UN INCENDIO POR OTROS MEDIOS

¿Basta con ser comedido, diligente y algo entendido en política para ocupar un cargo público? ¿Y especialmente para integrar una lista de legisladores? Podría discutirse. Pero por encima de todo, si no se reúne un alto nivel de moralidad y honradez, antes que el sufragante lo amoneste en el cuarto oscuro, debería ser vetado por la propia corporación partidaria. Y para ello es menester generar una legislación basada en premios y castigos. Porque guarecerse en una lista sábana sin poder exhibirse como modelo de honestidad intelectual, amén de portar uñas cortas es una grave ofensa a la democracia y a la ciudadanía en su conjunto. Es este un fenómeno que integra la galería de las malas costumbres argentinas. Más grave aún es si quienes delinquen a troche y moche apoltronados en un despacho, metiendo mano donde no se debe para asegurarse un buen futuro, aún estando hoy alojados en un penal, son habilitados para ser candidatos al cargo que deseen. En vez de sancionar al corrupto se lo premia para que vuelva a sus andanzas. Al zorro le vuelven a liberar la entrada al gallinero.

Luis María Serroels
Especial para INFONER

El 28 de octubre de 1983 el justicialismo reunió junto al Obelisco porteño a una verdadera multitud de adeptos para proclamar la fórmula presidencial Italo Luder-Deolindo Bittel. Faltaban un par de días para los comicios generales que le abrirían las puertas a la recuperada democracia cercenada por la más sanguinaria dictadura cívico-militar de que se tenga memoria. Al culminar el acto, el sindicalista Herminio Iglesias, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, después de culminar un insultante discurso dirigido a Raúl Alfonsín, no tuvo peor idea que prenderle fuego a un pequeño ataúd con los colores de su partido y el nombre de quien luego se convertiría primer mandatario. No son pocos los que sostienen que esta barbarie contribuyó a dar vuelta las encuestas que daban ganador al partido de Juan Perón. Además, la intervención de un sindicalismo muy rechazado por las bases fue una pesada carga. El 10 de diciembre de 1983 el líder radical se colocaba la banda y recibía el bastón presidencial. El despropósito de Iglesias resultó electoralmente letal para el justicialismo.

Los últimos años en nuestro país se han dado situaciones escandalosas sobre enriquecimiento desmedido de cierta corporación política arribada al poder con gran apetito y total desmesura y glotonería por el patrón dinero, que terminó saqueando al Estado.

Ello ha contado con la colaboración, por repudiable lentitud, de ciertos estamentos judiciales débiles ante las chicanas de los defensores, que especulan con que los .vaivenes de las instituciones entronicen cómplices empeñados en cambiar leyes que les permitan sortear el merecido encierro.

La sociedad argentina mayoritariamente rechaza la pereza judicial y repudia la impudicia de ciertos magistrados fácilmente permeables a retribuciones que estimulen y alimenten su afán de riqueza. Conocido es que un alto magistrado que cometió una grave falta sobreseyendo en tiempo récord y sin investigar a un matrimonio presidencial y mandando al archivo la causa, una vez obtenida su jubilación admitió su reprobable actitud atribuyéndola puerilmente a amenazas de muerte (que debió denunciar y no lo hizo). Ello ameritaba una excusación inmediata permitiendo que los mecanismos judiciales obren en consecuencia, dando lugar a otro juez.

Cuando hablamos de los atributos que se deben ostentar a la hora de ser examinado por la ciudadanía, estamos demandando una mayor elevación integral de los candidatos.

Pero cabe preguntarse: ¿es tolerable que un escaño se convierta en tabla de salvación para los delincuentes? ¿Es lícito que la banca sea el refugio de los corruptos mediante el auxilio de los fueros?

En las democracias impolutas la mera sospecha bastaría para excluír a quien no reúna las condiciones de la debida decencia, sin necesidad de que haya o no sido condenado por los jueces, porque la más minima sospecha tiene suficiente entidad para evitar el ludrivio público. El derecho de admisión no debería tener excepción alguna. En una sociedad que se precie de cultivar los mejores valores de la convivencia ciudadana, los eventuales candidatos a integrar listas electorales deben mostrar una total vocación por el bien y rechazo por el mal. En Argentina los cuerpos legislativos suelen adoptar la condición de virtuales aguantaderos.

Quienes –si prosperase una ley en ciernes- sabrán que no podrán salvarse detrás de la condición de legislador y la moral ocuparía un sitio predominante. No honra tanto la banca a quien posa sus sentaderas sobre ella, sino que mayor debe ser el respeto por ella del legislador jerarquizándola.

Días pasados se reactualizó el tema vinculado con la prohibición de ocupar listas electorales a quienes estén condenados por corrupción (en noviembre de 2017 se frustró en la cámara baja un intento en este sentido, porque legisladores que tenían cola de paja boicotearon dicha iniciativa). Eran tiempos en que un ex presidente de la nación condenado por gravísimos delitos, prorrogaba su mandato como senador porque su sentencia no se hallaba firme y aún hoy se aguarda semejante decisión. En ese entonces el período ordinario de sesiones llegaba a su fin y con ello todos los dictámenes volvían a cero.

Una obra propia de un acendrado corporativismo. No es ocioso recordar que el 15 de mayo de 2018 se había insistido con una iniciativa similar que jamás llegó al recinto. Ahora nos encontramos con que habrá un nuevo intento por debatir una cuestión tan sensible, tendiente a que el venidero 6 de agosto durante el plenario de las comisiones de Asuntos Constitucionales (faltando pocos días para las PASO presidenciales y legislativas nacionales) se reabra la discusión. Se vincula con la ley “Ficha Limpia” que rige en Brasil, que fuera aprobada en mayo de 2010 y que el año pasado le impidió al ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva postularse para la presidencia por su condición de condenado por corrupción.

Hoy en Argentina, el diputado suspendido y preso (con otras causas pendientes) Julio De Vido, se postula para una nueva banca. Hablamos de quienes robaron en la función pública, el Estado, cancelaron el costo de obras con sobreprecio nunca terminadas y ni el mejor maquillaje les da un rostro de honestos. Todo esto no es otra cosa que una sonora bofetada en el rostro de la ciudadanía sana de la república.

No valen argumentos vinculados con el nivel intelectual ni el grado de formación política. Se trata, ni más ni menos, que de una cuestión de moral, tan escasa en cierta clase política.

En estos días de avalancha propagandística que no ofrece nada nuevo y abunda en promesas, es bueno recordar la frase del senador romano Cantón el Viejo (siglo II): “Res non verba” (“Hechos no palabras”). Imposible no advertír que ciertas frases proselitistas prometen revisar el Pacto del Mercosur y ordenar el país. El presidente brasileño no demoró en revelar su molestia, frente a una alianza muy sensible fruto de la decisión de ambos países junto a Uruguay y Paraguay y que precisamente hoy fortalece su vigencia tras el acuerdo con la Unión Europea. El fantasma del maridaje con la dictadura venezolana ronda y preocupa. Prometer hacer ahora lo que no se hizo en 12 años de desbarajuste, es una inocentada y difamar a altos funcionarios que heredaron tan pobre gestión, una estrategia trillada. A las obras públicas no se las promete como cantilena aburrida sino que se las exhibe cuando están finalizadas. Ahí radica la palmara diferencia. Y cuando las promesas y críticas surgen de la boca de quienes han quedado sellados en documentos imborrables, el olfato ciudadano se sensibiliza más.

Los spots de alguien que deja aviesamente de lado su pasado de ofensas y deslealtades contra una presidenta que lo rescató de la neblina política para que exhiba una nueva estética facial, provocan asombro.

Las ironías suelen ser muy crueles. Las duras y agraviantes acusaciones que Alberto Fernández le dedicó a Cristina Fernández cuando se alejó del FPV, hoy se convierten en un bumeran porque obran como material para enriquecer los spots anti kirchneristas.

Napoleón Hill escribió que “La deslealtad lo marca a uno como siendo menos que el polvo de la tierra y trae además el desprecio que se merece. La falta de lealtad es una de las mayores causas del fracaso de cada camino de la vida”. Y las marcas que deja jamás se borran del todo.

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