VISIÓN SOBRE IDOLATRÍA Y PROCERIDAD

Cuando mencionamos a Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, lo hacemos para honrar la figura y la memoria de uno de los más preclaros hombres que tuvo nuestra América en sus duras luchas emancipadoras, como verdadero arquetipo de lucidez intelectual, estatura moral, valentía, humildad y patriotismo. En ocasión del anterior Mundial FIFA disputado en Brasil y en especial cuando se aproximaba una nueva final para nuestro equipo, hubo un estallido de amor colectivo que se desparramó a lo largo y lo ancho de nuestra geografía como muestra de estimulo y apoyo. Frentes, balcones y vehículos de todo tipo se vistieron de celeste y blanco.

 

Luis María Serroels
(Especial para INFONER)

 

Queda así claro que esto nada tuvo que ver con el creador de nuestra enseña de quien cada 20 de Junio -insólitamente- se festeja el óbito y no el nacimiento. Por desgracia cualquier recordación digna queda nublada cada 4 años por el mayor fenómeno del balompié internacional. No es novedad que en nuestro país respetar como es debido las fechas patrias ha pasado a ser un anacronismo (salvo honrosísimas excepciones).

Ese déficit de amor y compromiso hacia los paradigmas del pasado es lo que ha conducido a la Argentina a un status de casi republiqueta.

El próximo 20 de Junio volverá a quedar aprisionado por la disputa de un campeonato mundial donde la reina y protagonista indiscutible es una pelota (“la caprichosa” al decir de Enrique Wolf) que todos los jugadores quieren capturar para luego desprenderse de ella apresuradamente en un alarde mezcla de viveza, habilidad e inteligencia. Y cuyo manejo y destino termina contraponiendo gloria y fracaso con sólo mandarla al fondo del arco. De un lado bullicio y festejo; del otro el desplome anímico.

¿Podría no suponerse que miles de banderas, banderines, gorros, birretes, bufandas, pitos, matracas, bombos, camisetas y cintas con los colores celeste y blanco, nuevamente no estarán destinados a homenajear al gran creador, sino a motivar a una delegación numerosa de connacionales que estarán buscando en la lejana Rusia de los zares y de los más colosales ballets alcanzar la cúspide de una contienda que, en una de esas, los convierta en héroes?

Esto sea dicho ante la invasión por todos los medios posibles, de spots destinados a fogonear el espíritu nacionalista acicateado por el gran Messi. Y allí se muestran todas las formas de hacerlo al extremo de que quien no exhiba algo del inagotable merchandising podría ser catalogado de anti argentino.

Este columnista es muy futbolero y no se evadirá del clima que se viene, pero ello no nos debe alejar del sentido común ni llevarnos a descalificar a los deportistas ocasionales. Su derecho a la libre elección de su futuro es absoluto, no así la fiebre demencial de periodistas con rótulo de omniscientes y los mensajes publicitarios a veces de baja estofa.

El increíble volumen de ingresos por publicidad, participación en la contienda y el premio por un eventual logro mayor, raya en la obscenidad. Ergo: seguramente nadie tendrá nunca que entregar sus relojes como pago de asistencia médica hundidos en la indigencia total, como debió hacerlo Manuel en su agonía. No fue después de haber pateado balones por doquier sino tras haberle dado todo a su amada Patria. No trotó sobre verdes céspedes prolijamente cortados, no se duchó ni se masajeó en modernos jacuzzis, no durmió en blandos colchones sobre cómodos sommiers, no cambió cada día de ropa ni de botas destrozadas, no supo de calefacción ni de abrigos y su medio de traslado fue su fiel caballo (desde luego que no de alta gama).

En todo se equiparaba por voluntad propia con sus corajudos soldados. Era el último en alimentarse pero el primero en ponerse al frente de los ejércitos que debió conducir con instrucción militar exprés, porque él se había preparado para el derecho y la economía, porque él era un revolucionario todo terreno.

Sus padecimientos en sus campañas fueron incalculables, inmerso en la más cruda pobreza, con vestuario raído, sin tabaco, ni sal ni yerba, en medio de la miseria, el hambre, el frío y la soledad, debiendo despojarse todos de sus ponchos para proteger sus armas del agua. Belgrano entró a la función pública no con fines de riqueza sino con admitido destino de carencias. Donó todo el dinero que la Asamblea del Año XIII le obsequió en reconocimiento a sus servicios prestados a la Patria, para que se construyan escuelas. Los políticos en estos días se sirven del Estado para engordar sus patrimonios. Hacen escuela de la corrupción.

Las auténticas expresiones patrióticas han venido decayendo desde hace mucho tiempo en la medida que el culto por la politiquería se sobredimensiona, la exagerada autoestima de los que gobiernan se eleva irracionalmente y el olvido de las glorias pretéritas manda al archivo nada menos que la maravillosa historia que se puede relatar para imitación de las sucesivas generaciones.

Manuel Belgrano desechó figuración, bienes y elogios para internarse en el gran mausoleo de los prohombres de la argentinidad, donde reposa la memoria que protege a todos los grandes constructores de nuestra nacionalidad, dándolo todo sin pedir nada. No tuvo ninguno de ellos mausoleos faraónicos con millonaria inversión. ¿Cuántos saben qué fue de los restos del prócer? Inicialmente se depositaron bajo el atrio del templo de Santo Domingo, en el barrio de Monserrat. Finalmente se le destinaría el merecido monumento, construído con aportes desinteresados de la propia comunidad agradecida.

No debería sorprender a nadie que el cotillón mundialista se asiente en los colores que eligió Belgrano para el sagrado trapo, pero sí que los “soldados” de Jorge Sampaoli motiven mucho más la estampida de entusiasmo e idolatría, circunscripta sólo al resultado de una disputa deportiva. Que una camiseta de fútbol sirva como reavivadora del sentimiento de un pueblo no es ningún despropósito. Sí lo es que ese sentimiento se muestre tan debilitado cuando se trata de honrar a nuestros grandes arquetipos y en cambio se vuelva tan exacerbado ante una justa futbolera. A Rusia enviaremos deportistas, no semidioses.

Cada 20 de junio son menos las banderas en frentes y balcones, escasas las escarapelas en los pechos y una tenue participación popular, como síntoma de una sociedad adormecida ante los fastos nacionales y propensa a erigir ídolos de celofán en desmedro de próceres perennes.

Belgrano fue prócer con todas las letras, llegando a afirmar que “Mucho me falta para ser el verdadero padre de la patria. Me contentaría con ser un buen hijo de ella” (Manuel Belgrano, genio y figura).

 

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