UNA LECCIÓN DESAPROVECHADA

Las derrotas siempre acarrean tristeza. Pero cuando se procira asimilarlas con menguada dignidad, pasan a ser desdorosas y de hecho duelen mucho más. Lo sucedido en la madrugada del jueves 17 de julio de 2008 en el Senado Nacional, en lo inmediato tuvo dos consecuencias entrelazadas: propinarle un sonoro chirlo en el rostro a un mal modo de hacer política y reivindicar la vigencia y el imperio del sistema republicano. Dicho más claro, recuperar potestades que son indelegables y dejarle un renovado lustre a las bancas. La ya célebre frase “mi voto no es positivo” en labios del titular del Senado, Julio Cobos, fue un certero flechazo en pleno corazón del kirchnerismo y su aventura anti campo.

 

Luis María Serroels
(Especial para INFONER)

 

Habían transcurrido cuatro meses y una semana de la desafortunada Resolución 125, firmada por el entonces ministro de Economía, Martín Lousteau, que despertó la ira de los productores agropecuarios y produjo una marea que recorrió todo el país. Por impericia, ignorancia o quien sabe qué razón, el gobierno se enfrentó con el ruralismo, le cerró las puertas a un diálogo inteligente y puso a sectores productivos de fundamental gravitación para el progreso y desarrollo nacional en serias dificultades.

La citada Resolución –que por tratarse de una cuestión impositiva sólo podía ser tratada por el Parlamento- preveía la movilidad automática de los derechos de exportación en función del precio de los granos, comprendiendo la soja (una suerte de vedette de las leguminosas), el trigo y el maíz. La soja sigue hoy cautivando a los productores al punto de generar desmontes ilegales con impiadosas topadoras para incrementar el área sembrada.

Las grandes incógnitas a partir de este traspié oficialista, giraban en torno de qué lectura haría el establishment frente a un resultado adverso, qué actitudes correctivas adoptaría o, por el contrario, qué “plan vendetta” instrumentaría frente a la bofetada recibida de una mezcla de enojados productores y opositores que deseaban desalojar un clima de enfrentamientos amenazantes para la convivencia social. Todo ello contribuía a potenciar la temperatura política que se advertía claramente en la vigilia de un amanecer atípico, en que millones de argentinos ansiosos hacían vigilia frente a sus televisores y enfervorizados grupos oficialistas gastaban a cuenta de una victoria K que daban por descontada.

Si el Estado se ha mal acostumbrado históricamente a compartir ganancias pero no pérdidas, se fomenta la reflexión de que “si el campo se muere la ciudad no come”.

Cuando el diferendo de 2008, había buques con sus bodegas repletas de carne y granos argentinos prestos a zarpar, pero la orden de un funcionario delirante y falaz, en una represalia incomprensible paralizó su partida, dejándole a competidores regionales la mesa servida para sus propias exportaciones, resignando mercados tradicionales muy difíciles de recuperar. Se bloqueaban despachos de productos ya comercializados desaprovechando oportunidades inmejorables, mientras se insistía en mantener retenciones confiscatorias para hacer caja (el pecado fue no convocar a la dirigencia chacarera antes de obrar negativamente sin evaluar las consecuencias).

Más tarde el gobierno K generaría por sus equivocas políticas, la pérdida de 5.000 de los 15.500 tambos existentes y esto perjudicaría inexorablemente a la industria láctea nacional prestigiada en todo el mundo y la pérdida de miles de puestos de trabajo. En Entre Ríos –según informes de las entidades- se cerraron 400 tambos y pequeños emprendimientos que elaboraban productos con valor agregado quedaron al borde de la extinción (hoy, en 2018, la situación de los productores de leche es tremendamente crítica, debiendo trabajarse a pérdida).

En 2008 la disciplina partidaria mal entendida, los alineamientos ciegos cual virtuales órdenes de guarnición, un espíritu de grupo mal concebido y una suerte de obediencia debida que tornaron la división de poderes en una mera fantasía, sumaron para hacer una mala receta que terminó en una riesgosa aventura con un previsible fracaso.
Cuando se debatía el proyecto de ley venido de la cámara baja, se arribó a la madrugada del 17 de julio de 2008 en que la votación registraba un empate. Como lo prevé la Ley Suprema, quien estaba habilitado para desempatar era el vicepresidente de la Nación y presidente nato del Senado, Julio Cobos, de manifiesto enfrentamiento con Cristina Fernández.

En medio del silencio y cuando millones de argentinos de párpados rebeldes aguardaban ante al televisor, Cobos dirigió pocas palabras abriendo paso a su decisión. Mi voto no es positivo”, dijo. Y el país se sobresaltó mientras trasnochados grupos pro y anti gobierno aguardaban para el estallido final que tuvo como únicos protagonistas a los campesinos. El oficialista Miguel Pichetto miraba a las cámaras con rostro demacrado que denotaba una mezcla de estupor y desazón (hoy reconoce que a Cristina Fernández le faltó muñeca política para negociar). Quienes decidieron -por orden de ella- no cambiarle ni una como al proyecto, se quedaron sin el pan y sin la torta.
A pocos metros, el ruralista entrerriano hoy convertido en senador nacional, Alfredo De Angeli, (Cambiemos) protagonista de la protesta desde su inicio, festejaba alborozado. En otro piquete, Luis D’Elía, soldado de Cristina y anti agricultores, no entendía nada.

El kirchnerismo pagó caro su desconocimiento de la realidad y de que el poder nunca es omnímodo, que las reglas están para cumplirse y que los oídos están para escuchar y aceptar la opinión disidente.

Hoy Cobos, a 10 años de aquella madrugada histórica, reflexiona que “fue un conflicto innecesario; ya había dejado de ser sectorial, la paz social se estaba alterando, había cortes y desabastecimiento en los supermercados”.

Por aquellos días de turbulencias, el Centro Cívico paranaense se hallaba convulsionado y los vecinos saludaban el paso de la larga la caravana de camiones y maquinarias agrícolas desde la Casa Gris hacia el Túnel Hernandarias. Este columnista estaba acompañado por su primer nieto de 3 años de vida a pedido suyo. Mientras hacía sonar un improvisado tambor, les gritaba con entusiasmo a los conductores: “¡el campo no se va!”. Y no se fue…

 

Foto: Infoner

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