Tráfico de animales: funciona en el país un mercado negro millonario

El comercio ilegal de animales implica la caza y el tráfico clandestino, impiadoso, destructivo: durante el transporte, muere más del 70% de los animales capturados. Las aves representan la mitad de todo ese comercio, incluyendo especies amenazadas de extinción. El domingo pasado 21 de mayo, en una redada hecha por fuerzas conjuntas, se incautaron 205 animales destinados a la venta clandestina en cinco puntos de venta, circundantes de la feria de Pompeya, en Ciudad de Buenos Aires.

Por Verónica Toller

Si llegan 3, murieron 7 más en el camino. El mercado negro de animales responde a una clientela ávida de juguetes vivos y coloridos, sin importar cómo son atrapados o qué pasará después. La depredación que conlleva el tráfico de fauna silvestre acelera la desaparición de algunas especies amenazadas de extinción, a la par que daña a otras al romper el necesario equilibrio de los ecosistemas y someter a miles de animales a condiciones incompatibles para su supervivencia. En el caso de los monos, por ejemplo, es común que los cazadores maten a toda la familia para quedarse sólo con alguna cría, dado que los adultos no soportarán el cambio de hábitat.  

A las tortugas las cazan a pala y cavando, método que se lleva puestas a varias de ellas. A los pájaros, pueden mandarlos completos, en jaulas o cajas, o mutilados, sin alas, para que no escapen. A los monos los meten en termos, y les quiebran los brazos para que entren.

El operativo verificado el domingo 21 de mayo fue resultado de una investigación realizada por personal del Cuerpo de Investigaciones Judiciales de los Fiscales de CABA (CIJ), con intervención de la Unidad Fiscal Especial en Materia Ambiental o UFEMA, a cargo del fiscal Blas Matías Michienzi. El secuestro fue hecho por la División de Delitos Ambientales de la Policía Federal Argentina (PFA).

“Te podés comprar un elefante”

Este operativo se suma a otro realizado el 8 de mayo, cuando dos  allanamientos en el mismo entorno de Pompeya reportaron 76 animales, entre los que había pájaros como el rey del bosque (especie amenazada de extinción), halcón plomizo, corbatitas comunes, jilgueros blancos, jilgueros amarillos, diucas o auroras, cardenales rojos, un celestino, cabecitas negras. También, lagartos. Todo, fauna autóctona cuya comercialización está prohibida. “Si llegó un ejemplar de ‘Rey del bosque’, es porque murieron unos 10 más en el camino”, ilustra Enrique Del Carril, Director del Cuerpo de Investigaciones Judiciales de los Fiscales de CABA (CIJ), una suerte de CSI porteños o policía científica. “Alrededor de la feria, te podés comprar un elefante”, exagera Del Carril, para indicar que el tráfico de animales (4to negocio clandestino más redituable a nivel mundial) tiene allí un mercado bien asentado.  

“La feria de Pompeya es legal, pero sus inmediaciones son aprovechadas como lugar referente por las organizaciones clandestinas dedicadas al tráfico de animales”, afirma Del Carril.

Las investigaciones incluyen a expertos encubiertos. Uno de ellos, cuyo nombre queda en reserva, nos dice: “Si hoy capturamos 205 animales, calculamos que habían despachado 650 más, que murieron en el camino”. Entre los ejemplares rescatados este domingo había teros, Rey del bosque, iguana overa autóctona, tortugas, cabecitas negras, cardenal rojo. El Rey del bosque se vende en el mercado ilegal en 900 pesos la pieza. “Si canta, sube a 2000. Todo va en el animal y en la cara del cliente”, dice el investigador. El cargamento secuestrado en esta redada tiene un valor de mercado de alrededor de 100 mil pesos.

   

Tráfico interprovincial 

“El 90% del tráfico que llega a Buenos Aires procede del norte del país, ya sea del este o del oeste. Y también, de Córdoba o de la misma Buenos Aires”, dice el fiscal Blas Matías Michienzi. Los ejemplares son transportados en cajas y jaulas en el doble fondo de camiones o automóviles.

Este tráfico interprovincial clandestino de fauna supera lo nacional e incluye ejemplares procedentes de países vecinos, especialmente de Brasil, Uruguay y Paraguay. También de Bolivia, de donde suelen “bajar” monos y guacamayos chloroptera (conocidos en la jerga clandestina como “los de San Lorenzo”), de colores rojos, blancos y verdes. También, los “boquenses” o ara ararauna (azules y amarillos, procedentes de la selva misionera limitante con Paraguay).

Los lagartos overos son propios de la zona mesopotámica y se venden a 700 pesos. Las tortugas de tierra provienen casi en su totalidad de Santiago del Estero, y son los animales más traficados en Argentina. Se encuentran en peligro de extinción. En el mercado negro, se comercializan a 500 o 600 pesos, aunque el domingo 21 de mayo estaban de oferta: 2 x 500. “No quieren quedarse con animales para alimentar. Además, llega el invierno y el tiempo de hibernación, y eso los complica”, dicen los investigadores.  

Coimas, penas leves, impunidad 

¿Existen rutas liberadas para este tráfico interprovincial clandestino? Los investigadores no afirman ni niegan. “Hay muchos controles de Gendarmería en el interior”, responden, aunque “así y todo, pasan, como la droga. Es probable que haya complicidad policial, actos de coimas cuando los cargamentos son detectados. Esto se suma a la poca conciencia social acerca de la gravedad del tema. No hay conciencia ambiental y conservacionista”.

Chajarí, en el norte entrerriano, es uno de los puntos donde se evidencia este tráfico clandestino. Es usual ver a choferes de camiones comprando grandes cantidades de alimento para aves…, mientras en sus guías de carga figura madera, citrus u otros productos primarios. El corredor vial 18 (ruta nacional 14) es uno de los más utilizados para el tráfico de aves, muchas de las cuales son ingresadas en doble fondo de camiones desde Brasil, o cruzadas desde Paraguay con rumbo a los puertos de salida en Uruguay y Argentina. Van camino a Montevideo, Buenos Aires o el puerto de Rosario, con destino a Europa, en busca de mejores precios. Se prefiere llevarlos en barcos más que en aviones, por las condiciones de presión. En Europa, pagan hasta 2 mil euros por un pájaro en extinción como el Rey del bosque. Otras fuentes apuntan a 15 mil dólares en el circuito porteño por un guacamayo, ave en peligro de extinción.

Las penas que establece la ley nacional 22.421 de Conservación de fauna silvestre tampoco ayudan: las condenas por los distintos tipos penales no superan los 4 años. Los art. 24 a 29 de esta ley establecen las penas y multas, focalizadas especialmente en caza furtiva y en los comercios que vendan sin permiso. En cuanto al “maltrato animal”, se castiga con 15 días a un año de prisión, excarcelables. Por ello, los fiscales procuran realizar investigaciones a largo plazo, y detectar a la organización más que a los vendedores finales. O calificar contrabando cuando se detectan aves procedentes de Brasil, una figura que agrava las penas.

“No quiero un futuro de hologramas”

El daño de este tráfico y venta clandestina de animales va mucho más allá de un daño al Estado por comercio irregular. “Las aves tienen su hábitat natural. Al ser transportadas y comercializadas fuera de este, se producen desadaptaciones que pueden llevarlas incluso a la muerte. Y daños al ecosistema”, explica el guardafauna Ricardo Rivollier, encargado de la reserva natural El Potrero, en Entre Ríos, lugar caracterizado por la protección de aves. “Las condiciones ambientales diferentes las afectan y pueden generar una descendencia no resistente a esas condiciones climáticas, o cambios en sus características, o que no haya ciclo reproductivo ese año”, agrega.

Existen varias categorías de riesgo para las especies: está el peligro “crítico” de extinción, el peligro simple de extinción, las especies “vulnerables” y las “casi amenazadas”. Entre los animales más traficados en Argentina, figuran la tortuga terrestre en primer lugar, el loro labrador, el tucán, el flamenco, los monos y pequeñas aves como el Rey del bosque.

“Como guardafauna, tengo muy claro que la naturaleza no es mía solamente sino de los que van a venir. No podemos apropiarnos de ella, sino convivir, usarla y cuidarla, y garantizar su preservación por derecho de los que vendrán”, sostiene. “No quiero en el futuro hologramas para explicar lo que tenemos hoy. Sería un vacío cultural y biológico profundo con daños naturales irreparables”.

 Para Rivollier, la cuestión se reduce a una sola: “Quiero dejar un mundo mejor”.

 

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