Un prócer en las sombras

Porque nunca será ocioso y porque en estos días se torna tan trascendente seguir su ejemplo, recordemos y veneremos al “padre del sanitarismo argentino”, Ramón Carrillo, un grande en todo sentido, de cuya muerte, este 20 de diciembre, se cumple un nuevo aniversario. Cicerón decía que “tal vez la gratitud no sea la virtud más importante, pero sí es la madre de todas las demás”.

 

Luis María Serroels
Especial para INFONER

 

Se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires, se especializó en Europa, integró diversas instituciones científicas nacionales y extranjeras, ganó importantes premios por sus avances y emprendió una vasta y fecunda tarea enfrentando enfermedades endémicas en las zonas más pobres del territorio argentino, logrando la erradicación del paludismo y encarando una efectiva campaña de vacunación antivariólica (viruela).

Impulsó la creación de innumerables hospitales, centros de salud y puestos sanitarios de frontera, habiendo duplicado la capacidad hospitalaria del país. Además escribió valiosos tratados sobre política sanitaria y teoría del hospital.

En 1951 comenzó a sufrir una enfermedad lenta pero progresiva que limitó sus actividades y minó sus fuerzas. En 1954 con su esposa y sus cuatro hijos viajó a los Estados Unidos en busca de una recuperación que resultó muy leve hasta que lo sorprende la caída del régimen peronista, exiliándose en Brasil donde para poder sobrevivir se emplea como médico en una explotación minera de Belén do Pará.

Al año siguiente sufre una hemorragia cerebro-vascular ante la cual se mueven numerosos médicos argentinos y brasileños. Acababa de aceptar una cátedra en la Universidad de Porto Alegre, pero ya era tarde.

Ramón Carillo, que había nacido en Santiago del Estero el 7 de marzo de 1906, falleció el 20 de diciembre de 1956. Tenía 50 años, se hallaba pobre y olvidado, sólo acompañado por su mujer, sus hijos y su hermano Santiago. Sobrevivía gracias a la generosidad de personas caritativas. Un ataque de presión le afectó sus movimientos y mermó su labor profesional y docente.

 

 

Jamás se enteró (y lo hubiese negado), que fue ungido como el más grande sanitarista argentino. Hoy día, cuando no faltan algunas áreas oficiales de salud que en complicidad con las mafias de los medicamentos recaudan plata para campañas electorales y grupos de traumatólogos de la provincia de Buenos Aires aprietan a las vendedoras de ortopedia de alta complejidad para que la derivación sea debidamente compensada (en buen romance una coima) el ejemplo de Carrillo demanda ser incorporado al catecismo moral irrenunciable por sus colegas.

 

Por fortuna siguen existiendo en nuestra Argentina miles de médicos que asumen su sagrado compromiso con alta responsabilidad, espíritu generoso y una ética a toda prueba. Grandes compatriotas que abrazaron la ciencia médica como una forma de vida, brillan en diversos equipos internacionales que logran prodigiosos descubrimientos para la salud mundial, sin olvidar a quienes resultaron ganadores de sendos premios Nobel para nuestro orgullo: Bernardo Houssay (Medicina en 1947) Luis Federico Leloir (Química, por trascendentes aportes a la ciencia médica en 1970 y César Milstein (medicina 1984) dan cuenta de esa excelencia investigadora, sin olvidar a nuestros comprovincianos, los hermanos Raota, que en los Estados Unidos hicieron valiosos aportes para arribar al corazón artificial .

 

Desde luego que hay más estudiosos que enaltecen la medicina nacional con proyección internacional, en la incansable tarea de entregarse a la investigación. Mientras escribimos esta nota, en algún lugar del planeta, científicos argentinos de ambos sexos se entregan por entero a la lucha por mejorar la calidad de vida y prolongarla en las mejores condiciones.

Pero todo esto de ninguna manera puede hacer olvidarnos de Carrillo. Más bien nos remite inexorablemente a él y su colosal obra en materia de política médico-sanitaria con proyección internacional, donde sobresalieron las campañas de vacunación en una cruzada de prevención que abarcó a toda la nación y traspasó sus fronteras.

Fuera del país –fruto de la encarnizada persecución anti peronista tras la destitución de Juan Perón- y en suelo brasileño, ejerció una medicina al alcance de todos y pudo acceder al dictado de algunas horas de cátedra transfiriendo su enorme caudal de conocimientos.

 

 

Su Programa para Alienados que elaboró con mucho empeño y entrega, permitió elevar del 6 al 40 % el universo de enfermos neurosiquiátricos con aptitud de trabajar. Y expuso su enorme sensibilidad al rechazar la percepción de honorarios.

Una frase lo definió contundentemente: “Sólo sirven las conquistas científicas sobre la salud, si son accesibles al pueblo” (años después nuestro gran benefactor René Favaloro, sentenciaría que “Los progresos de la medicina y de la bioingeniería sólo podrán considerarse verdaderos logros para la humanidad, cuando todas las personas tengan acceso a sus beneficios y dejen de ser privilegios para las minorías”.

En 2014 la Asociación del Fútbol Argentino le puso el nombre de Dr. Ramón Carrillo al Torneo de Primera División. La enorme mayoría de quienes concurrían a los estadios, nunca supieron de quien se trataba.

Ello corroboró que Ramón Carrillo fue uno más de los tantos habitantes del silencio. Una galería donde van a parar aquellos grandes prohombres a los que la desidia y la ingratitud los ignora injustamente, Quizás si hubiese pateado una pelota su fama y su patrimonio hubiesen alcanzado otra dimensión. Pero optó por hacer el bien, que es un modo de alcanzar la gloria.

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