Primera

Por Fabián Otarán – columnista de Infoner –
La Sra. Sabina Melchiori me invitó a escribir de política en este espacio. La periodista es muy talentosa y su onomástica me recordó el episodio del Rapto de las Sabinas con el que los romanos construyeron su gran civilización. La evocación es anecdótica. Hubiera podido también relacionar su nombre con Joaquín Sabina. Pero no me pareció conveniente.

Luego, jugando con la onomástica me derivé a Enrique. Quique Benvenaste, creador de esta página. Enrique es un nombre de origen germano, del alemán Heinrich, de haim (morada, casa, patria) y rich (jefe, amo, líder), amo de la casa o jefe de la patria. Y si imagino este espacio como su morada, como su casa, estará su espíritu.

En la casa de Quique y con Sabina como anfitriona, asumo este compromiso de escribir sobre una actividad que me apasionó desde muy joven …. y pasó el tiempo.

Testimoniaré mi afiliación de más de 30 años a un partido político que tiene 125, en una nación que cumplirá 207, y que tiene un partido político como el peronismo: profunda obsesión.

Recuerdo la alegría juvenil por la recuperación de la democracia con la decepción siguiente por lo que hicieron los militares, políticos, empresarios, sindicalistas, religiosos, comunicadores sociales y gente de la cultura, con ella. Suma de individualismos, errores y corrupción, que nos legó 30% de pobreza, un Estado deudor y una sociedad dividida, en un contexto internacional con nuevas definiciones. Como el caso de Gran Bretaña, EEUU y nuestro país, con el pronunciamiento de la Corte de Justicia de la Nación (CSJN), que resiste las órdenes de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Nuevo vicio: Populismo judicial que afecta la Supremacía Constitucional del art. 31 y el art. 75 de la C.N. (cfe. «Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto s/ informe sentencia dictada en el caso ‘Fontevecchia y D’Amito vs. Argentina”).

Por los 80 que comencé a observar los acontecimientos políticos. Salíamos de una dictadura y una guerra perdida. Tras las elecciones, la república se ponía en marcha con la plenitud de sus poderes. Había esperanza. El empleo público se multiplicó y fue salida laboral. Obviamente no se premió la vocación ni la idoneidad. Fueron favores, clientes, parientes, que siguen sedimentando la administración con déficit de servicios; deuda que mantienen con las personas todas las administraciones (juntas de gobierno, municipios, provincias y nación).

A la par, la savia que nutre la actividad política del poder constituido, los partidos políticos, fueron ganados por el pragmatismo, la verticalidad y la desmovilización. Ser político, para muchos, es ser mala persona. Las organizaciones sociales asumieron espacios de representación. Y luego, las corrientes tradicionales de la política conformaron diversas alianzas para disputar el poder, licuando sus lineamientos doctrinales y pagando costos de improvisación y comportamiento. Esto es contemporáneo.

Así y todo, sigo creyendo que con la democracia se come, se cura y se educa; que ella tiene en sí el germen de su propia perfección; que la utopía existe y sirve para caminar; que la mayoría de la sociedad no está corrompida; que la buena cultura supera a los malos dirigentes. Y que habrá líderes que nos puedan conducir “a la defensa de los más sagrados atributos de la vida nacional, que se vienen realizando en la más idealista y noble doctrina” (H. Yrigoyen, Mi vida y mi doctrina): el humanismo. A nuestro entorno es necesario pensarlo.

 

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