Tomando mate con la Madre Patria

Diego Martínez es entrerriano, nació en San José, pero hace un par de meses se casó con una muchacha española y se mudó al viejo continente. Desde allí, mientras toma mate, nos cuenta sus experiencias de ser sudaka en la tierra de Cervantes.

 

Los bollos y las chicharras

Por Diego Martínez

 

Acostado en la cama durante una calurosa tarde, abro los ojos y oigo el coro oficial de las siestas de verano: las chicharras. “Nada como estar en casa”, se me cruza por la cabeza esa gran verdad. Considero que el sanguche de queso y fiambre no había sido lo suficiente en el almuerzo, por lo tanto marcho hacia la panadería.

Salgo a la calle. A pesar del arrollador sol, noto que la humedad es escasa. Si la humedad es lo que mata, estoy a salvo. Llego a la esquina y un auto me sorprende. La sorpresa no es porque yo haya cruzado y el conductor haga conmigo lo que la humedad había dejado pasar. No. Me sorprende porque ¡frena para dejarme pasar! “Bien, hoy es mi día de suerte”; otro pensamiento más en mi cabeza.

Cuando, al fin, en las puertas de mi destino, entro y pido dos bollos y una medialuna, el panadero me responde con gesto de estar hablándole en otro idioma. Le repito: “Dos bollos y una medialuna”. Logro que hable pero me contesta con una pregunta: “¿Cómo?”. Entonces acompaño mi pedido indicándole con las manos los productos del mostrador: “Dos bollos y una medialuna”. Su respuesta fue la de haber entendido tarde un chiste: “Ahhh”. Y agregó: “dos boios y un cruasán”. El que responde ahora con cara de ver un mono con galera soy yo. La “í” en lugar de la “sh” en la palabra “bollo” y el galicismo “cruasán” se introdujeron en mis oídos como un zumbido molesto. Para salir del momento incómodo, le dije que sí. Se agachó para retirarlas de su lugar y colocarlas en una bandeja de cartón. Esa acción permitió que yo viera una bandera en miniatura colocada en un estante del fondo. El rojo y el amarillo me trajeron a la realidad: estoy en España.

Últimamente he leído una lista de palabras que conceptualizan esas raras sensaciones. La más común es “deja vu” —otro galicismo—. Pero para decir en una palabra, y que entre en un tweet con el hashtag adelante, la sensación de seguir viviendo en tu lugar de origen y no caer en que te has mudado, fracasé en la búsqueda. Google, no la tenés toda.

Ahora todo me cierra: el auto que se detiene en la senda peatonal para dejarme pasar —sí, es verdad, no es ningún mito—; un verano sin humedad —al menos sucede en el sur ibérico—; y la poca presencia de moscas y mosquitos —si hay algo que no extraño, son esos insectos—.

No es la primera vez, ni será la última, que me pasa algo similar. Ni al único: un amigo preguntó por Avenida Corrientes en plena ciudad de Valencia. Parte de la arquitectura valenciana te puede traer al recuerdo las esquinas del barrio porteño Recoleta. En mi caso, la culpa la tuvieron las chicharras en Murcia. No sé si Colón las llevó para allá con la peste o las trajo aquí junto con el oro. Lo que es cierto: las chicharras están presentes. Solo tuve una preocupación urgente: “¿Conseguiré yerba?”. Claro que sí, si argentinos hay en docenas. No soy ninguna cosa rara. Además recordé que mi pareja —la culpable de mi presencias en estas tierras— se ocupó de comprar para asegurarse de dos cosas: que yo no sufra abstinencia y que le dé besos “con sabor a Argentina”. Mientras mi lengua esté verde, difícil caer que estoy muy lejos de donde nací.

 

Diego en Murcia

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