Vacui dies

Días vacíos, exento de horarios, despojados de obligaciones que agobian. Un descanso que el hombre necesita por derecho. Un acto de libertad a la hora de elegir el Beatusille (“feliz aquel”) tópico del poeta Horacio que en su Épodo II alaba la dicha del que se muda lejos de lo mundano para reencontrarse con el ocio creativo.

Por Marta Ledri – Prof. en Letras

El hombre pos moderno impulsado por el consumismo, las apariencias, “el querer ser”, el dictamen de la moda se hacina en ciudades balnearias de prestigio y se cansa. Trasmuta el abatimiento cotidiano por otro tipo de agotamiento. Hay que recorrer en siete, diez, quince días todas las playas recomendadas, hay que probar los helados más caros,probar las crepas, hacer grandes colas en las tiendas o outlet donde con suerte se encontrará la prenda a menor precio que lo hará sentirse satisfecho a su regreso. Pero lejos ha quedado la vacuidad de los días, donde el ocio productivo despertaba con solo mirar el mar, o el resplandor de la luna en el silencio de la noche.

Playas abarrotadas de sombrillas y reposeras. Refrigeradores donde la cerveza y el fiambre satisfacen un hedonismo triste, niños con celulares importados aislados de sus familias en las que ningún integrante habla. Pandillas de adolescentes con la misma trenza de caracoles hecha en la feria artesanal, jóvenes tatuados de largos pelos oxigenados, paradores con su música estridente y su mensaje de que las vacaciones son un tiempo para aturdirse, para gastar, para finalmente caer en el tedio y en el sin sentido.
Sin embargo hay personas que sobreviven gracias a esta manera de vivir de las clases más altas. Bronceados al máximo por trabajar de sol a sol, colocan sombrillas de los hoteles más renombrados, cavan el hoyo, amontonan la arena, la apisonan, abren las reposeras y les desean a los turistas un buen descanso que ellos no tendrán. Ahí va el pregón y la campanilla del que vende “barquillos” un reguero de sonido por la arena que se pierde. Nadie compra, él sigue como si fuera una esquila en medio de un escenario pastoril.

Aparecen los vendedores de vestidos, palo al hombro me recuerdan las imágenes infantiles de los aguateros coloniales o de los pescadores que logré ver cuando niña. Inertes, al rayo del sol caen lánguidos vestidos, pareos, camisolas de playa que solo distraen a señoras entradas en edad. Pocas compran algo que solo vestirán en esos días. Estoicos, estos vendedores esperan que esas señoras se prueben y decidan con sus amigas cuál es el más apropiado. Las perchas caen, la arena siente el leve peso de la tela…

María lleva una canasta primorosa, circundada por impecables volados que bien puede confundirse con un moisés. En su interior, empanadas calientes. Otro pregón de fiesta patria que inunda a ciboulette el ámbito que la rodea y despierta el hambre del mediodía.

Cerca de las escaleras y arrinconada contra el muro de la costanera está la cuidadora de los baños químicos. Las miserias humanas están en cualquier lugar. Esta señora no parece descontenta con su suerte. Guantes en sus manos y la certeza de un trabajo temporario que hará menos difícil su vida durante tres meses.

Pintorescas figuras, renovadas pero que al mismo han estado siempre. El poder las necesita. Hay no obstante una adolescente al rayo del sol. Lleva un jean de marca desconocida y una remera “negra”, está calzada, sudorosa. Alerta a unos niños que juegan no puede sentarse en la reposera vacía. El sol cenital calcina su figura de niña. A su lado, los patrones protegidos por la benéfica sombrilla parecen ignorar su sed cuando abren sus refrescos. ¿Porqué esta niñera adolescente no puede vestir un traje de baño y jugar con los niños?, ¿porqué no puede beber?, ¿porqué no puede sentarse? No tiene más de 15 años y es la que hace que mi vacuidad se llene de pena y de interrogantes sobre algunas conductas tan inhumanas que me avergüenzan. Regreso con el recuerdo de su resignación y la impotencia de no haber hecho algo por ella.

Siento su calor y su sed y miro por sus ojos tantas desigualdades ante un mar que es de todos.

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