Transiberiano: un viaje de ida

El tren va desde Ekaterimburgo hasta Novosibirsk, la capital cultural de Siberia. Falta un solo día para que empiece el otoño boreal y los árboles ya son un crisol de marrones, naranjas y amarillos. Para ahorrar unos rublos viajo en tercera clase, pero también por una razón que no se puede pagar: en estos vagones del Ferrocarril Transiberiano se convive con los ciudadanos de Rusia, la gente que va de a pie.

 

 

 

Por Martín Davico

 

El agua caliente es gratuita y las infusiones y las sopas deshidratadas corren entre los pasajeros a la misma velocidad del tren. Algunos charlan otros conversan y, como ocurre normalmente, son muy pocos los que leen.

Comparto el viaje y la mesa con Pavel, un hombre de 76 años que me pregunta si en Argentina se habla en inglés o en castellano. Este circunstancial compañero me cuenta que apenas se ha bajado del tren en los últimos cuatro días. Su destino final es Vladivostok, la última parada del Transiberiano, la ciudad más oriental de Rusia sobre el Mar de Japón. Para amenizar el largo viaje enseño a Pavel algunas fotos de nuestros paisajes. Querer sorprender a un ruso de Siberia con una foto del Glaciar Perito Moreno me recordó a un amigo vasco cuando me quiso impresionar con un chuletón ibérico. Pavel se maravilla y alaba con vehemencia las Cataratas del Iguazú.

Técnicamente hablando el Ferrocarril Transiberiano no es un tren; se trata de una red ferroviaria por la que viajan distintos trenes de carga y de pasajeros, y que conecta -atravesando una distancia de más de 9200 km-, a Moscú con Vladivostok. Hay paradas emblemáticas: Moscú, donde comienza el trayecto, y su famosa Plaza Roja con la Catedral de San Basilio y el Mausoleo de Lenin, donde aún se exhibe al público, con la estricta prohibición de sacarle fotos, el cuerpo embalsamado del líder de la Revolución de 1917; Kazán, la capital de la República de Tartaristán, famosa por la convivencia ejemplar y pacífica entre musulmanes y cristianos; Ekaterimburgo con su “Iglesia Sobre La Sangre”que fue construida en el sitio donde fue ejecutado por los bolcheviques Nicolás II, el último zar de Rusia; o Irkutskciudad vecina al lago Baikal, el lago másprofundo del planeta con la mayor reserva de agua dulce no congelada del mundo, conocido como el “Ojo azul de Siberia” o “La perla de Asia”…

Nada de mística sobre los rieles del transiberiano. En los vagones de tercera clase se palpa nuestra humana condición con los cinco sentidos.

El paisaje que pasa por la ventana ya despierta la nostalgia como todo aquello que vamos dejando atrás.

Cada instante se vuelve único, imposible de apresar: los momentos con la gente, los bosques infinitos de Siberia, la variedad de los colores del inminente otoño, la generosidad de los locales para ayudarte en contratiempos, las paradas en los pueblos con los vendedores ambulantes, las risas por las conversaciones imposibles por la barrera del idioma, el desmoronamiento de los prejuicios y las conjeturas erradas, las cosas impagables que nos aporta un viaje…

Mientras el tren sigue su marcha miro el paisaje y converso con Pavel. Intento vivir el momento, tal como exigen en estos tiempos, aunque no esté muy seguro de si sé hacerlo. Una muestra de la dificultad para abordar los días, únicos e irrepetibles, con gracia y gratitud.

 

 

 

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