Snap: el relámpago de la fugacidad

El vértigo del tiempo nos arrastra. La sociedad de consumo nos obliga a desatender el bien más preciado que tenemos: los hijos. Firmamos los comunicados escolares a veces sin leerlos. Desde que los celulares entraron a nuestros hogares las conversaciones giran sobre el cargador que se perdió, el vidrio templado que se rasgó o la funda que hay que cambiar porque ya está muy vista.

 

Por Marta Ledri – Prof. en Letras

La vida cotidiana es expuesta es un relámpago de Snap y todos saben qué se come en cada casa, cómo defeca la mascota o cómo grita algún integrante familiar por un motivo intrascendente. Si la imagen es aceptable se captura y así queda como un rehén en otros celulares. Los “escrachos” son temidos. Hay adolescentes que tienen carpetas de estos ¿vaya uno a saber con qué fin?

Lo cierto que como el ojo de Orwell nos convertimos en un Reality Show que nos impone andar con cuidado en la intimidad de la casa porque en cualquier momento podemos ser víctima del ojo que vigila alerta y nos fija en una fotografía que viajará con la velocidad de la luz y ya no podremos detener.

Qué hay detrás de esta necesidad de exposición de ex: salir- poner. Ponerse fuera a merced de las críticas más nefastas o aduladoras ¿falta de autoestima?, un entretejido social que apresa como telaraña para devorar a los prisioneros.

 

Porqué el diálogo se diluye en 24 horas… ¿no habrá entonces nunca más un novelista entregado por años a una escritura que perdure o un poeta que se detenga a buscar la imagen porque esa aplicación no les permite pensar? El culto al fantasma amarillo los persigue, los incendia con fuegos que no arden, los acorazona sin latidos, festeja el 100 del sin sentido. Solo le da como mínimo 10 segundos. ¿De verdad esta generación no quiere recuerdos? Son tan vacías sus vidas que buscan colocarse arcoíris en la boca, orejas de perros o camuflarse… seamos sinceros dónde está la gracia.

La comunidad adolescente siempre como golondrinas rebeldes van migrando de las aplicaciones donde están sus padres. Eligen paisajes sin diálogos profundos, efímeros y así son para el amor, la amistad, el secreto. No hay alianzas por siempre, no hay cajas de recuerdos, son también fantasmas que existen en una red que los destruye y los vuelve adictos.

No es el fantasma de Canterville deambulando por la casa y esperando que Virginia lo descubra para contarle su historia. No es el fantasma de Ghost, la sombra del amor, esa película de los 90 que marcó a toda una generación y cuya banda sonora emociona por su belleza, no es un fantasma gótico que se resiste a partir, no son los fantasmas de Otra vuelta de tuerca que se aparecen a los niños y los vuelven despiadados, no es Heathcliff de Cumbres borrascosas que no descansa por amor… No, es un ridículo fantasma que ni siquiera tiene el valor de hacerse cargo de nada o sí, se adueñó de nuestros hijos y los volatizó, les quitó consistencia, los valores, la sensibilidad y a cambio les regaló 10 segundos de popularidad.

 

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