Vivir en anarquía

Cosas que pienso mientras tomo café y lavo un repasador: lo verdaderamente transgresor es vivir privadamente como se te canta en un mundo que demanda exhibirse, estetiza y etiqueta todo, y dicta hasta cómo ser transgresor.

 

Por Agustina Melchiori

Especial para INFONER

 

Algún día moriré. La certeza de este destino es una de las primeras que reconozco en mi esquema de pensamiento racional. Cierro los ojos y evoco a la niña que fui, agachada detrás de un sillón, empapada de lágrimas sin sollozos para que nadie la encuentre. Debo tener dos o tres años. La sensación es de enorme desamparo. ¿Yo también voy a morir? Me angustia pensar que el mundo seguirá allí, y todas las cosas que ya no veré.

Pasan los años. Me multiplico. Por fuera ensayo una máscara de pura eficiencia. Trato de vivir del modo en que se espera que funcione una persona impecable. La autoexigencia es un esquema de vida en el que me muevo con la ligereza de una bailarina, al costo de no dormir bien por las noches. Un pequeño precio a pagar por el reconocimiento y la aceptación, a cambio de una tranquilidad que nadie pueda percibir los movimientos del mundo interior. Allí soy acomplejada, mal pensada, iracunda, lasciva, glotona y mal hablada. Soy miles. Por eso la noche, con su cadencia de mar brava, me traga y me escupe entre sueño y vigilia.

Hace un par de días encontré algunos apuntes de esos años a la deriva. Escribía compulsivamente para desahogar todo lo que no era capaz de mostrar a los demás, y después escondía los papeles o los quemaba en la salamandra al invierno siguiente. Muy pocos sobrevivieron y todos seguirán el mismo destino de fuego este invierno, porque el tiempo no pasa en vano y muchas cosas han cambiado desde que la niña que no quería morir abrazó ese miedo, empezó a vivir cada día como si fuera el último y a encarnar en acciones aquello que se agazapaba en textos malditos.

Veinte años después de esos escritos, del recuerdo de las disociaciones a las que me sometí para intentar darle un sentido al existir, me di cuenta de que he vivido a tropezones bajo premisas que son hijas de dos preguntas. ¿Cuál es la vida que quiero vivir? ¿Qué es ser libre? La primera pregunta encierra una curiosidad primordial, la inquietud básica del ser humano que ha cobrado conciencia de sí. También, creo, está preñada de una de las cuestiones más urticantes para el Ser: ¿me recordará alguien cuando muera o el mundo seguirá inconmovible a pesar de mi falta?

La hiperconectividad y el hiperestímulo en que vivimos nos empuja continuamente a olvidar nuestra propia insignificancia. Necesitamos darle consistencia a nuestro Ser a través de la valoración ajena, y esta valoración debe ser positiva, constante e inmediata. La primera pregunta se subsana (que no responde) con una fantasía casi delirante: cuanto más testimonio deje de mi paso por el mundo, más tardaré en desaparecer entre los pliegues infinitos del Tiempo.

En lo personal, siento un profundo cansancio mental de sólo imaginar mi cotidianeidad, ideas y consumos expuestos a consideración día a día, filtrados por la percepción ajena. Ya es inevitable el contacto con los demás, inevitable la expresión de las ideas. En las conversaciones casuales y las profundas, en el trato diario en vivo o a través de las redes sociales, hay una necesaria exposición que deja una huella más o menos evanescente en un Otro que mira, sopesa, considera o juzga nuestro Ser.

Entonces, ¿qué aporta a la construcción de la identidad esa necesidad quemante de recibir una evaluación explícita, mediante un corazón, un pulgar en alto o un comentario de compromiso? ¿Contribuye a responder esa primera pregunta o más bien nos distrae de la tarea de encontrar una razón? Pienso que en el fondo tenemos más miedo de enfrentar la única respuesta posible, que es a grandes rasgos la siguiente: todos moriremos, y eventualmente seremos olvidados porque somos apenas un átomo de hidrógeno en un océano sin fin.
Y quién no quiere ser importante para alguien, para muchos, ¡para todos los Otros posibles!, si ser importante es una forma contrahecha y provisoria de la Eternidad.

En el panorama que planteó para mí semejante respuesta quedaba la segunda cuestión a despejar. ¿Qué es ser libre? Si desde el momento en que nacemos vamos a la muerte, y si esta vida y esta muerte no serán más que polvo de estrellas en un Universo que nos iguala a través de lo finito, ¿de qué libertad hablamos?

Podría pensarse que hay tantas respuestas a la pregunta como Seres humanos, y sin embargo la libertad en un mundo tan reglamentado, tan estructurado y con tendencia a igualar las conductas en grupos de pertenencia (una necesidad atávica del propio hombre, la de asociarse para sobrevivir) deviene mercancía, producto. Y como tal, está destinado a circular entre los grupos de pertenencia según parámetros y rasgos bien definidos, que permitan reconocerla a simple vista, que la vuelvan asequible, tranquilizadora.

Lo cierto es que nada hay más inquietante que la libertad, nada más difícil que procurarla y sostenerla. ¿Será que, en el fondo, no deseamos ser libres? ¿No querremos desesperadamente que nos digan qué hacer y cómo? ¿Estaremos perdiendo la natural curiosidad de buscar el propio camino por miedo a quién sabe qué espectros: la desaprobación ajena, el escarnio, la segregación, el olvido? (¡El fracaso! Como si ser libres implicase una sucesión de éxitos e infalibilidades y no estuviera sujeto a continuas pruebas y errores).

No encuentro mayor compromiso con mi propia vida que asumir el riesgo de vivir al margen, si es necesario hasta caer en la más completa irrelevancia, acelerando la fatalidad del olvido. Desde que encontré esta respuesta probable, provisoria (en cierto sentido una no-respuesta), intento comenzar cada día con un prejuicio a derrotar. La idea de que nada es eterno ya no causa angustia, me libera. Espero que ese camino me haga más y más libre aún. Por eso abrazo la anarquía. Porque no sólo reconoce la capacidad del ser humano de generar una ética que contemple al prójimo aunque no necesariamente lo incluya. También implica que uno es capaz de darse a sí mismo autonomía de pensamiento y acción, pese a sus limitaciones y sus fallos, y que puede buscar la propia excelencia sin depender exclusivamente del aval ajeno. Porque señala que sólo se obtiene la libertad que uno es capaz de darse, y las primeras cadenas a las que podemos renunciar son aquellas que nos imponemos para encajar en el esquema de Otros. En un mundo en el que la existencia se define a través de la mirada ajena, el desafío es existir ahí donde no mira nadie.

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