Paulina y Tahiel, y la batalla de un parto antes de tiempo


Cuando viene un bebé tan deseado, una saca cuentas: “que nazca en primavera”, “ni mucho frío, ni mucho calor”, “después del cumple del hermano así no se pone celoso” y mil pavadas más. Pero cuando te dicen: «Te vas así como estás a internarte, porque va a nacer” y faltan casi tres meses para el día probable de parto, se reordenan las prioridades y las superficialidades. El mundo de cabeza, los sentidos alertas y un nudo en la garganta que no te dejará por mucho tiempo. Prematuro… El miedo a la muerte se hace palpable, el fin tiene forma y sustancia. Agarrás el bolso preparado a medias y una pesada piedra de reproches y partís a lo desconocido. “¿Habré hecho algo mal?… la vez que limpié la casa”… “aquella gastroenteritis que parecían contracciones”… ¡Ay! Ya nada vale lo que antes. Lo importante se coloca en su sitio y no hay tiempo para dudar. Se avecina una batalla dura, como una tormenta que se alza en el horizonte. Entonces, una manotea a sus amores como quien se aferra a un mojón y apronta las tripas…

Por Paulina Lemes, mamá de Tahiel


La maternidad y la noche

Se hace de noche. Desde la mañana he estado quieta en Maternidad. Ya leí un libro de expresión corporal de la hermana de Rosina, uno de yoga y también terminé una historia de Entre Ríos que tenía iniciada. No sé si es que leo realmente. Intento controlar los nervios. Danzan en mi cabeza asanas, poblaciones incipientes y propuestas de movimiento. Hasta ahora todo viene bien. Ninguna novedad y un trato atento.

La partera saluda muy simpática a las doce y se va para nunca más volver. Se apagan las luces. Mami dormita en la cama de al lado (menos mal que han dejado que se quede. No puedo moverme y no hay ningún botón de emergencia).

Comienzan las contracciones. Cada vez más regulares, cada vez más presurosas, cada vez más dolorosas. Me aferro a todo lo que sé para relajarme, para no contraer los músculos… Pienso en el trigal del campo del papá de Martín y su polvillo de oro, en un atardecer en el Ñandu… Y pasan las horas.

Mami despierta. Llama varias veces a los enfermeros que tejen entre una nube de humo en el office. Estás nerviosita me dice una cuando al fin viene. No estoy “nerviosita”. Es que Tahiel ya nace, en contra de mi voluntad. Entonces no lloro, no grito, no pujo… Tahiel se me va.

Fijate que creo que tengo sangre, le digo. La enfermera levanta la sábana, grita y corre afuera. Mami, que nunca ha visto un parto natural, piensa que me estoy muriendo. Vuelve la enfermera con una silla de ruedas.
“Voy pisteando como un campeón” por los pasillos que llevan a la sala de partos. Afuera se ha quedado el mundo querido: Facu en casa con Manu, porque no lo han dejado entrar porque es varón, mi mamá con la frente en el piso rezando al Dios de sus certezas, mi médico de confianza y su «No voy a ir” de hielo…

Paulina y Tahiel tomados de la mano

Estamos vos y yo Tahiel, y este ejército de extraños.
Llegamos.

Sobre la prisa y el despelote marca el paso el imperativo irritante de la doctora que me ladra que no me he puesto el camisón (tengo la ropa que llevaba en la consulta de la mañana, no me he movido). Me lastima el tacto atroz de la partera, único contacto desde las doce de la noche. Son las 4 y 5.

Tahiel ha nacido.

Nadie se atreverá a felicitarnos. Sólo Pablo y la Flaca nos regalarán un oso celeste de peluche. Ya casi es el día del niño.
Amanece, que no es poco

Fruto del desamparo de aquella madrugada nació Tahiel. Gritó de puro macho para avisarme que estaba vivo y desapareció por una ventanita. Atrás quedaron todos manchados por la explosión de la bolsa que resguardaba su vida…

Tiemblo, tiemblo, tiemblo… El enfermero jovencito me arropa con una frazada a cuadros. Los demás se esfuman del mismo modo que aparecieron.

Llegan Facu y Lucía, mi soporte en esos días.

El doctor Fracarolli nos aclara que Tahiel puede morir. Las primeras 72 horas son cruciales. (Después llegará el tiempo de agradecer a Dios que él estuviera de guardia y conoceré también su delirio agorero de Notradamus y podré reírme. Hoy no).

Ando en el aire de maternidad a la Neo y de Neo a maternidad. Más distraída que nunca.
Entro a terapia.
Lloro.
La enfermera me dice que en terapia no se llora.
Salgo.
Voy a la salita común de las madres con el camisolín.
Me retan.
Me lo quito y lo cambio.
Vuelvo a entrar a terapia.
Vuelvo a llorar.
Salgo y me llevo el camisolín otra vez.
Otra vez me retan.
Me lavo, me lavo, me lavo las manos…
Salgo de maternidad. Ya soy paciente de la Neo oficialmente. Atrás ha quedado la delicadeza de algunas enfermeras que me han permitido llamar a Facundo porque me escucharon llorar. (No hay dónde llorar a solas en un hospital. Siempre se escucha, siempre te ven).

Entro a la sala de madres donde agita “Pasión de sábado”. Estas madres serán mi familia durante los próximos dos meses. Con ellas compartiré penas y alegrías, esperanzas y madrugadas. A las once, a las dos, a las cinco y a las ocho abriremos los ojos al son de “tu gatita, tu gatita”… la canción que tiene Ale en el despertador.

Aprendizajes

En Neo se aprenden muchas cosas: a esperar, a no proyectar, el valor de un par de gramos, lo que representan los pitidos de las máquinas, quién está en aislamiento y quién no…
Y también se aprende que la desgracia combinada con la pobreza es mucho más desgracia.
Yo vi perder el trabajo de servicio doméstico a una madre que estuvo internada seis meses hasta que murió Brian. Yo la vi haciendo cola en Acción Social por una bolsita de comestibles con la que alimentar a los otros hijos que estaban en casa. Yo vi a una nena-mamá de quince años, marchar a Paraná para que operaran a Melany con una bolsita de pañales que le regalaron desde Capullos como único equipaje… ¿Qué me voy a quejar? Mejor canto entre las cunitas la Canción nocturna para Tahiel de Víctor Heredia… «la vida es bella baila, con ella con ese beso de amor en la piel”… así se los recuerdo, así me lo recuerdo…

La Neo de mi corazón

Pasar por la neo fue una experiencia inolvidable y educativa en muchos aspectos. Por siempre estaremos en deuda por como cuidaron a Tahiel y por el amor recibido.
Aunque no deben, el personal de neo se involucra con cada una de las mamás. Es un milagro diario verlos cuidar de las pequeñas vidas con seriedad profesional y dedicación incansable. Cada uno fue un alivio para el alma y un referente seguro ante la amenaza terrible de la muerte. Nunca fue tan pequeña la palabra gracias…

Todavía hoy, después de diez años, los veo:


• Hay que sentir amor en los que uno hace para recordar el dolor de otro… Llego a terapia creyendo encontrar quién sabe qué extraños y aparece Nancy y me pide, para volver a asombrarse, las fotos de mis piruetas de yoga en el anterior embarazo. Las observa y otra vez no lo puede creer. Después se transforma en la abuelita más obsesiva del mundo y comparte mi habitación. Dice que ronco… ¡se lo tiene merecido!

• Emiliano no respira. Mario lo está entubando y mientras tanto canta con su voz grave y destemplada. Sabe que ni la muerte quiere escucharlo así que la espanta a voz en grito con su hit “Por amor a vos”. Y yo, que últimamente tengo la lágrima fácil, sonrío con ganas.

• La metamorfosis de Vanina es sorprendente… Tras la distancia inicial aparece una ternura increíble. Para siempre voy a recordar las charlas filosóficas de las cinco de la mañana y como, desde las terapias, arreglamos el mundo.

• Canto despacito inclinada sobre la incubadora. Lo hago así porque el nudo en la garganta no me da tregua todavía. Carolina me saca del pequeño mundo que he armado para mi hijo y me reprocha que le canto solo a él. Está cuidando a Brian y a su heroica mamá. Ante el dolor ajeno el mío se desvanece. Resuena la canción de Víctor y de pronto, ya no está más el nudo.

• Con Alejandra proponemos fechas de alta. Los bebés no comen todavía, pero, la esperanza es lo último que se pierde… y de atrás de una incubadora Jorge anuncia que nos quedamos hasta Navidad ¡Gracias por traerme a la realidad!

• Alfredo luce sus manos de obrero sobre la piel de los bebés. Los alza, los malcría y las madres nos emborrachamos de dulzura tras el vidrio de la “intermedia”. Es el papá de todos… un padre medio zafado. ¡Vuelan las carcajadas desde la cocina y uno vuelve a reconciliarse con la vida!

• Ya no doy más físicamente. Pasada la adrenalina inicial, sólo queda el agotamiento. Entonces, aparece mi hada madrina Haydée y me deja dormir toda la noche.

• Cristina merece un párrafo aparte con su obstinado buen carácter, paciencia y comprensión. Con sus “champucitos” y su pequeño idioma de bebés le dice “hemoyo” al bebé menos alimentado y grave de la sala. Es la jefa y es la que más trabaja.


Recuerdo tantos y tantos gestos de amor: Estela y sus caramelos para la tos, Ezequiel exhibiendo la sonrisa de Tahiel “que no es una mueca”, la pericia de Noelia enfundada en su traje de maestra jardinera, el novedoso sistema de alimentación “tanque de agua” de Carina, el clásico “flaca” de Marcos aunque tengo mil kilos de más, los informes “alentadores” de Miguel, la boca desenfadada de Pamela y su baile a lo “Zulma Lobato”, la experiencia de Cristina “de este lado de la historia”, Dalila cambiando mediciones por milhojas, la risa fácil de Patricia, Keila y el primer cangurito a las dos de la mañana, el olor a citronela de Zulma que me lleva a un lugar mejor, las charlas con mate de té de Roxana, el medio centímetro de leche cada seis horas de María Inés que me devolvió el alma al cuerpo, la responsabilidad puntillosa de Carolina, Dante y sus traslados de urgencia, la mansedumbre de Mercedes, Esteban y su imperturbable sonrisa, la terapia informal de Laura escrutando en mis ojos lo que mi sonrisa disimula, la obsesión amorosa de Norita por la teta, la atención esmerada de Andrés, Teresita enseñándome a proteger al más desamparado… Gestos de amor… palabras de aliento… vida y más vida venciendo a la muerte una y otra vez…

Tahiel hoy tiene 10 años

(En la foto de portada, también se ven Manuel y Pehuén, hermanos de Tahiel)

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