El profundo amor de Atahualpa Yupanqui por Entre Ríos

Hace 28 años, el máximo exponente del folclore argentino moría en Nimes, Francia, horas después de tener que cancelar un recital. Un virtuoso de la guitarra, un poeta de las cosas simples, un hombre comprometido con sus ideas y con su tierra.

Soy un cantor de artes olvidadas que camina por el mundo para que nadie olvide lo que es inolvidable: la poesía y la música tradicional de Argentina”. Así le gustaba definirse a Atahualpa Yupanqui, un hombre que consagró gran parte de sus 84 años a la música y a la poesía.

Hijo de un padre con raíces quechuas y una madre del país vasco español, Don Ata nació en el paraje Campo de la Cruz, en José de la Peña, partido de Pergamino, el 31 de enero de 1908. Fue anotado en el registro civil como Héctor Roberto Chavero.

A los seis años empezó a despuntar su pasión por las cuerdas, primero con el violín, y casi de inmediato se volcó a la guitarra, instrumento que tocaba con su condición de zurdo, es decir, con el diapasón en su mano derecha. Hacía 16 kilómetros a caballo para tomar clases con el profesor del pueblo, con quien aprendió también a saborear la música clásica, con Beethoven, Albéniz y Bach entre sus favoritos.

En 1917, la familia Chavero cambió el paisaje de la llanura pampeana por los montes tucumanos donde el pequeño Héctor sumó más melodías y paisajes a la inspiración literaria que ya manifestaba. A los 13 años, cuando escribía sus primeros poemas en el periódico escolar, comenzó a firmar como “Atahualpa”, el nombre del último soberano inca, un homenaje a los ancestros paternos. Luego, agregó “Yupanqui”. Atahualpa Yupanqui, “el que vino a narrar desde tierras lejanas”, toda una definición para el juglar criollo que llevó su obra a todo el mundo. Un artista precoz que a los 19 años compuso ese himno que es “Camino del indio”.

Andando hizo camino el artista trashumante. Desde Tucumán enfiló por los valles calchaquíes, hacia Jujuy y el sur de Bolivia. En su derrotero, fue maestro, periodista, peón rural… pero, por sobre todo, músico. A los 23 años, se casó en Buenos Aires con su prima María Alicia Martínez, aunque poco después se instalaron en Entre Ríos.

En su célebre “El canto del viento”, escribe: “Rastreando la huella de los cantos perdidos por el Viento, llegué al país entrerriano. Sin calendario, y con la sola brújula de mi corazón, me topé con un ancho río, con bermejos barrancos gredosos, con restingas bravas y pequeñas barcas azules. Más allá, las islas, los sarandizales, los aromos, refugio de matreros y serpientes, solar de haciendas chúcaras. Lazo. Puñal. Silencio. Discreción.
Me adentré en ese continente de gauchos, y llegué a Cuchilla Redonda, desde Concepción del Uruguay. Llevaba un papel para Aniceto Almada. Y días después, crucé por Escriña, Urdinarrain, y fui a parar a Rosario Tala. Era una ciudad antigua, de anchas veredas, con más tapiales que casas. Anduve por los aledaños hasta el atardecer, sin hablar con nadie, aunque respondiendo al saludo de todos, pues allá existía la costumbre de saludar a todo el mundo, como lo hace la gente sin miedo y sin pecado
”.

Atahualpa Yupanqui habla sobre Entre Ríos

El historiador Osvaldo Delmonte cuenta que: “Casi todas sus vivencias, plasmadas en el libro, están referidas a Rosario del Tala; le dedica tres capítulos a nuestra tierra: Entre Ríos; Genuario Sosa, un entrerriano; y Sin Caballo y en Montiel. Resulta extraño que Urdinarrain solo esté mencionada como ‘de cruce’, aunque es bien sabido que llegó a esa ciudad en la década del 30 del siglo pasado. Pobre, corrido por la crisis y, tal vez, también por el presidente de facto José Félix Evaristo Uriburu. Testimonios posteriores dan cuenta de su apoyo al movimiento antidictactorial e irigoyenista de los hermanos Kennedy (Eduardo, Roberto y Mario) que convulsionó a la provincia por aquellos años. Volviendo a Urdinarrain, allí ocurrió un acontecimiento central en su vida: nació su primera hija, a la que llamó Alma Alicia. Hay que aclarar que El Canto del Viento no es una obra autobiográfica, lo cual explica en parte la falta de referencia a estos acontecimientos. Además, Don Ata no era de andar contando intimidades, era más bien de callar, esperar y prudenciar».

Partida de nacimiento de Alma Alicia

Delmonte también agrega un interesante dato del afincamiento de Atahualpa en Entre Ríos: «El análisis de la partida de nacimiento de Alma Alicia aporta un dato curioso, que modificaría -de no ser erróneo- el año de nacimiento de Atahualpa. Sus biógrafos dicen que nació el 31 de enero de 1908, cuando este documento fechado en la ciudad de Urdinarrain el 1 de julio de 1931 consigna: ‘(…) que compareció Héctor Roberto Chavero de 30 años, casado, domiciliado en Urdinarrain y declaró que a las diecisiete horas cincuenta minutos del día veintiocho de junio pasado había nacido en su domicilio una criatura de sexo femenino que llevará el nombre de Alma Alicia y que es hija legítima del exponente y de su esposa María Alicia Martínez de treinta años…’. En 1931, Chavero tenía 30 años; es decir que habría nacido en 1901. El testimonio de Gaspar Vaccari confirmaría esta hipótesis, ya que siempre recordó al Negro Chavero como mayor que él que había nacido en 1907. ¿Quién fue Vaccari? El que compartió tertulias en el Bar La Amarilla con Don Ata. Allí, su dueño Simón Gómez le tendió la mano fraterna y hospitalaria que todo forastero necesita. Además de las típicas gauchadas, le conseguía changas en los galpones de Goldaracena o humildes contrataciones para dar serenatas. En este olvidado boliche entrerriano sonó tempranamente la guitarra que conquistaría París y luego el mundo entero. Así, Atahualpa fue paliando la pobreza y sustentando su estadía en Urdinarrain. Pasados los años, en un concierto en el Club Olimpia con Gómez de presidente, el cantante recordó esos gestos y lo agradeció”.

Bar La Amarilla en Urdinarrain

En el capítulo Sin Caballo y en Montiel, Atahualpa Yupanqui vuelve a reiterar su profundo amor por la tierra entrerriana y sus habitantes: “Dicen los trashumantes que los caminos se han hecho para ir, nunca para volver. Aseguran que todo retorno tiene algo de fracaso. Tal vez porque esta reflexión impresionó mi espíritu hace mucho tiempo, o quizá porque en mi antigua condición de trotamundos adjudicara a la sentencia una jerarquía de suprema verdad, el asunto es que, al pisar suelo entrerriano luego de treinta y tres años de ausencia, no quise pensar que regresaba, sino que ‘iba a Entre Ríos’ nuevamente”.

El autor de 325 canciones registradas oficialmente. El de los más de mil trescientos temas grabados. El que escribió una docena de libros. El que se animó a participar en ocho películas. Pero, fundamentalmente, el que amaba a su tierra y en especial a Entre Ríos.

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