Una conversación pendiente con Jesús

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todos los servicios? Dile que venga conmigo.» Pero el Señor le respondió: «Marta, Marta, te preocupas y te pones mal por muchas cosas (servicios), y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola (un solo servicio) es necesaria. María eligió la parte, que no le será quitada» (Lc 10, 38-42).

 

Por Marta Ledri – Prof. en Letras

Aquel día en que se anunció tu llegada a Betania, fui yo la que corrió hacia la fuente con dos cántaros. Uno, para calmar tu sed de peregrino; otro, para lavar tus pies mientras te quitabas las sandalias. María se limitó a mirarme y se quedó sentada bajo la higuera siguiendo el curso de dos palomas azules. Bostezaba más por tedio que por fatiga ya que naturalmente vivía en estado de reposo. Era la menor y había elegido vivir así.

Sacudí la alfombra de la entrada y me dispuse a hornear el pan. Quería honrarte Señor. Llegabas a nuestra casa y te había preparado la alcoba. No dormirías sobre las piedras del camino. Había un hogar que te esperaba. Serías nuestro huésped. Tendí la cama con sábanas de lino suave y esparcí lavanda por los rincones para ahuyentar los insectos. Hacía todo al mismo tiempo, dejaba sin terminar una cosa para continuar con la otra. El trajinar debía ganarle al tiempo que te llevaría entrar a nuestra casa desde la puerta principal de Betania. Los que te seguían buscando el milagro y demoraban tu andar eran mis aliados.

Tuve tiempo de arrancar aceitunas, y moler nueces. María seguía sentada bajo la higuera.Con su manto se había tapado la cara para que las moscas no la molestaran. El calor no daba tregua. El agua hundida en un hoyo de tierra húmeda bajo los nogales se conservaría fresca.

Finalmente llegaste. Las puertas estaban abiertas de par en par y una multitud te seguía. Tu rostro terroso mostraba el cansancio de la larga peregrinación bajo el implacable sol. En tu largo caminar bajabas de Galilea defraudado y entrabas a Judea donde naciste y donde serías crucificado- eso yo aún no lo sabía. Las esteras y alfombras de la sala en penumbra fueron un alivio a tu cuerpo sudoroso y magro.

_¡María! grité- levántate el Señor ya está acá.

María se tomó su tiempo para estirar su cuerpo de doncella, luego buscó sus sandalias y por la puerta trasera entró a la casa. Llegó justo para hincarse ante el hijo del hombre que nos impuso las manos. Abrazó fraternalmente a Lázaro.
Mi corazón rebosaba amor. El amigo de la casa, el Mesías prometido por siglos, el amado maestro pernoctaría bajo nuestro humilde techo. Como toda mujer judía yo me desvivía por atenderlo. Antes del alba había puesto a desangrar la carne. Con las pocas monedas que había ahorrado haciendo hilados compré el aceite para ungirle los pies. Lo dejé a la vista. Pensaba hacerlo después de haber servido la mesa.

La alegría de mis hermanos y amigos conmovieron los planes y repuesto Jesús comenzó a predicar. Desde el fogón donde el fuego abrasaba yo escuchaba y guardaba sus palabras en mi corazón. Asomaba la cabeza cuando la voz se hacía más tenue. Fue en una de esas oportunidades que vi a María bostezando y derramando aceite en los pies del maestro. ¡Mi aceite, el que yo pensaba ofrendar! María apenas frotaba las plantas del peregrino. Untaba sus brazos y aspiraba con goce el aroma de sus manos. Un estallido de rabia ascendió de mi pecho y fue el reclamo: _¡Señor, dile a María que me ayude! Estaba extenuada, quería agradarte Señor, que tú vieras mis sacrificios, mi dura jornada. Grande fue el dolor al oír tu respuesta. “María eligió la mejor parte”.

 

Debes saber, porque eres Dios y un Dios todo lo sabe que la herida de tu respuesta nunca cicatrizó. Yo no pude elegir, acepté la voluntad del Señor y llevé adelante la casa. ¡Qué no hubiera dado por estar postrada a tus pies! Sentí que me defraudabas. Que valía lo mismo el mérito que la negligencia; la responsabilidad que la desfachatez…

Desde ese día me entregué a cuidar enfermos, a recorrer caminos llevando enmiendas, a barrer el piso contaminado de las casas impuras, a acarrear agua para las abluciones de los inválidos, a curar las costras de los leprosos, a entrar en burdeles y sacar a las pobres mujeres, a tratar como hermanos a los samaritanos, Te desobedecí Señor. Sí, lo confirmo. Te desobedecí como oveja rebelde aunque seguía de lejos tu cayado de pastor. El aceite era mío, el agua que bebiste la había traído yo quebrando mi espalda, las manos quemadas en el horno eran las mías y tu comiste el pan…

Desde ese día tengo esta conversación pendiente. Y por si no lo sabes, cuando todos se fueron a dormir, María se acomodó en su lecho y se durmió oliendo la fragancia de sus suaves manos; yo quedé en la cocina con dieciséis platos ( tres de los hermanos, el tuyo y los de los doce) lloraba mientras lavaba con mis manos resecas por el agua salobre. Después me tiré en la cama y medité lo poco que había llegado hasta el fogón de tus palabras. Ahora ya lo sabes. Por eso no estuve el día que las mujeres fueron al sepulcro, había estado toda la noche preparando la mirra y los ungüentos para tu cuerpo. Fui yo la que salí a buscarte para anunciarte la muerte de Lázaro, María se quedó en la casa. ¿Qué tienes contra mis afanes que solo tratan de servir? O acaso no dijiste que habías venido no para ser servido sino para servir. Elegí servir amado Maestro. Porque en cada hermano que rescato para el reino de los cielos estás Tú. María sigue teniendo las manos suaves, lo sé porque a la noche las unimos y rezamos la oración que nos enseñaste. Ahora ya lo sabes.

Marta de Betania

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