Del gouffre al azur

Todo epígrafe no es más que uno de los tantos lindes que demarcan la zona circundante de un texto, del propio texto. Esta cintura es anticipatoria. No se abraza, se cruza para ingresar a un universo lingüístico que habilita la suspensión en el tiempo y la participación, ya como testigos, ya como protagonistas, a partir de la identificación, en una historia que no es la nuestra o tal vez sí. La ficción se vuelve realidad. En algunos casos la realidad se ficcionaliza para poder referirla con mayor libertad. El epígrafe elegido puede leerse en la página 94 de la novela de Sabina Melchiori: Je suis Mimí.

Si se intenta clasificar es una biografía disimulada en autobiografía ya que la periodista y narradora elige contar desde la primera persona y encarnarse en la protagonista de la historia. En- carnar: meterse dentro de otro cuerpo y aún más allá, dentro del alma en este caso de una mujer que vivió gran parte del S. XX y alcanzó a transitar, ya despojada vilmente de sus hondos afectos, algunos años del tercer milenio.

El gran acierto de la autora es haber podido nadar en los profundos mares de un sufrimiento que nunca experimentó. Solamente un alma hipersensible es capaz de reconstruir no solo hechos sino “sentires”, vivencias, emociones, desgarraduras, a través de documentación, observación de espacios y objetos, entrevistas, fotografías, cartas. Las cosas hablan, dicen de cada persona. Tienen los poros abiertos para que dejemos en ellas un testimonio de nuestro paso por el mundo. Se impregnan de nuestra esencia…

Sabina Melchiori recorre un territorio ajeno y lejano generacionalmente desde donde ella mira el mundo y educa a sus hijas y como si fuera una distopía nos traslada a una época infame de la historia argentina. El viaje en el cual actuará como guía, dista de ser una eutopia , pero no es una utopía porque esa Patria en-sangrentada, en-frentada, en-lutada, existió. Fue tiempo y espacio y vidas en fuga, en permanente huida, de ocultamiento, de asaltos, de secuestros, de desapariciones.

Así como Enrique hizo un alto en su vida, miró su presente y entendió que no era la medicina sino el sacerdocio desde donde podría avanzar hacia el futuro donde lo esperaban los desvalidos, los lectores de Je suis Mimí también nos vemos obligados o sentimos , mejor, la necesidad en cada página, de mirar hacia atrás para no olvidar y prometernos que como sociedad NUNCA MÁS permitiremos vivir en el silencio del terror y en la inconstitucionalidad. Mirar hacia adelante es no perder las esperanzas de que la Patria se construye desde el diálogo y desde el consenso y por qué no desde el disenso, pero siempre desde la Palabra que tiene el poder de crear, de ordenar, de sacar del caos, un cosmos hermoso, habitable, libre, abierto a las diferencias, humano.

Como toda bio-auto- bio-grafía es el tiempo el gran conductor de la historia. Sobre él, como si fuera un aceitado riel, los sucesos se van desarrollando sin tropiezos pero sin atropellarse ni encabalgarse. Cada eslabón del acontecer es causa del posterior y al mismo tiempo efecto del anterior. Mimí se pregunta ya en medio de la desolación cuál fue el eslabón que desvió la historia de sus hijos hacia destinos tan desdichados. Aunque internamente sabe que sus hijos eran personas libres para tomar decisiones (habían sido educados en la conversación abierta sobre política en la sobremesa) no puede dejar de sentir una absurda culpa. La historia del país en aquella época era una cadena oxidada de autoritarismo, torcida, engarzada en talleres donde no había orfebres ni artífices, solo rudas manos que sabían de la fuerza. Quebraron cada uno de los sueños y se perdieron todas las piedras preciosas.

“A Enrique lo chuparon”
“A Pemo lo blanquearon”
“A Patricia la acribillaron”

Si atendemos a la semántica y a la jerga imperante de los setenta podemos entender qué características tenía el pensamiento dominante. Un pensamiento frío, calculador, cruel. El uso metafórico de algunos verbos encubridores de la realidad jamás podrían ser parte de un poema. Sabina Melchiori cede a la tentación de ralentizar la narración y abre brechas para descripciones indiciales y sugeridoras. El vestido de 15 de Patricia y su blancura estará asociada a la sábana mortuoria con la que envolvieron su cuerpo en la morgue para entregársela a Mimí.

Las costuras descosidas de la camisa de Martín, el hermano menor que visitaba a Pemo en cautiverio, serán buzones de tela clandestina donde escuetas esquelas saldrían de la cárcel para informar a madres desesperadas por desconocer el paradero de sus hijos. Madres que se convertirían después en las madres con una tela en la cabeza y un camino circular. Ubi sunt ¿Dónde están?
Mimí es documento de una época pero las dichas y desdichas de una mujer íntegra, fuerte, capaz de sostenerse en las más recias tormentas y de seguir amando y creyendo en la vida por los hijos que quedaron es atemporal, sinfrónica, empática. Mimí no escribió su vida. Fue Sabina Melchiori la que se calzó los zapatos y caminó una época de recelo y miedos.. Se sintió bajo sospecha, hizo limpios cálculos matemáticos donde la resolución es exacta, no como la vida que es impredecible y donde nunca 2 + 2 = 4.
Sabina caminó cada renglón, sobrevoló una vida y nos regaló un horizonte de esperanza y de memoria.

Marta Ledri (Colaboración)

Notas relacionadas