Carlos Mosto, un héroe que sacaba sonrisas en Malvinas

Cuarta tumba de la quinta fila de la sección B. Allí, a dos kilómetros del Puerto Darwin en la isla Soledad y a 88 kilómetros de Puerto Argentino, está enterrado el gualeguaychuense Carlos Mosto, uno de los 649 argentinos que murieron en la guerra de Malvinas.

Durante 35 años, en el lugar que hoy descansa Carlos, hubo una cruz blanca y una placa negra de “soldado argentino sólo conocido por Dios”, hasta el 18 de diciembre de 2017, el día que fue identificado en la Secretaría de Derechos Humanos que funciona en el predio de la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) por un equipo de la Cruz Roja y de antropología forense. “Estamos muy felices de saber dónde está Carlitos”, dijeron sus hermanos Elsa, Oscar y Hugo, rodeados de fotos, con los recuerdos frescos de las últimas veces que hablaron con él y con ganas de regresar a Darwin. “Mamá fue tres veces y como no sabíamos cuál era la tumba de Carlitos, lo que hacía era arrodillarse en la primera cruz que sentía y rezarle. Ella decía que todos eran sus hijos”.

Elsa recuerda como si hubiera sucedido ayer el día que, en la vereda de la casa materna, su hermano Carlos, con quien tenía muy poca diferencia de edad, le dijo que él sentía que Dios tenía algo preparado para él, pero que no lograba saber qué era. Fue en abril de 1982. Ella le dijo: “¿Vos tenés miedo de que te llamen para ir a Malvinas y que te maten?” y Carlos le respondió: “Sí tengo que morir, que sea la voluntad de Dios”.

Carlos Mosto era el quinto de seis hermanos, terminó sus estudios secundarios en la Escuela Normal de Gualeguaychú y su sueño era ser médico. En tercer año de la carrera, salió mal en una materia y tuvo que hacer la conscripción con la clase 62 (él era de la 59). En noviembre de 1981 lo dieron de baja y regresó a Gualeguaychú donde empezó a hacer los trámites para poder continuar los estudios al año siguiente, pero el Viernes Santo de 1982 un llamado particular llegó a su casa. “Estábamos toda la familia reunida de sobremesa cuando entró una vecina con la radio bajo el brazo diciendo ‘Carlos, Carlos, están llamado a la clase 62’. Mamá y papá se lo llevaron a una de las habitaciones para conversar y le pidieron que no se presentara, que esperara a que lo llamaran y él les dijo yo tengo que ir”, cuenta Elsa. Y fue ese mismo viernes, a las tres de la tarde, que lo vieron por última vez.

Fueron todos a despedirlo, su familia, sus amigos, su novia y la familia de su novia. Llevaba puesto un pantalón y una camisa de jean. “El colectivo agarró por la calle Bolívar y cuando nos saludó se agarró la cara y bajó la cabeza”, describe Elsa ya sin poder contener las lágrimas.
“Cuídense, estén juntos, no se olviden de Dios, no recen solo por nosotros, recen también por el inglés que también es nuestro hermano”. Eso fue lo último que Carlos Mosto les dijo a sus papás. Fue el 7 de junio, cuatro días antes de su muerte, por teléfono.

Segmentos del documental «Malvinas: La Guerra Que No Vimos» realizado por el corresponsal de guerra Nicolas Kasanzew

Carlos Mosto murió en combate el 11 de junio, sólo 3 días antes de la rendición de las tropas argentinas, pero el Ejército nunca les notificó la noticia a sus seres queridos. Se enteraron diez días después cuando un grupo de soldados, adoctrinados para callar y esconder los horrores de la guerra, llegó a La Plata.

“El 14, cuando tuvieron que entregarse, mi hermano Hugo fue al regimiento a preguntar si Carlitos estaba bien y le dijeron que venían todos, que no había ningún herido. Entonces organizamos un asado para comer cuando regresara y el 21 fueron mis padres a buscarlo al regimiento en La Plata. Al llegar vieron a un montón de chicos en un paredón, mi mamá se le adelantó a mi papá, buscó a un soldado y le dijo ‘llamámelo a Mosto, decile que están sus papás’ y el chico se fue y no apareció más, entonces mamá sintió que algo había pasado, se fue rápido a la puerta del regimiento, agarró a un capitán del brazo y le dijo ‘¿qué pasó con mi hijo?‘, y ese capitán le respondió ‘señora su hijo murió en Malvinas”, cuenta Elsa y agrega que en los días siguiente se acercó mucha gente a la casa, entre ellos un sacerdote que lo había recibido en la base de la Cruz Roja: “Nos dijo que estaba acostumbrado a recibir rostros con miedo, terror y pánico, y que él tenía un semblante diferente, lleno de vida, le pegaba para que reaccionara porque no podía creer que estuviera muerto”.

Otro soldado les contó que Carlitos murió al ser alcanzado por la onda expansiva de una bomba, mientras estaba preparando café para llevar a los pozos: “Una bomba cayó en el patio del edificio y el edificio se le cayó arriba, sus compañeros después lo buscaron y se les murió en los brazos”.

“Con el tiempo me di cuenta que lo que él pudo saber lo que Dios le tenía preparado, porque su función fue acompañar, ayudar a sus compañeros, cuando veía un compañero triste le leía la Biblia, le hacía que cante alguna canción y hasta que no le sacaba una sonrisa no paraba. Otro soldado me contó que cuando bajaban del helicóptero, Carlitos salía corriendo y les daba un abrazo, sonreía y con eso dicen que ya sentían paz interior. “No sé si habrá llevado un fusil, si habrá tirado un tiro, pero sí que llevaba la Biblia”, finaliza Elsa.



Sabina Melchiori

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