Última noche de Reyes

Volvimos a acomodar las almohadas en la punta de la cama. Hace rato que damos vueltas, hablando bajo, en la humedad de la noche eterna.

La más eterna de todas las noches del año solo se corta con el ruido metálico de las aspas del ventilador de pie. En algún momento suena la campanada única de la torre de la catedral. No sabemos si es la una o es un cuarto de cualquier otra hora. Alguien quiere ir al baño. Yo también quiero, pero me aguanto. Ninguno se atreve a cruzar el pasillo oscuro pero cotidiano en esta noche que es distinta a las demás. 

Van cayendo de a uno, rendidos por el calor, o por el día de playa, o por el miedo, o la esperanza. Los que persistimos seguimos aplastando mosquitos sobre piernas ajenas y propias, repasando el plan. No nos miramos entre nosotros. La claridad del cuarto lo permite, pero no lo hacemos. Quedamos despiertos los mayores y la sospecha es un tábano molesto que nos distrae, nos saca del eje de nuestro bendito plan.

Conversamos mirando un punto fijo en el techo, porque mirar a los ojos al otro puede confirmar lo que sostenemos entre hilos y acabar con todo.
Y otra vez, la campana de la torre .

Ahora no sé cuántas veces ha sonado, pueden ser las tres. O más.

Me doy cuenta de que he quedado sola, yo, el ventilador, la respiración monótona de los otros, cuando siento el ruido sigiloso de paquetes, cajas y bolsas de papel. Es el momento. Con la vista fija en el marco de la ventana imagino lo que sucede del otro lado de la casa. Siento que se abre el balcón y los pasos esquivando los muebles, un murmullo, más cajas de cartón que estarán apilando apurados al lado del árbol.. No estoy soñando, me digo. Puedo escuchar los lamidos cansados de un camello que toma el agua del balde que preparamos hace mucho, cuando era de tarde. 

Tengo que levantarme y cruzar hasta allá. Sola. Soy la única que sobrevivió a la espera. Y Pararme detrás de la puerta y espiar . Espiar y nada más: habíamos acordado no dejarnos ver por los reyes, aunque los mayores decidimos que ellos iban a saber que estábamos ahí, porque los magos saben todo. 

Bajo un pie y toco con la punta de los dedos las baldosas frías. Es el momento, repito. Este año cumplo ocho. Soy grande y puedo decidir un montón de cosas, hasta puedo, si quisiera, hablar con los reyes. Salir del escondite y decirles lo que está escrito en la carta que les escribí hace unos días. 

Pero entre esas decisiones de gente grande, elijo subir el pie otra vez y me enredo entre las sábanas y el pelo de mi hermana que duerme profundo , hecha un bollo, en la cabecera de la cama. 

Me quedo quieta, atenta a lo que sigue pasando en el comedor. Empiezan a pesarme los párpados como me pesa la duda, y ya no escucho nada más. 

Pudo más la cobardía de no ver lo que había que ver. 

Pudo más el coraje de seguir creyendo.

 

Por María de la Paz Cerrillo

 

 

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