Yo soy la que está ahí parada, mirando cómo bordaba la señora

Se llama Prudencia Timotea, pero siempre le dijeron Estela. Ella sabía bordar y muy bien, pero ese día que se tomaron fotografías en las distintas áreas del entonces esplendoroso Frigorífico Gualeguaychú, ella tuvo que posar y poner cara de aprendiz. 

Por Sabina Melchiori

 

La señora que se sentó al lado de la ventana dispuesta a responder todo lo que le preguntásemos sobre los años que trabajó en el Frigorífico, se parece poco a la jovencita de la foto que forma parte de una serie enorme y maravillosa de retratos de los mejores tiempos de la fábrica. Tiene 91 años y vive en Pueblo Nuevo, el barrio donde aún se encuentra la mayoría de los ex trabajadores del Frigorífico Gualeguaychú.

A pesar de haber estudiado costura y bordado, Prudencia Timotea, o Estela, decidió probarse en el Frigorífico porque el barrio donde vivía era pobre y los encargos de costura eran pocos y los de bordados, prácticamente nulos. Por aquel entonces, ella tenía que trabajar para mantener a su madre y a un hermano que tenía epilepsia. Un día, una amiga le mostró el salario que ganaba cada mes en aquella fábrica enorme, que era el orgullo del pueblo, y se tentó.

Entró con 17 años al área de menudencias, donde, entre otras tareas, tenía que limpiar los páncreas de los animales que caían a través de unos tubos que conectaban ese sector con el piso superior. “Había que limpiarlo bien limpito porque todo eso iba al extranjero”, recuerda. Allí también trabajaba quien años más tardes se convertiría en su marido: “Cuando entramos, cada una elegía a uno y yo lo elegí a él, eramos muy románticas”.

Ya siendo novios, respetaban la prohibición de conversar. “Hablar como un trabajador se podía, pero sino no, cuando él quería decirme algo me mandaba esquelitas con una compañera, porque ya a dos cuadras antes de llegar al frigorífico no podías ir con tu novio, eso era ley”.

Años más tarde, a Prudencia la cambiaron de sección, fue a Acción Social Femenina. “Cuando me pasaron ahí yo tenía que limpiar los espejos, eran enormes, por eso yo les decía a mis amigas que cuando fueran a mi casa y encontraran los espejos sucios, me criticaran, las autorizaba”. Ese era un sector lujoso donde se velaba por el cuidado de la obrera y de su familia, allí tenían asistencia médica deportiva y educativa: “Había maestras, se enseñaba cocina, los hijos de los trabajadores tenían apoyo escolar y se les daba la merienda o el desayuno, según a qué hora fueran a la escuela”, recuerda. También cuenta que había “una hermosa cocina con todas las comodidades, cubiertos, pocillos y manteles”, donde merendaban las trabajadoras en el horario de descanso.

 

 

Nota aclaratoria: el testimonio de Prudencia forma parte de un informe realizado por Canal 9 Litoral.

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