Celia Torrá, la primera mujer en usar la batuta en el Teatro Colón

Sentarse a la derecha y estar a la altura del prestigioso maestro Alberto Williams podría considerarse uno de los hitos más importantes en la vida profesional de Celia Torrá. Sin embargo, sus innumerables experiencias creativas en búsqueda de popularizar la música de cámara fueron para ella tan grandiosas como aquella tarde de 1949, en el Teatro Colón, cuando tomó la batuta y la Orquesta interpretó fragmentos de su propia pieza “Suite Incaica”.

Celia Torrá nació en Concepción del Uruguay en 1884. Allí, conoció los placeres del mundo artístico interpretando a los tres años melodías clásicas para sus padres: Teresa Ubach y  Joaquín B. Torrá, dos trabajadores aficionados a las artes que no dudaron en saber que el desarrollo musical de la adelantada niña tenía como destino Buenos Aires.

En 1902, a sus 18 años, Celia comenzó a estudiar con los más importantes: piano con el compositor Alberto Williams, violín con América Montenegro y composición con Andrés Gaos. La vida en el conservatorio dirigido por Williams, el maestro de los niños ricos, no era fácil para una mujer provinciana y sin apellido de renombre. No fue un obstáculo. En 1909 obtuvo una beca y viajó a Europa para continuar su formación musical en Bruselas con Cesar Thompson o en Hungría con Jeno Hubay y Zoltan Kodaly.  Desde entonces, Celia no paro de abrir caminos gracias a su excelencia en la profesión.

La biógrafa de Celia
Marcela Méndez es arpista y autora del libro «Celia Torrá. Ensayo sobre su vida, su obra y su tiempo». Y destaca: “Que una mujer, sudamericana, a inicios del siglo XX viaje a Europa y gane en Hungría el premio Van Hall como mejor intérprete del violín no era una cosa común. Muchas de las mujeres que estudiaban música en ese momento no estudiaban para desarrollarse profesionalmente. Celia sí tenía ese objetivo, y lo logró, dirigió orquestas, compuso, fue reconocida en un ámbito casi exclusivamente masculino. Fue una adelantada en el tiempo”.

Marcela, al igual que Celia, nació en Concepción del Uruguay, y hasta sus 16 años el nombre de su admirada solo le remitía una calle que la llevaba a diario su conservatorio. Hasta que un día, una de sus profesoras, la pianista Cecilia Mettler, contó en clase quién fue Celia Torrá. Desde entonces Marcela sigue los rastros de esa desconocida que de pronto se convirtió en su maestra.

La grandeza de Celia Torrá
La vida de Celia Torrá osciló entre méritos y desafíos del mundo académico y su convicción de escurrir la música de cámara por cada rincón fértil que encontrase. Mientras sembraba elogios de la crítica europea, se escabullía para tocar a beneficio de las víctimas de la primera Guerra Mundial. Mientras las giras con su violín por Francia, Suiza y Alemania eran aclamadas, se hacía tiempo para montarse sobre un pequeño barco a vapor que unía Concepción del Uruguay con Buenos Aires, y cómo un músico en el subte, tocaba pidiendo colaboración para comprar un órgano para la iglesia de su pueblo.

Esta sed de democratizar la música clásica se profundizó con su labor docente y la creación de coros en fábricas y con mujeres, tareas que ejerció hasta sus últimos días, en la década de 1960.

Para Marcela, su biógrafa, hay dos aspectos de la vida de Celia que hay que conocer y seguir. Uno, sus ideas sobre la importancia de la música en la educación como una columna vertebral: «Celia compuso un cuerpo musical de sus canciones infantiles inspiradas en nuestra cultura, que es maravilloso y que todas las docentes tendrían que conocer», explica. El otro, la construcción de proyectos artísticos y educativos a largo plazo. «La creación de la Asociación Sinfónica Femenina, el armado del coro mixto en la fábrica Philips, su docencia en el Jardín de Infantes Mitre apuntaron a desarrollar y dar acceso a la música a otros públicos, a quienes no tenían la posibilidad en ese momento”.

“Yo trabajo para merecer y para merecerme”
Celia repetía esta frase tal vez para no olvidarse cuál fue su punto de partida y para no claudicar ante la difícil tarea, para una mujer provinciana, de seguir conquistando espacios: “Dirigir en el Teatro Colón -sigue Marcela- fue uno de sus momentos de mayor realización porque no debe haber sido fácil para ella abrirse camino en un mundo donde era el hombre el que reinaba. En la foto de ese día, Celia aparece sentada a la derecha del maestro Williams. Es la única mujer y está sentada a la derecha de EL maestro, del compositor de compositores, del que había abierto su propio conservatorio, al que todos respetaban. Ese fue el momento en el que Williams públicamente la reconoció a ella y la reconoció delante de sus pares”, relata la arpista.

Mujeres en un mundo de hombres
En los ámbitos hostiles y reservado para hombres, las mujeres siempre encuentran aliadas. Una de ellas fue la pianista Olga Galperin, amiga de Celia y protagonista de una de las composiciones más importantes de su producción artística: la “Sonata para piano”, una de las obras del corpus musical argentino más reconocidas escritas por una mujer.

“Celia le dio el honor a Olga de estrenar su sonata, que es una obra de gran valor, donde una puede escuchar en la composición y puede sentir la inspiración americanista, la inspiración de lo propio, de aspectos de nuestro folclore. Además, en el segundo movimiento, suena la melodía de una de sus canciones más famosas que es “Cantar de arriero”. Celia se cita a sí misma y nos muestra la capacidad que tenía de pasar de una canción de cámara, con una línea melódica acompañada, a compartirla en una obra para piano solo”, cuenta la arpista Marcela Méndez.

Celia compuso la sonata en 1934 luego de su segundo periodo de formación en Europa. Al regresar a Buenos Aires, decidió seguir estudiando composición y eligió al maestro Athos Palma, a quien él dedicó la sonata.
“No importa lo que cueste llegar a la masa; iremos sin temor y sin cansancio, no hay que descender, hay que elevarse y en la fuerza del impulso elevar a los demás”. Otra de las frases de Celia que reflejan su convicción de brindarle al pueblo la necesidad de vincularse con el arte. Como una activista de sus creencias, en un país donde a principios del siglo XX en las orquestas no había prácticamente mujeres, ella crea en 1930, la Asociación Sinfónica Femenina, donde comparte con decenas de mujeres, más de 200 conciertos.

En esa línea y hasta el día de su muerte en 1962, Celia fundó y dirigió el primer coro de obreros de la Fabrica Philips, acaso como un homenaje a sus padres, que trabajaron con sacrificio para poder acercar a su hija al mundo artístico y comprendiendo la importancia del arte como columna vertebral de cualquier sociedad. Y en eso radicaba para Celia el sentido del trabajo coral, un trabajo en común, para lograr un fin, donde cada elemento contribuye al todo, pero ninguno es más que otro.

Para Marcela Méndez, la marca de Celia es la de una mujer que estaba posicionada en su alma, no en su ego, que le hacía entender qué era lo importante, y que con su accionar podía hacer que el mundo mejorase. “Celia lo hacía desde el desapego, de una manera natural, entendiendo que cada acción nuestra cuenta, y transforma. Por eso este tipo de maestros viene a ser ejemplo, a traer cordura, a recordarnos posicionarnos desde el alma. Es un gran desafío que tenemos los artistas actuales”.

Conocer la vida de Celia Torrá nos permite aprender e inspirarnos en quienes nos antecedieron y poner en relieve sabiduría que atesora la producción artística de mujeres argentinas.



Fuentes: Marcela Méndez en «Celia Torrá. Ensayo sobre su vida, su obra y su tiempo»
Revista del programa de Cultura del Consejo Federal de Inversiones

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