Triturando el bello idioma

Ese don maravilloso que es la comunicación y que se plasma en la gran diversidad de idiomas y dialectos, siempre ha dejado una puerta abierta para el cambio. Que puede ser lento o rápido, a veces en sentido positivo por interacción con otras lenguas y otras negativamente por malas costumbres que generan la creación arbitraria de cuestionables terminologías y torpezas.

 

Luis María Serroels
(Especial para INFONER)

El vocabulario y los estilos pueden modificarse y enriquecerse (y eso es muy bueno), aunque a veces con un escaso respeto por las raíces y una buena dosis de irrespetuosidad. La proliferación de guarangadas que se han instalado con toda naturalidad en los medios de comunicación y en todos sus segmentos horarios (la palabrota soez ha sido sobreseída de su tradicional vulgaridad y mal gusto) dan la dimensión del libertinaje que ignora al universo de oyentes sometidos a estas agresiones gratuitas. Desde ambos sexos surgió una suerte de puja basada en una discutible y repudiable vena humorística. Y eso nada tiene que ver con la dinámica y necesaria línea evolutiva del ser humano. Es simplemente un claro abuso y un atropello impunes, cuanto más si se ejercen a través de medios masivos. Pero no es menos preocupante la xenofilia idiomática que lleva a que los argentinos reemplacen graciosamente innumerables palabras de su idioma nacional por términos extranjeros, en detrimento de nuestra belleza lingüística. Especial agente de ello es la impiadosa TV en lucha contra los esfuerzos de los catedráticos y de los filólogos.

La económica abreviatura no siempre correcta y la simplificación (los celulares son agentes muy útiles) más el destrozo de la ortografía, van en desmedro de los vocablos que la riqueza del diccionario exhibe. La falta de dominio de la sinonimia es tan brutal que se apela demasiado a la frase “valga la redundancia”. El temor a incurrir en el uso desmedido del dequeísmo, lleva a eludirlo aún en los casos en que resulta correcto. La aceptación y homologación para cualquier hecho que insuma preparación, organización muy anticipada y fecha anunciada del término evento, que siempre se consideró suceso imprevisto, ahora se unifica con la acepción que alude a todo acontecimiento de importancia (calificación desde luego subjetiva pero alivio para no pocos).

Consecuentemente se autoriza darle condición de eventos a asuntos deliberadamente programados: la Feria del Libro, el Carnaval de Gualeguaychú, la muestra anual de la Sociedad Rural, las carreras automovilísticas sujetas a un calendario ya trazado, el combate pugilístico del siglo, las distintas efemérides, las elecciones presidenciales de cada cuatro años y hasta los mundiales de la FIFA cuyas sedes se deciden 8 años antes y se les dedica un lustro para organizarlos.

El antiguo concepto de hecho inesperado, fortuito, impensado o repentino (como la caída de un rayo, un avión o un aerolito) ya pasó a la historia. Entre los “obsequios” que la inventiva de muchos comunicadores le aportan a su idioma nacional, podríamos citar algunos ejemplos. Hoy decir “hubo un accidente en el Acceso Norte”, se reemplaza por “hubo un accidente en lo que es el Acceso Norte”. Asimismo “ahora daremos el pronóstico del tiempo”, por “ahora daremos lo que es el pronóstico del tiempo”. No se anuncia que “un prestigioso pianista actuará en el teatro Colón”, sino que “un prestigioso pianista actuará en lo que es el teatro Colón”.

Poco se dice “sentí una emoción intensa” sino “una emoción como muy intensa”. No se aplican, pero existen, las frases “con relación a”, “vinculado con”, sino invariablemente “que tiene que ver con”. Y con un agregado muy particular: “es como que tiene que ver con”. Latiguillos y muletillas surgen a granel y esto es más grave cuando muchas veces se trata de egresados de la carrera de comunicación social, que muy mal parados terminan dejando a sus profesores.

“El encuentro tuvo lugar justamente en el salón que justamente se destinó para tal evento, ya que puntualmente se decidió la convocatoria que justamente lanzó la entidad. Allí usó precisamente de la palabra quien justamente preside la comisión” (todo esto dicho sin pausas ni rubor). O en vez de decir “el Banco Central dio datos sobre el volumen actual de reservas”, se expresa que “de alguna manera el Banco Central dio datos sobre el volumen actual de reservas”. Y lo más imaginativo –ya en niveles ajenos a los comunicadores– tomando un diálogo pos partido de fútbol, es escuchar a un futbolista declarar: “La verdad que sí, el partido fue muy disputado… ¡y nada! Sabíamos que ellos atacarían de entrada… ¡y nada! Menos mal que encontramos el gol en el primer tiempo, y bueno, la verdad que sí… ¡y nada!

Vaya esto como frutillita: asiduamente entre relatores y comentaristas futboleros se confunde groseramente el participio pasado del verbo fastidiar con el adjetivo fastidioso. Al marcador que no puede contener a un hábil delantero se le denomina fastidioso y a quien lo enloquece gambeta tras gambeta lo llaman fastidiado. Está el que provoca fastidio y el que se fastidia, pero muchos no lo saben e invierten los conceptos. Y como coronamiento de todo lo expresado, que desnuda el bajo nivel de preparación de ciertos profesionales con certificado analítico, nos aferramos a un caso específico real.

El movilero de un canal es enviado a cubrir un torneo de fútbol infantil. No bien finalizado un encuentro de la categoría seis años, se acerca micrófono en mano al borde de la cancha. Allí escoge a un pequeño y se decide a abordarlo. El niño exhibe una contagiosa expresión de dicha. Su cabello revuelto, su frente bordada con gotitas de sudor, su sonrisa liberada al extremo de que las comisuras de sus labios se estiraban increíblemente, su tórax nadando en una camiseta de mayor talle cuyo ruedo le tocaba las rodillas y sus medias cayendo hasta los tobillos. Un auténtico aspecto de cebollita de potrero que seguramente sueña con llegar a crack pero que mientras tanto juega, juega y juega… Y se divierte de lo lindo.

Frente a esta personita y ante semejante desborde de felicidad, el periodista especializado le pregunta agudamente: ¿Estás contento? Y luego de que el chiquilín le trasmitiera sus sensaciones conmovedoras porque además convirtió dos de los tres goles de su equipo, el reportero le consulta: ¿A vos te gusta el fútbol? (SIC).
A tono con los cambios consignados al principio, podríamos rematar nuestra nota así: Y bueno, lo que es el idioma tiene que ver con, de alguna manera, algo como muy intenso, a veces fastidioso y fastidiado y… ¡y nada! ¿Okey? ¡Wonderful!

 

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