“Se recupera”: una historia única de amor y lucha por la vida

Y allí están. La madre que no es la madre pero vibra como madre, y la bebita que ya es la hija aunque los papeles todavía no lo digan.

 

Por Verónica Toller

 

“Seguimos internadas  en la Unidad de Infectología del Hospital Gutiérrez”, dice la mamá. Lo dice así, en plural, como si ella también estuviera internada. Es que mucho de eso hay. Porque María, la mamá, no se mueve de al lado de la cama de Lucía, la bebé intervenida que recibió un transplante hepático hace menos de dos meses y que viene soportando algunas complicaciones. “Está mejor, se está recuperando de una neumonía y una infección  en la panza producto de las perforaciones intestinales”, cuenta María. “Ella lucha contra sus enfermedades. Yo sólo la acompaño en su lucha, es ella la que pone su cuerpito”.

 

Donante hepático vivo no pariente de la receptora

 

Doce horas de cirugía para ella. Ocho horas de cirugía, antes, para él. No los relacionaba nada y ahora son casi uno. Porque él, que podría llamarse Pedro, le donó a ella, que llamaremos Lucía y es apenas una bebé de 21 meses, parte de su hígado. Pedro es casi una rareza: donante de órganos vivo no relacionado familiarmente con la receptora. La Justicia entrerriana tuvo que autorizar la operación, única posibilidad de sobrevivir para Lucía.

El transplante tuvo lugar el 28 de febrero en el Hospital Gutiérrez. Él es de agua y tierra adentro, en el Delta del Paraná. Ella no es de aquí ni es de allá, diría Cabral: su mamá, con alas de golondrina, llegó un día al sur entrerriano, la tuvo y se marchó, y Lucía quedó allí, en brazos de una vecina que la amó desde el principio y la asumió en su alma y en su hogar.

Pedro –en el expediente figura sólo con iniciales para proteger la identidad de la paciente- no es pariente de la beba. No muestra rasgos excepcionales de personalidad. No: apenas un hombre del pueblo, un trabajador cuyo hermano y cuñada tienen en guarda a Lucía, a quien quieren adoptar. Tiene claro que se someterá a una intervención compleja y acepta las complicaciones que puedan surgir. “Porque ella ya es como mi sobrina. Ella es familia”, dice.

 

Abandono, complicaciones y el amor que acoge

La historia tiene sus bemoles. Lucía nació en junio de 2016 en Ceibas, sur entrerriano. Su madre la abandonó de inmediato. La niña quedó a cargo del matrimonio vecino (digamos, Juan y María), que aceptaron a la beba y la cuidaron. A los 3 meses, Lucía fue diagnosticada de atresia de vía biliar extrahepática (su hígado no produce bilis, indispensable para digerir los alimentos). Una afección crónica y progresiva que demandó tratamiento frecuente en el Servicio de Pediatría del Hospital de Niños “Ricardo Gutiérrez”, en Buenos Aires (que el matrimonio asumió a su cargo). Se le practicó allí una cirugía llamada “Kasai” que no dio resultados. La prescripción médica fue contundente: trasplante de hígado, “único tratamiento” para “garantizar la sobrevida” de Lucía.

Juan y María decidieron adoptar a Lucía. Pero la ley prohíbe la entrega directa de bebés (para evitar el robo y comercio). Se requiere inscripción en el Registro de Adoptantes y aguardar en listas de espera. Dadas las necesidades especiales de Lucía, el caso llegó al Consejo Provincial del Niño, el Adolescente y la Familia (COPNAF), el cual resolvió que Juan y María tuvieran a la pequeña en “guarda”. En junio de 2017 se aprobó además el estatus de adoptabilidad de la bebé.

En la historia entran en juego una tía de Lucía, quien inicialmente se interesó en “hacerse cargo” pero luego, al conocer las complicaciones de salud, resolvió “no reclamar a la niña”. Lo mismo sus abuelos.

En tanto, la condición de Lucía se volvió urgente y los futuros padres adoptivos se hicieron pruebas de compatibilidad para ser donantes, que resultaron negativas. Fue entonces cuando Pedro, hermano de Juan, decidió probar. Y resultó compatible.

 

Lo que la Ley supo ver

El artículo 15 de la Ley de Trasplantes de Órganos y Materiales Anatómicos (24.193) dispone que “sólo estará permitida la ablación de órganos o materiales anatómicos en vida con fines de trasplante (…) en caso de que el receptor sea su pariente consanguíneo o por adopción hasta el cuarto grado”. Esto, para evitar el comercio de órganos. Sin embargo, en el art. 56, la misma ley prevé que el juez puede autorizar “la donación de órganos entre personas vivas no relacionadas por un determinado parentesco”, siempre y cuando el acto “revista carácter extrapatrimonial”.

Así que Pedro se presentó ante el Juzgado Civil, Comercial y del Trabajo de Villa Paranacito, a cargo del juez Agustín Weimberg, y pidió la excepción. Dijo que lo hacía “de corazón”. En la carátula del expediente 692/17 se lee “Sumarísimo”: la cirugía de trasplante estaba programada para el 3 de enero pasado (aunque la evolución de la paciente obligó a extender la fecha). El juzgado solicitó pericias psiquiátricas y psicológicas para Pedro e intervinieron una operadora social y el Ministerio Público Fiscal. En el Hospital Gutiérrez, los médicos le explicaron procedimientos y riesgos.

El martes 26 de diciembre se promovió el trámite en el Juzgado y el juez Weimberg resolvió a favor de Pedro el jueves 28. Destacó que era evidente “la absoluta libertad en la decisión del oferente”, y que “son los lazos familiares y la solidaridad” las razones que lo movilizan a ser dador.

Los “buenos samaritanos”

El primer trasplante hepático de donante vivo se realizó hace 29 años en Australia. En Argentina, el primero tuvo lugar en el año 2000. En un 98% de los casos, son parientes de los pacientes. Pedro, el donante de esta historia, pertenece al escaso 2% restante. A los donantes no relacionados por parentesco se los llama “buenos samaritanos”.

Argentina lidera el número de trasplantes en América Latina: 41 por millón de habitantes. En 2017 se realizaron en el país 2500 trasplantes, de los cuales, 253 fueron hepáticos. Y de estos, 22 fueron de donante vivo. Menos aún, de donante vivo no relacionado con el receptor. Los casos más resonantes son el de Jorge Lanata y su trasplante cruzado de riñón, y el de Sandra Mihanovich, que donó un riñón a su ahijada.

 

Seguir luchando

En cuanto a María, no se mueve de al lado de “su” bebita en el Hospital Gutiérrez. Enfrentan meses de recuperación y han aparecido algunas complicaciones. “Estoy feliz. Porque me costó mucho llegar a la guarda con fines adoptivos. Luego, conseguir el donante. Y nunca pensé que en el Juzgado iban a responder tan rápido”, dice. Dice que no tiene miedo de lo que viene: “más bien estoy ansiosa y tengo mucha fe en Dios y en que todo va a salir bien”, responde.

¿Y Pedro? Volviendo a la normalidad. La donación de Pedro a Lucía sienta jurisprudencia en la provincia de Entre Ríos. Y su solidaridad sienta esperanza para todos.

 

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