Se realizó la peregrinación diocesana a San Nicolás

La Diócesis de Gualeguaychú peregrinó este lunes 15 de octubre al Santuario de Ntra. Sra. del Rosario de San Nicolás. Cientos de personas pertenecientes a las distintas comunidades del sur de la provincia de Entre Ríos se encontraron al mediodía en la plaza de la ciudad para marchar hasta el santuario de la Virgen y celebrar allí la Eucaristía.

 

La Misa estuvo presidida por Mons. Héctor Zordán quien centró su homilía en la presencia maternal de María y la experiencia de los primeros discípulos al reunirse en su casa para orar.

“Hemos venido hasta aquí para contemplar el gesto de Jesús que nos señala la figura tierna de María, y a escuchar de nuevo, como dicho a cada uno de nosotros: “aquí tenés a tu madre”. Y siempre que miramos sus ojos maternales, ella “despierta el corazón filial que duerme en cada hombre” (DP 295). ¡Necesitamos que ella nos despierte! ¡Necesitamos que ella nos haga sentir hijos!”, dijo Zordán.

Más adelante el obispo reafirmó: ¡Cuánto necesitamos que ella nos despierte aún más y nos haga sentir hermanos! Necesitamos crecer en “la capacidad de sentir al hermano como ‘uno que me pertenece’, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender sus necesidades, para ofrecerle una verdadera amistad”. La necesitamos para que nos haga sentir hermanos, incluso de los que no piensan como nosotros o usan otros pañuelos… Necesitamos cultivar “la capacidad de ver ante todo lo positivo que hay en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mí” (NMI n. 43).”

Luego el obispo también pidió que “ser una Iglesia cada vez más familia y menos “oficina de trámites”; necesitamos ser una Iglesia más fraterna y cordial, y menos burocrática. Hay palabras que no podemos dejar de lado en nuestras comunidades y necesitamos que sean cada vez más frecuentes –en el uso y en la práctica…–: escucha, apertura, entusiasmo, impulso, alegría, “ser parte”, inclusión, cercanía, presencia, visita, animación, comunicación, creatividad, compañía, respeto, sinceridad, empatía, mirada a la diversidad, pensar, compartir…. Esto que le pidieron los jóvenes a la Iglesia en Argentina en el Mensaje Final del Encuentro Nacional de Juventud en Rosario, y que los adolescentes y jóvenes de nuestra diócesis me pidieron a mí en sus manifiestos de los respectivos encuentros diocesanos, son expresiones que reclaman un clima de familia.”

Finalmente Mons. Zordán expresó: “No podremos contagiar la fe a las nuevas generaciones si no nos decidimos en serio a vivir y a ofrecer una experiencia de familia en cada comunidad cristiana. Por eso también queremos pedirle a la Madre que su presencia en nuestras comunidades nos haga ser y sentir familia. ¡Lo necesitamos…! Queremos que nuestras comunidades sean familias acogedoras donde nos dé ganas de estar y de quedarnos; que haya un ambiente familiar que atraiga y otros se animen a venir y a quedarse; que haya espacio para todos y todos se sientan a gusto: los chicos, los adolescentes, los jóvenes, los adultos, los ancianos; que todos se sientan escuchados y animados a vivir con alegría el Evangelio de Jesús”, concluyó.

 

 

Homilía completa:

15 de octubre de 2018.

¡Qué lindo es estar juntos en la casa de la Madre…!

¿Habrá sido esa misma la experiencia, la sensación, de los discípulos de Jesús cuando iban a la casa “donde solían reunirse” (Hc 1,13)? Allí encontraban a María, la madre del Señor, que los reunía como a hijos de una misma familia… ¿Habrá sido esa su casa…?

Hacía muy poquitos días, estando junto la cruz de Jesús que se moría, Juan había escuchado de labios del Señor una de sus últimas palabras: “aquí tenés a tu madre”; “y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa” (Jn 19,27). La casa de María comenzó a ser la casa del discípulo; la casa de María se transformó en la casa de los discípulos, la casa de los hijos… Seguramente era el lugar donde se reunían, donde estaban a gusto porque ella generaba el ambiente de familia… Allí habría espontaneidad, confianza, seguridad, escucha, acogida…; cada uno se sentía persona; único e irrepetible. ¡Todos se sentían a gusto…! ¡Era la casa de la madre…!

Y en esa misma casa se “dedicaban a la oración”, entraban en un diálogo personal y profundo con el Señor; lo escuchaban y le hablaban…; no era sólo un lugar de encuentro y de diálogo fraterno; era lugar de escucha y acogida del Espíritu; lugar de oración…

Hoy nosotros venimos como iglesia diocesana peregrinando hasta su casa, la casa de la Madre… Traemos todo lo que somos y lo que tenemos; nuestra gente, nuestras inquietudes, nuestros proyectos y desvelos… Queremos poner en su corazón nuestra iglesia diocesana: todas las comunidades parroquiales; las de las ciudades más grandes –Gualeguaychú, Concepción del Uruguay, Gualeguay, Tala, Victoria–; las de las ciudades más pequeñas y de los pueblos desparramados en los seis departamentos del sur entrerriano; también las comunidades de las capillas y los centros del campo. Traemos a todos los laicos de nuestras comunidades; a aquellos comprometidos en las tareas pastorales y a los testimonian su fe en los más variados ambientes de la sociedad. Queremos presentar a las familias, particularmente las que están atravesando dificultades de distinto tipo… Traemos en nuestro corazón a los jóvenes; aquellos que están cerca de nuestras comunidades: parroquias, colegios, movimientos; pero también y especialmente a los otros, que no se acercan tanto o que están muy alejados… Queremos decirle a María que “nos preocupa encontrar caminos adecuados para anunciarles a Jesucristo, porque sabemos que es responsabilidad de la Iglesia cuidar su fe y acompañar su vocación” (Carta a los fieles de la Iglesia en el sur entrerriano, octubre de 2018).

Queremos presentarle a nuestros sacerdotes y a nuestros diáconos; los más jóvenes con su empuje y dinamismo juvenil; los de edad intermedia que están en lo mejor de la vida; los más ancianos que nos enriquecen con su experiencia y nos alientan con su testimonio; los que están enfermos y los que tienen alguna dificultad… Tenemos presente a nuestros seminaristas, y le pedimos a la Madre que vaya formando en ellos un corazón de pastores. Le presentamos a nuestros consagrados y consagradas, porque solamente con su presencia y su testimonio nos hacen acordar de Dios y de esa dimensión trascendente que tiene toda vida humana… Entre ellos pensamos de modo particular en las hermanas carmelitas de Gualeguaychú.

Y así, como hijos en la casa de la Madre, vinimos a ponernos en el corazón de María…

Hemos venido hasta aquí para contemplar el gesto de Jesús que nos señala la figura tierna de María, y a escuchar de nuevo, como dicho a cada uno de nosotros: “aquí tenés a tu madre” (Jn 19,27).

Y siempre que miramos sus ojos maternales, ella “despierta el corazón filial que duerme en cada hombre” (DP 295). ¡Necesitamos que ella nos despierte! ¡Necesitamos que ella nos haga sentir hijos!

Fuimos bautizados; Dios nos ha hecho hijos suyos tan queridos… y ¡cuántas veces vivimos alejados de esta realidad tan linda y tan profunda…! Le vamos a pedir que su ternura de Madre ayude a desplegar en nosotros toda esa riqueza de vida nueva que recibimos en el bautismo. ¡Queremos vivir como hijos! ¡Queremos testimoniar al mundo que vale la pena vivir como hijos…!

Le vamos a pedir también que nos ayude a ser más misioneros para recordarle a nuestra gente –a los que han sido bautizados y viven como si no lo fueran– la belleza, la grandeza, la dignidad de vivir como hijos de Dios.

Cuando tomamos una nueva conciencia de que somos sus hijos, “ese carisma maternal hace crecer en nosotros la fraternidad” (DP 295). ¡Cuánto necesitamos que ella nos despierte aún más y nos haga sentir hermanos! Necesitamos crecer en “la capacidad de sentir al hermano como ‘uno que me pertenece’, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender sus necesidades, para ofrecerle una verdadera amistad”. La necesitamos para que nos haga sentir hermanos, incluso de los que no piensan como nosotros o usan otros pañuelos… Necesitamos cultivar “la capacidad de ver ante todo lo positivo que hay en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mí” (NMI n. 43). Que ella interceda ante el Padre y nos consiga esa gracia…

Y en la Palabra de Dios hoy hemos escuchado que los discípulos se reunían “en compañía de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hc 1,14); y ella, con su presencia discreta y silenciosa, iba creando el ambiente familiar. Es que la presencia maternal de “María hace que la Iglesia se sienta familia” (DP 295). Y en esto también necesitamos mucho de ella… Necesitamos ser una Iglesia cada vez más familia y menos “oficina de trámites”; necesitamos ser una Iglesia más fraterna y cordial, y menos burocrática. Hay palabras que no podemos dejar de lado en nuestras comunidades y necesitamos que sean cada vez más frecuentes –en el uso y en la práctica…–: escucha, apertura, entusiasmo, impulso, alegría, “ser parte”, inclusión, cercanía, presencia, visita, animación, comunicación, creatividad, compañía, respeto, sinceridad, empatía, mirada a la diversidad, pensar, compartir… (del Mensaje Final del ENJ2018 y de los manifiestos del EDA2018 y EDJ2018). Esto que le pidieron los jóvenes a la Iglesia en Argentina en el Mensaje Final del Encuentro Nacional de Juventud en Rosario, y que los adolescentes y jóvenes de nuestra diócesis me pidieron a mí en sus manifiestos de los respectivos encuentros diocesanos, son expresiones que reclaman un clima de familia. No podremos contagiar la fe a las nuevas generaciones si no nos decidimos en serio a vivir y a ofrecer una experiencia de familia en cada comunidad cristiana. Por eso también queremos pedirle a la Madre que su presencia en nuestras comunidades nos haga ser y sentir familia. ¡Lo necesitamos…! Queremos que nuestras comunidades sean familias acogedoras donde nos dé ganas de estar y de quedarnos; que haya un ambiente familiar que atraiga y otros se animen a venir y a quedarse; que haya espacio para todos y todos se sientan a gusto: los chicos, los adolescentes, los jóvenes, los adultos, los ancianos; que todos se sientan escuchados y animados a vivir con alegría el Evangelio de Jesús.

Todo esto se lo confiamos a María; lo dejamos a sus pies; lo ponemos en su corazón… Lo hacemos con la certeza de que ella es capaz de interpelar otra vez a Jesús –como en aquel “no tienen vino” de las bodas de Caná (Jn 2,3)– y de decirle: ¡son mis hijos, vos me los confiaste; ellos lo necesitan…!

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