Un Congreso, una semana, dos fotografías

En el término de una semana (del 13 al 19 de junio), el Congreso nacional protagonizó dos situaciones diametralmente distintas. La fotografía de la semana pasada fue la de una Cámara de Diputados de bancas llenas, discursos largos, horas de sesión, movilización en las calles y explosión de las redes sociales. La fotografía de este martes fue la de una Cámara baja vaciada, con ausencias tales que impidieron sesionar, con el silencio nefasto de un oficialismo incapaz de ir a dar cuentas acerca de este camino económico y de endeudamiento que está haciendo crujir a los hogares argentinos y está rifando nuestro futuro.

 

Por María Agustina Díaz (*)

Especial para INFONER

 

Sin lugar a dudas, es el Congreso de la Nación, donde están expresadas las principales fuerzas políticas que componen nuestra sociedad, el ámbito natural de desenvolvimiento de los debates acerca de las cuestiones públicas que nos involucran, nos posibilitan, o nos cercenan. Por ello es necesario exigir que cualquier pacto con el FMI sea discutido allí y no a espaldas de la ciudadanía, máxime cuando el Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSES está en el ojo de la tormenta, es decir, la plata de millones de jubilados y jubiladas.

¿Cómo puede ser que allí no se debata la deuda contraída por un país que ha demostrado estar en crisis?, ¿Cómo es posible hacerlo cuando hace menos de 20 años atrás ese esquema impuesto por los organismos multilaterales de crédito nos escupió en la cara dejando un terrible saldo de pobres, indigentes y desempleados?, ¿Cómo es posible que se ignore esa experiencia inmediata del 2001 tan trágica para el pueblo?, ¿Cómo puede ser que las provincias callen ante este esquema que las va a condenar?

Es verdad es que faltaron los miles y miles de personas que hace una semana atrás estaban bregando por lo que consideran justo. El campo popular y la dirigencia no ha podido lograr lo que los movimientos feministas sí han hecho, generar alianzas tácticas y estratégicas, realizar acuerdos, ceder y tensar, ocupar los espacios mediáticos, conquistas las redes sociales y poner la discusión en la agenda pública. Sin lugar a dudas, si las calles hubieran estado llenas, los diputados oficialistas (y otros que se llaman opositores pero no se comportan de esa forma) se habrían visto en la obligación de dar la cara y ocupar el cargo que, por el apoyo electoral que recibieron de sus conciudadanos y conciudadanas, detentan. En cambio, este martes 19 de junio escondieron el “cogote bajo la tierra” como el avestruz y no salieron a decir ni una sola palabra acerca de lo que pasaba, de qué condiciones se nos serán impuestas, de cuántas generaciones argentinas deberán pagar esta deuda, de qué sucederá con las provincias ya asfixiadas.

Tampoco bajaron al recinto aquellos diputados y diputadas de Cambiemos que, tan sólo hace unos días, con discursos emotivos hablaron de sororidad y empatía con las mujeres pobres y de lucha por la justicia social. No podemos olvidarnos, este modelo económico neoliberal está alimentando la tendencia que atraviesa el continente: el rostro de la pobreza en América Latina es joven y mujer o, en otros términos, la tendencia a la “feminización de la pobreza”.

Allí están campeando contra el tiempo las madres de los barrios, asentamientos y villas, compartiendo con sus vecinas un kilo de arroz y unas papas para hacer el guiso para las panzas vacías de sus hijos. Allí están las jubiladas sin medicamentos ni servicios. Allí están las mujeres jefas de hogar tratando de pagar las facturas de un servicio. Allí están las docentes cuyos salarios se diluyen en sus manos. Allí están las jóvenes sin becas, sin procrear ni progresar, sin laburo o con miedo a que las echen. Allí está la emprendedora, perdiendo clientes porque nadie tiene ya para comprarle lo que ofrece. Allí están las mujeres argentinas, tratando de pechearle al neoliberalismo.

Christine Lagarde, directora gerente actual del FMI, también es mujer y eso no la convierte por decantación ni en sorora, ni feminista, ni con una concepción de la justicia social. Al contrario, es el rostro de la condena de millones de seres humanos en todo el mundo.

No se puede conquistar nuestros derechos si a las más pobres de nosotras les están atando una soga al cuello. No podremos ser soberanas en el marco de un país expoliado, arrodillado y endeudado. No hay compromiso por la justicia si se adhiere a un proyecto económico de hambre y exclusión.

La ampliación de los derechos de las mujeres fue, es y será (tal como quedó demostrado la semana pasada) posible gracias a la organización de las mujeres, por el feminismo en las calles y por un momento preciso de conciencia social; jamás podemos regalarle esto a quienes prefieren posicionarse con un tema para mostrarse sensibles a la injusticia que promueven y defienden.

Bregar por la ampliación de derechos, la justicia, la libertad, el respeto a la dignidad humana nos debe comprometer a abrazar nuevas causas, nuevas luchas. Hacer revoluciones que nos den ganas de hacer otras revoluciones. Ese es el desafío que debemos asumir, no darnos por vencidas ni vencidos ante el dolor y la miseria organizada (de la que nos hablaba Rodolfo Walsh).

 

(*) Licenciada en Ciencia Política egresada de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Docente Universitaria. Miembro de la Fundación para la Integración Federal y de la organización de Patria Justa Gualeguaychú

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