Un Diego omnisciente y erudito todo terreno

Una gran preocupación que deben enfrentar algunos famosos desde que abandonan la práctica permanente de la actividad que los encumbró, es que ese ostracismo merme su popularidad, agotada ya la desmesurada exposición mediática que siempre tuvieron. Un caso típico es Diego Maradona.

 

Por Luis María Serroels
Especial para INFONER

 

Atisbar que esa reducción progresiva de la notoriedad se pueda encaminar hacia un síndrome de abstinencia de lo que fuera recorrer el planeta, enfrentar cámaras, recibir las mayores alabanzas, ser parte del círculo de nuevos ricos que navegan en la ostentación sistemática y además tener librado el acceso a sitios inimaginables a partir de su magia con una pelota, debe ser insoportable. Es que él necesita de los elogios como el agua y el aire, pero debe aclararse que todo se vino dando con el consenso y aporte –como si hubiese una orden no escrita- de medios de comunicación y periodistas que se postran a sus pies para adularlo y hacerle preguntas muchas veces regalonas y alejadas de toda incomodidad.

No hay día alguno en que este personaje no sea noticia aunque ella se genere a partir de situaciones escandalosas que, en el fondo, se observan como un eficaz antídoto contra la indiferencia. Esto pasa en un país donde se condenan al olvido hechos y prohombres que honraron nuestra nación lejos de una pelota. El Dieguito da consejos por doquier, mientras cierta prensa le concede espacio a una intimidad que a él le satisface revelar. No hay día en que no se exalten sus frivolidades y arrogancia, rociadas con demagogia.

Lo dicho proviene de la realidad reflejada en los distintos medios. Maradona llegó a decir que el gol ilegítimamente convertido a los ingleses en el mundial de Méjico ‘86 lo hizo “con la mano de Dios”, para terminar aceptando el fraude, aunque ello no mermó la sumisión del periodismo y la concesión de un pasaporte al desbarajuste idiomático y un salvoconducto (libertad para hacer algo sin temer un castigo) que le asegure sortear cualquier situación. Cuando finalmente reconoció el desleal manotazo, fue como concederle a la trampa validez reglamentaria.

Cuando en el mundial de EE.UU. ‘94 dejó a su equipo desmantelado por ingerir sustancias prohibidas en plena competencia, reaccionó aviesamente diciendo “me cortaron las piernas”, cuando se trató de un acto personal volitivo e irracional que terminó tronchando los anhelos de millones de compatriotas.

Tanto machacar y machacar directamente o por interpósitas personas para que se lo designe DT del seleccionado nacional para Sudáfrica 2010 –no obstante poseer pésimos antecedentes sobre este rubro en distintos clubes- y habiendo logrado ese privilegiado rol, consiguió una milagrosa clasificación que lo llevó a pronunciar ante las cámaras un vocabulario inculto, soez e indecente hacia quienes lo habían cuestionado, sin importarle cuántos, quiénes y de qué edades lo observaban y escuchaban en todo el mundo. Su performance en el torneo ecuménico fue lastimosa: no pasó de la primea fase tras sufrir una goleada ante Alemania. Pero ello no lo arredró y buscó seguir como DT, chocando contra la negativa del mandamás Julio Humberto Grondona, quién debió soportar la furia del Dieguito.

Al otrora excepcional jugador se lo hace sentir un omnisapiente capaz de opinar sobre cualquier materia más allá de su deporte y con licencia para criticar, ofender y descalificar a todo aquél que le genere celos o envidia. Y ello es lo que lesiona su ego.

Hoy se erige como hombre de consulta de altos dirigentes del fútbol mundial y hasta se da el lujo de censurar las conducciones del seleccionado vernáculo, olvidando su tristísima performance en ese rubro. Cuando Bolivia rechazó jugar en el llano, Maradona estuvo de acuerdo diciendo que “los que rechazan jugar en la altura es porque no tienen capacidad”. El día que le tocó ir con nuestra selección, sufrió una vergonzante goleada.

Rifó su vida privada simplemente porque no le interesa resguardarla del escándalo si ello contribuye a mantenerlo en la vidriera. Lo ve como un buen salvavidas para sortear el doloroso anonimato, tal como se estila en el mundo de la farándula. Los medios gráficos y televisivos dan cuenta de episodios baladíes que lo tienen como centro, como si se tratase de hechos de enorme trascendencia. Se invirtieron millones de dólares para fabricarlo como conductor de televisión, trayéndole figuras mundiales para un ciclo que terminó en previsible fracaso.

Los celos (torpemente disimulados) de Diego parecen multiplicarse al ritmo de los admirables éxitos de Lionel Messi y su fama mundial, que el exquisito jugador del Barcelona adereza con mucha humildad, con una vida privada que busca proteger y con declaraciones escuetas y prudentes.

Admítase que la figuración exponencial del crack del club catalán, de ningún modo debería empalidecer la sensacional e irrefutable historia estrictamente deportiva de Maradona, que él más que nadie debería custodiar y no ensuciarla con erróneas exteriorizaciones multi temáticas, excesos mediáticos y procacidad. Solamente las adulaciones sin límites parecen calmarlo.

Diego sigue siendo un ser humano, de allí que el rótulo de semidios que algunos le cuelgan (con perdón de la mitología griega) no le calza. Ellos fueron 14 y no habrá ninguno más. Lo mejor sería por estos días cultivar la modestia, el recato y la prudencia. Valores que muchos ídolos de carne y hueso suelen soslayar, atraídos por el imán del rastacuerismo y el auto ensalzamiento almibarado. Algo de lo cual renegaron toda su vida figuras como el gran René Favaloro y tantos otros brillantes ciudadanos argentinos (entre ellos cinco premios Nobel) benefactores de la humanidad.

Cuando los medios sobreabundan recordando el cumpleaños de Maradona e ignoran fastos gloriosos, es que “algo huele mal en Argentina”.

 

 

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