Héctor, el Veterano de Malvinas que recuperó su casco y ganó un amigo

Hace 37 años, Héctor Pereyra y Andy Damstag fueron enemigos. Ambos habían cumplido los 18 años y las suelas de sus botas pisaban la tierra árida de unas islas lejanas. Malvinas para uno, Falklands para el otro.

Por Sabina Melchiori


El 12 de junio de 1982, durante la batalla del Monte Harriet, el cabo enfermero Héctor Pereyra, cayó prisionero de los ingleses. Andy Damstag, un soldado enemigo de su misma edad, lo apuntó con su rifle pero no disparó. Héctor estaba seriamente herido, las esquirlas de una granada que había detonado cerca de él le habían lastimado un ojo y una pierna. No significaba un riesgo para nadie.

Una vez que hubieron despojado a Héctor de sus pertenencias, lo dejaron bajo la custodia y cuidado de Andy, quien no solo lo guareció recostándolo en unas rocas grandes que había en el lugar, sino que le prestó su casco. La batalla aún no había terminado y Héctor se sentía aturdido. Andy, sin saber qué palabras usar, le habló de Ardiles, el jugador argentino de fútbol que había abandonado temporariamente al Tottenham producto de la guerra. Le dio agua, dulces, cigarrillos. Se dijeron la edad que tenían contando sus dedos: uno, dos, tres, cuatro… ambos frenaron en el 18.

Monte Harriet. Fuente: FDRA Malvinas

La historia de un casco

Al terminar la batalla, Héctor le devolvió a Andy el casco que le había prestado. Se dieron la mano y nunca más volvieron a encontrarse. 37 años después, el 3 de septiembre de 2019, Héctor recibió un mensaje de WhatsApp que lo llevó de un soplido hacia aquella roca del Harriet:

Hola, Héctor, mi nombre es Andy, cuando era un joven Royal Marine, te conocí a ti y a tu amigo durante la batalla del Monte Harriet en las Malvinas, si recuerdas, intercambiamos cascos (porque quería un recuerdo de nuestra reunión) cuando vinieron a despegar de la montaña, me devolviste el casco, ahora me gustaría devolverte el casco. Quiero que lo recuperes.

Primer mensaje de Andy a Héctor


Durante los ochos años que Andy formó parte de la Marina después de la guerra, llevó consigo, ─cual trofeo ─, el casco de Héctor, sin embargo nunca dejó de preguntarse qué habría sido de la vida de su dueño, cuyo nombre y número de identidad perduraban escritos en las correas del interior.

“Jamás hubiera imaginado recibir este mensaje”, confesó Héctor con el celular en la mano, sentado junto a su esposa en el comedor de su casa en Gualeguaychú. Sobre la mesa había una bandeja con bizcochos salados, el termo, el mate y, en el centro, una estatuilla con la silueta de las Islas Malvinas. “Nunca había tenido contacto con él, me acordaba de la situación pero no sabía su nombre y no recordaba su cara. Estaba atontado porque había perdido mucha sangre…, los paramédicos me atendieron, me curaron, me cortaron la hemorragia. Me dejaron a cargo de dos soldados, uno era Andy… él se sacó su casco para darme protección, y pensar que para él hubiera sido mejor decir acabo acá con este tipo… ¡Horas antes habíamos estado enfrentados!”, dice Héctor, como quien piensa en voz alta.

Héctor escribió con birome su nombre y número de DNI en el interior de su casco

“I consider Héctor to be more than a friend”, la palabra de Andy (*)

Andy Damstag contó que durante años se preguntó qué habría pasado con el joven soldado argentino después de que fuera sacado del Monte Harriet. “A veces, me quedaba despierto de noche preguntándome si habría sobrevivido. Cuando descubrí la red social Facebook, me hice amigo de algunos veteranos argentinos pero tenía miedo de preguntar por Héctor por si acaso no hubiera sobrevivido, pero en secreto, deseaba encontrarlo. De todas maneras, el mes pasado hablando con mi amigo Ricky Strange (otro veterano que tiene contactos con los veteranos argentinos) él mencionó que los cascos argentinos (con la debida procedencia), podrían valer bastante dinero para los coleccionistas de guerra. Le conté que tenía un casco que había tomado de la cabeza de un soldado argentino que había tomado prisionero durante la batalla de Monte Harriet. Ricky se emocionó mucho y dijo: ‘Si puedo encontrarlo, ¿cuánto querés por el casco?’ Yo contesté: ‘si lo encontrás, se lo voy a devolver porque solo lo tome prestado’. Ricky me contactó con Marta, quien a su vez me contactó con el Coronel Jorge Zanela y en 24 horas yo estaba hablando con Héctor vía WhatsApp, era surreal que lo dos estuviéramos riendo y saludándonos, pero lo creas o no, lo reconocí al primer instante aunque han pasado 37 años (y los dos hemos aumentado un poco de peso)”.

(*) Traducción realizada por María Milagros Cossani

Andy Damstag con el casco de Héctor Pereyra

El reencuentro

En un principio, la idea era que Andy viajara a Argentina a devolverle a Héctor su casco, pero eso no fue posible y el trámite quedó en manos de las embajadas.

“Tanto mi esposa como yo nos sentimos cálidamente bienvenidos en la Embajada, me regalaron un mate y una bombilla, una botella deliciosa de Malbec y una carta escrita a mano por el embajador. Mientras estábamos en la embajada, Adrián Vernis, de la Embajada Argentina, me dijo que el casco podría valer 10.000 libras, lo cual sorprendió a mi esposa (yo le había dicho que podía valer alrededor de 500 libras). Le dije a Adrián que nunca lo hubiera vendido porque para mí era un tesoro de gran valor. Me sentí un poco triste al momento de irnos, porque sabía que sería la última vez que iba a ver el casco así que le di un beso de buena suerte”, relata Andy.

El viernes 18 de octubre, en el patio de armas del Hospital Militar, Héctor Pereyra recibió de manos del jefe del Ejército el casco que lo protegió durante la guerra de Malvinas. “Cuando lo vi no sabés la sensación que sentí y cuando lo tuve en mis manos no lo podía creer, no es solo un casco de acero, es un verdadero símbolo porque acá hay una historia. No puedo explicar lo que sentí”, cuenta a MIRADOR, visiblemente conmovido.
A la distancia, a través de una transmisión por Internet, Andy siguió cada detalle de la ceremonia y se mocionó junto a Héctor: “Lloré cuando vi la felicidad de Héctor y sus amigos”.

Un símbolo de paz

Así es como define Héctor al casco que ahora tiene en su casa y para el cual está haciendo construir una vitrina; porque tenerlo consigo significa también contar con un nuevo amigo.

“Desde el 3 de septiembre puedo decir que Andy y yo somos amigos, hace 37 años éramos enemigos, la vida nos enfrentó y tuvimos la posibilidad de matarnos el uno al otro, y hoy puedo decir que somos amigos. Yo sé que en algún momento nos vamos a encontrar, si no viene él iré yo, pero nos vamos a encontrar porque somos humanos y a pesar de las diferencias ahora somos amigos”, expresa Héctor, y Andy coincide: “Para ser honesto, creo que Héctor es más que un amigo. Somos hermanos de la guerra, cuando nos encontramos cara a cara por primera vez en el campo de batalla, fue una situación tensa de peligro, los dos tuvimos las vidas de los dos en nuestras manos. Mi dedo estaba en el gatillo de mi rifle y mi rifle apuntaba a Héctor a menos de dos metros. Tengo miedo de pensar que hubiera pasado si hubiera gatillado. De la misma manera, Héctor hubiera podido fácilmente cargarse mi vida. Entonces, en ese momento, hace más de 37 años, nos conectamos humanamente. El respeto que solo puede forjarse entre los hombres que han pasado horas tratando de matarse mutuamente y después se sentaron y compartieron cigarros, caramelos y agua juntos mientras el infierno de la guerra continuaba alrededor suyo y quienes hablaron de Dios, de familia, de política y de futbol (todo en un inglés roto y en un español de palomas) le agradezco a Dios que ambos hayamos sobrevivido a la guerra para volvernos maridos, padres y abuelos”.

Borges estaba en lo cierto cuando escribió que Juan López y John Ward hubieran sido amigos.

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