Teatro vacío, por Mariela Charadía

A veces, hace falta el vacío para poder ver.

Era una noche de invierno. Sin saber por qué, de pronto me encontré sola, parada en el escenario de un teatro vacío. No estaba el director de la obra, ni los productores, ni los actores, los utileros y mucho menos los espectadores.

Tengo que actuar…, tengo que actuar… pero no sé en qué ni cómo.

Pasaron horas; no encontraba una respuesta ni sabía tampoco si era un sueño o pura imaginación. Sólo sabía que debía actuar lo antes posible. Para mi sorpresa, mi vida comenzó a transcurrir en ese escenario. Aturdida, comencé a recorrer  lo que habían sido mis años hasta ahora. Entendí entonces…

No hace falta actuar, sólo contar…

Aparecía de a poco aquella novela  cargada de sueños, alegrías,  frustraciones, cargada de vida, de mi propia vida. Y fue en ese momento en el que me di cuenta de que el teatro no estaba vacío. Que las alegrías, tristezas, aciertos y desaciertos nunca se correrán. Cómo estar vacío el teatro si sólo con los sueños ya lo llenaba, cómo estar vacío si las risas fueron muchas y ni hablar de las lágrimas, las decepciones, los fracasos.

De pronto, había una protagonista. Una joven charlatana, bailarina, soñadora; se la veía amiguera y escritora, lista para llevarse el mundo por delante. Y me vi allí, y sentí que fue el mundo el que se la había llevado a ella.

La obra comenzó, los actores entraron a escena y el director estaba allí, frente a mí.

Dios, mi gran protector, el que dirige mi vida aunque a veces no lo escuche, el que guía mis pasos aunque a veces no lo vea.

Estaba allí, Él, sosteniendo a mi personaje, sosteniendo la obra que será el éxito de mi vida. El teatro ya no estaba vacío. El público iba entrando hasta llenar la sala. Gente querida, mis hijas amadas, mi amado incondicional, mis padres. Y mi hermano, el gran ausente de la noche.

Mariela Charadía, 2017

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