medicamentos y mucho amor, consejos de crianza y para la vida. Es que la relación que se establecía con él, trascendía la cuestión médica. De repente, uno sentía que podía confiarle algún problema y que su palabra seguramente orientaría.


Arturo era de los médicos a los que podías llamar a las tres de la madrugada, sin remordimiento, cuando tu hijo volaba de fiebre. En pocos minutos aparecía con un sobretodo que cubría sus pijamas y maletín en mano preguntando: “A ver, ¿dónde está mi amigo?”, y tu hijo se aliviaba sólo con verlo.


Ocurría también que, muchos de esos niños – la mayoría -, cuando llegaban a la edad en que ya debían ser atendidos por un clínico, no querían abandonarlo. Entonces Arturo, en tierna complicidad con los padres, seguía siendo su médico. Y esos jovencitos iban ya solos, por un dolor o a escuchar sus consejos. Así era Arturo de querible.


Desde que se supo la noticia de su partida, en las redes sociales, quienes fueron sus pacientes lo recordaron con gran cariño: “Mi pediatra adorado”; “Gran persona. Gran profesional. Mi pediatra de niño y padrino de confirmación”; “El médico de los pobres”; “Que triste noticia!! Médico con un gran corazón!”; “Mi pediatra. Un capo, ejemplo”; “Gran persona”; “Querido Dr. Arturito Elgue como diría su gran amigo mi viejito ❤Descanse en paz!❤❤❤abrazo enorme a su familia. Siempre estará presente en el corazón de todos sus pacientes”; “Mi pediatra. Un sol de persona”, y así se suceden las interminables expresiones que dan cuenta del profundo afecto que supo ganar este querido médico.


Vaya este merecido recuerdo para Arturo, que supo honrar con creces el juramento hipocrático. No sólo curó y alivió, sino que nos acompañó con profundo amor y fe cristiana en la crianza de nuestros hijos.

Comentarios

About the author  ⁄ Infoner