Una visita escolar en Tailandia

Acabo de desembarcar en el puerto de Koh Lanta, una de las islas más grandes de Tailandia, y una mujer con un hiyab, el típico velo que usan las musulmanas, me persigue sin cesar  ofreciéndome su taxi.

Por Martín Davico

Mientras pago la tasa turística para el dudoso cuidado medioambiental de la isla, negociamos el precio del viaje hasta el hostal donde tengo una reserva. Aunque me hace una rebaja, una incómoda, clásica y transitoria sensación me dice que el resultado de la transacción no fue del todo buena.

Mientras conduce el coche, me cuenta que en Koh Lanta la población budista es minoría frente al 80% de la islámica. Me explica también que están en pleno Ramadán, el mes en el que durante las horas de sol los mahometanos hacen ayuno para purificar sus pecados, y de lo duro que se les hace no comer ni beber hasta la hora del crepúsculo. Cuando llegamos a destino me anota su teléfono en un papel “por si necesitas otro viaje”. Con atuendos y todo, la conductora del taxi, más que correr, vuela.

 Son las seis de la mañana y la ininteligible llamada para ir a rezar a la mezquita suena por viejos altavoces ubicados en las esquinas. Apenas me despierto, los rayos de luz natural que entran a mi habitación de bambú me ponen en contacto con la naturaleza. Un extraño sonido de pájaro suena dentro de mi cuarto, es el grito de un gecko, una suerte de lagartija blanca, que por las noches invaden los espacios donde hay luz para alimentarse de los insectos.

Sin abandonar la intuición, mi gran aliada, valoro los antagónicos comentarios de los viajeros (unos recomiendan cosas que otros desaconsejan) y me inclino por alquilar una moto para recorrer la isla. El corto y expeditivo regateo con el arrendador me da esta vez la sensación de empate y me llevo el vehículo por diez horas. Los solitarios surtidores de combustible en las carreteras funcionan como tragamonedas, cuando no son improvisados puestos callejeros que exhiben botellas de licor rellenadas con gasolina.

Conducir por la izquierda no me resulta más extraño que ver grupos de macacos colgados de los cables o haciendo vida social en las banquinas.

Por azar o porque ya estaba escrito, nadie puede saberlo, sigo un pequeño camino que termina en una pequeña escuela rural. Una mujer me ve y se acerca para ofrecerme ayuda. Como no podemos entendernos, llama a la profesora de inglés para intermediar en el diálogo. La amistosa conversación me lleva a contarles que soy dentista y a ofrecerles dar una charla a los alumnos sobre conceptos básicos de salud buco dental. “¿Ahora?” me preguntan inesperadamente. Por el miedo a lo desconocido mi instinto de huida se activa, pero me sobrepongo con un “Sí, ahora”.

 Frente a los alumnos me presento diciéndoles que soy argentino y que mi profesión es la odontología. La profesora traduce algunas partes al Thai, el idioma oficial del país. Comienzo coloquialmente y les hablo de anatomía dentaria, de las funciones de los dientes, de las enfermedades dentales más comunes y sus causas, de cómo de prevenirlas, de la influencia de la alimentación, del impacto social de una boca saludable e incluso, como infalible arma de persuasión, de la influencia en el éxito para el amor que tienen las dentaduras que lucen sanas.

 Termino la clase en 30 minutos y los chicos se ponen de pie para darme las gracias. Nos hacemos fotos. Las profesoras me lo agradecen. Arranco la moto y me voy. Esto es la aventura de viajar, vivir experiencias que surgen en momentos inesperados. Y más aún cuando te dejan la sensación del deber cumplido.

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